Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Esa misma noche, nos reunimos en la cabaña para celebrar la victoria mientras compartimos un aperitivo dulce.

—Todavía no me puedo creer que hayas superado mi marca personal, Violet. ¿Cómo has saltado tan rápido? —Kennedy pone una mueca seria, pero esconde una sonrisa divertida.

—¿Tú qué crees? Ese saco de arpillera picaba por todas partes. ¡Fijo que estaba lleno de pulgas! Me he dado tanta prisa porque solo quería acabar y quitármelo de encima. ¡Puaj, qué asco!

Casi me atraganto con un osito de goma. A Minnie, a mi lado, se le escapa el refresco por la nariz y nos ducha a todas. Lo mejor es que las otras dos no se quejan, sino que se carcajean y todas nos contagiamos.

—¡Violet ha sido la salvadora de la jornada al ayudarme con las pinzas! —dice Minnie, enjugándose las lágrimas, cuando por fin consigue calmarse.

—Y también alentó a Cece en el muro —nos recuerda Kennedy— ¡No veas cómo subías, tía! ¿A quién te imaginaste al otro lado?

—A Leonardo DiCaprio, por supuesto —miento.

—¡Hostia, tía! ¡Qué buen gusto! —me felicita Violet—. Siempre será mi Romeo ideal, no me extraña que te lo imaginaras ahí arriba.

—¡Dios, sí! ¡Me encanta la película de Romeo + Julieta ! —la apoya Minnie.

—Vosotras diréis lo que queráis, pero donde se ponga un buen moreno como Josh Hartnett, Freddie Prinze Jr. o Ben Affleck que se quiten los rubios —señala Kennedy.

—¡Pero si tú eres rubia! —apunto.

—Por eso precisamente. No busco un gemelo.

Todas reímos hasta que nos duele la barriga y, al final, entre bromas y confesiones, exhaustas tras un día tan intenso, acabamos retirándonos a la cama.

Mis compañeras se quedan dormidas al instante, pero yo sigo contemplando el techo, más despierta que un búho.

Reflexiono sobre lo bien que me he sentido hoy con las chicas, lo fácil que ha sido, lo natural que ha fluido todo.

Tan solo éramos cuatro adolescentes pasándoselo bien: sin preocupaciones ni dramas.

Y entonces me siento mal: por mi cruzada con tra Violet, por mis tira y afloja con Kennedy.

Al final solo son unas crías, igual que Savannah y las otras, igual que yo, con nuestras particularidades e incertidumbres.

Hasta ahora, había estado tan ofuscada con mi venganza que no me había permitido conocerlas mejor.

Y, después de todo, he conseguido al chico, y no ha sido a base de robárselo a nadie, sino porque el destino cambió, no he tenido el accidente y voy a poder vivir el White Yarrow hasta el final.

Siento que, ahora que la situación es bien distinta a cómo empezó todo, es el momento de darles otra oportunidad.

«¿Qué opinas, Li a?».

A pesar de que sé que solo recibiré silencio al otro lado, no puedo evitar intentarlo de nuevo. Sin éxito. ¿Se habrá ido de verdad? ¿Me habrá dejado sola para siempre?

Toc, toc.

No, no es Lia llamándome. Los golpecitos son reales y provienen del exterior de la cabaña.

Salto de la cama y, de puntillas, me dirijo sigilosamente hacia el lugar de donde proviene el ruido y… ¡Pum! Algo se estrella contra la ventana. Doy un salto instintivo hacia atrás y gracias a Dios el cristal no se rompe.

Echo un ojo a las chicas: Minnie permanece semioculta bajo su edredón, que baja y sube con cada respiración; Kennedy ronca suavemente con la boca abierta y Violet sonríe en sueños, sujetando con firmeza la almohada. Ninguna parece haberse enterado de nada.

Suspiro, aliviada y, guiada por un impulso, me pongo la sudadera del campamento encima del pijama y me calzo. Con la linterna en la mano, salgo al exterior, cerrando la puerta detrás de mí con cuidado.

No sé por qué no me sorprendo cuando el haz de la linterna enfoca unos ojos verdes que conozco muy bien.

—¿Tirando piedrecitas a mi ventana, en serio? ¡Cuánto mal han hecho las películas de Disney Channel! —protesto. Y un dolor punzante me atraviesa el pecho al acordarme de Lia diciendo una cosa parecida, pero trago saliva y entierro mi malestar.

—No tengo excusas que valgan —dice Devon, encogiéndose de hombros despreocupado—.

No soy muy original, pero no se me ocurría otra forma de llamar tu atención y estarás de acuerdo en que, si hubiera utilizado la vía tradicional, tus compañeras de cabaña no lo habrían considerado muy apropiado. Por lo de que soy monitor y tal.

—Bueno, visto así… —Me quedo callada y entonces recuerdo lo tarde que es—. ¿Qué quieres, por cierto? ¿ Tampoco puedes dormir?

—Sí, pero me gusta más hacerlo en compañía —contesta, levantando el mentón, con una actitud chulesca y divertida, como si estuviéramos jugando a un juego del que desconozco las reglas.

« Si me pinchan, no sangro. ¿Está insinuando lo que yo creo? » .

