Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 23 #2
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CAPÍTULO 23 #2

Cuando los vuelvo a abrir veo a Devon allá arriba, al final del muro, con su larga melena cayéndole por el rostro mientras agacha la cabeza y me tiende una de las manos.

Esas que, hace unos días, me recorrieron la espalda, quemándome más que los rayos de sol.

De pronto, me siento Lara Croft en Tomb Raider y me impulso hacia arriba con decisión. Las chicas aúllan de emoción.

«¡Voy a por ti, Devon! ¡Espérame!».

Justo cuando estoy llegando al final, una mano toma la mía y me aúpa.

Otra mano aparece tras esta y, en un momento, las cuatro estamos arriba.

Hemos superado la prueba, pero no es Devon quien nos espera, sino el monitor de vela, que lleva el pelo tan largo o quizá más que mi chico.

Junto a él está esa otra monitora que entrena a las de fútbol. Su espalda ancha me recuerda a Caddy.

—Buen trabajo, chicas. Las clases han resultado ser de provecho —nos felicita él.

«Es cierto. E stos dos son los monitores de Cuerdas y Kennedy y Violet son sus alumnas » .

—Soy James y esta es Sarah —se presenta él—. A ti no te conozco de clase, pero visto lo visto, serías un buen fichaje.

No pienso admitir que, si lo he conseguido, no ha sido precisamente porque sea buena, sino porque el cerebro me ha lanzado un chute de adrenalina de otro tipo.

—Ha estado bien, pero sigo prefiriendo Tiro con arco —se me escapa.

Minnie me da un codazo. Por suerte, los monitores no siguen insistiendo.

—Bueno, debéis seguir. Ya sabéis que todo lo que sube, baja —explica Sarah señalando con el dedo.

Sigo la trayectoria de su mano y me estremezco al ver una tirolina.

—Christina, otra de las Hermanas Mayores, os espera abajo, pero no os preocupéis, os quitaremos la cuerda que os une para esta prueba —aclara mientras empieza a hacerlo.

—¿Quién quiere ir primero? ¿Kennedy? —interviene James, con un nuevo arnés en la mano.

—La capitana es ella. —Kennedy me señala con resentimiento.

—De acuerdo —contesta el monitor—. Pasa por aquí.

Y, antes de que pueda pensármelo, me encuentro al borde de un precipicio.

—Tres, dos, uno… ¡Ya!

La bilis me sube a la garganta cuando siento cómo la gravedad hace su trabajo y caigo en picado.

Sin embargo, en lugar de dejarme llevar por el miedo, cierro los ojos y me empapo de una especie de sentimiento liberador, dejando que las ráfagas de aire que me golpean el rostro se lleven consigo todos mis pesares.

Expando los pulmones y grito de emoción hasta desollarme la garganta para eliminar hasta el último resquicio de malestar, celebrando así una nueva etapa, una nueva yo. La única dueña de mi nueva vida.

—¡Cuidado! —grita alguien delante de mí.

He llegado al final de la tirolina y he medido tan mal la potencia al deslizarme que cuando el freno de muelle detiene mi carrera, me impulso violentamente hacia atrás. Unas manos me agarran por la cintura para equilibrarme y de repente respiro un olor marino. Abro los ojos.

—¡Devon! ¿Qué haces aquí?

—Al parecer, salvarte de que te caigas de morros, y esta vez mi monopatín no tiene la culpa. ¿Qué hacías con los ojos cerrados? —Es la segunda vez que me lo preguntan en veinticuatro horas, voy a tener que empezar a pensar en ello.

—Pensaba que Christina estaría aquí —digo en lugar de contestarle.

—Desertó cuando empezasteis a llegar las mayores. Al parecer no eres la única que no sabe medir sus fuerzas.

Una punzada incómoda me atraviesa el corazón al imaginarme a Devon poniendo la mano sobre la cintura de otra.

—Tranquila, hasta ahora no he tenido que intervenir demasiado, pero al ver que eras tú, bueno, me he lanzado . —Me suelta, como leyéndome la mente.

—¿Quieres decir que era innecesario que me pararas?

—Un poco —reconoce rascándose la parte trasera de la cabeza. Parece avergonzado y yo me derrito un poquito.

—Bueno, pues ya que estamos, ¿me ayudas a bajar, salvador? No quiero seguir aquí colgada cuando llegue alguna de mis compañeras.

—¡Cierto! Disculpa.

Devon se apresura a desengancharme el arnés y me dejo caer en sus brazos.

—Ahora sí que me siento como una princesa en apuros en brazos de su príncipe —afirmo, traviesa.

—Entonces va a tener que besarme, alteza. Para darme las gracias y tal —dice él, siguiéndome el juego.

Sin embargo, el inconfundible sonido de la tirolina cuando alguien se desliza por ella, esa especie de zumbido metálico, rompe el momento y Devon me deposita con rapidez en el suelo. El beso queda interrumpido.

Kennedy aterriza con soltura y se quita el arnés ella misma.

—¿Todo bien por aquí? —pregunta, hinchándose como un pavo real.

—¡Perfectamente! —exclamamos a la vez Devon y yo, separándonos más si es posible.

Una exultante Violet y una pálida Minnie no tardan en aparecer tras Kennedy y Devon se apresura a ayudarlas con los arneses.

—Seguid por allí para llegar a la penúltima prueba y ¡ suerte! —dice, señalando un sendero—. ¡Vais genial de tiempo! Si seguís así, tenéis muchas posibilidades de batiros en duelo en la prueba final.

No me gusta nada c ó mo suena eso, pero mis compañeras parecen entusiasmadas, incluso Minnie, que está empezando a recuperar el color. Todas echan a correr entre grititos de emoción. Me dispongo a seguirlas cuando