—¡Nos vamos de acampada! —exclama, señalando la gran mochila que lleva a la espalda.

« Pues igual no… ».

—No perdamos más tiempo —me apremia—. Será una acampada express porque tenemos que estar de vuelta antes del amanecer si no queremos que nos pillen.

—Espera, espera. —Me acerco a él y lo agarro del brazo—. ¿Hablas de una acampada de verdad? Es decir, ¿a la intemperie?

—No te preocupes, chica de ciudad. Llevo una tienda —aclara, como si eso lo solucionara todo.

—Pero está muy oscuro y allí afuera habrá… no sé, animales salvajes y esas cosas.

—Tranquila, Cece, yo te protejo. ¡Venga! Estamos perdiendo el tiempo. ¡En marcha!

—Pero tendré que llevarme algo, ¿no? —insisto.

Quizá estoy siendo un poco pesada; tengo ganas de ver qué es lo que me tiene preparado, pero al mismo tiempo, no sé por qué, los nervios que de repente se me han instalado en el estómago me están obligando a demorar el momento de la verdad.

—Llevas tu pijama puesto, no necesitas mucho más.

¿Cómo se rebate eso? Me he quedado sin argumentos. Así que Devon acaba decidiendo por mí. Me toma de la mano y se abre paso a través de la oscuridad con la luz de nuestras linternas como única guía.

Cuando distingo los primeros árboles que bordean el bosque dudo, pero Devon sigue tirando de mí, decidido a internarse entre la maleza.

—No pretenderás matarme y ocultar mi cuerpo en el bosque, ¿verdad? —digo medio en broma, medio en serio.

Devon estalla en carcajadas.

—¿Crees que si quisiera hacerlo no lo habría hecho ya? He tenido bastantes oportunidades, ¿no te parece?

Pienso en todas las veces que nos hemos quedado a solas. No, está claro que Devon no un asesino en serie.

— ¡ Relájate, Cece! Esta noche es para ti y para mí, para nadie más. ¡Disfrútala!

Es fácil decirlo, pero, aunque esta aventura nocturna desborda una emoción contenida que tiene mucho que ver con la adrenalina que supone estar haciendo algo prohibido, el camino elegido no deja de ser siniestro.

Aun así, intento hacerle caso y transformar esta caminata bajo la luz de la luna en una experiencia positiva.

Respiro hondo y la nariz se me inunda de todo tipo de fragancias, como el olor suave de la resina que libera la corteza de los pinos y abetos tras haber recibido el calor del sol durante el día o el perfume de las flores silvestres.

El aroma que desprenden, entre dulzón y fresco, limpio, pero avainillado, contrasta con ese matiz más profundo, ligeramente fermentado, de las moras maduras que asoman entre los arbustos que ahora nos rodean.

« Un segundo, yo reconozco dónde crecen estos arbustos ».

Hemos llegado al claro junto al río donde estuvimos la última vez.

—Si se te está pasando por la cabeza meterme en el río a estas horas, ya puedes descartarlo. Si ya de por sí la temperatura es fría durante el día, no me quiero imaginar ahora. Por no hablar de lo peligroso que podría ser y…

—¡Shhh, tranquila! —me calma Devon tomándome las manos—. He querido traerte aquí porque este se ha convertido en un lugar muy especial para mí.

Asiento, dándole la razón, y el corazón se me calienta un poquito porque yo me siento igual.

Aquel día ambos bajamos las defensas de ese enorme muro que habíamos construido entre nosotros sin apenas darnos cuenta, por primera vez, pasando de enemigos a casi amantes.

¡Toma cliché de película romántica! Lia se habría reído mucho.

Ojalá estuviera aquí para hacerme compañía…

—¿Montamos la tienda? —me propone Devon, devolviéndome a la realidad y quitándole intensidad al momento, como si le avergonzaran las palabras que acaba de pronunciar—. Junto a ese árbol estaremos bien resguardados, aunque hoy no corre ni una pizca de brisa, pero por si acaso.

—Cierto: proteger tu refugio es importante, pero ¿qué me dices de la plataforma elevada? Ya sabes, para los bichos —le recuerdo, rememorando aquella primera lección de supervivencia en la que Devon le calló la boca a Paul.

— ¡Muy bien, exploradora! Estuviste atenta , estoy muy orgulloso de ti.

—Devon se ríe bajito—. Pero no te preocupes, como le dije a Paul entonces, no hay peligros en estos bosques.

Con un buen aislamiento del suelo será suficiente.

Además, esta lona es lo suficientemente gruesa, así que creo que la única alimaña que te encontrarás por aquí soy yo.

—¿Me comerás viva cuando me quede dormida? —le sigo el juego.

—Es una posibilidad que no he descartado aún —me contesta con esa media sonrisa traviesa pintada en la cara que le hace parecer un chico malo.

—Pero ¿ no habíamos quedado en que no ibas a matarme?

—Puedo devorarte sin hacerlo —suelta, rodeándome la cintura de pronto a la vez que acerca los labios peligrosamente a mi cuello.

Me tenso de inmediato y el corazón se me desboca cuando Devon entreabre la boca y me da un pequeño mordisquito. Retengo un jadeo y estoy a punto de dejarme llevar cuando él se aparta de golpe.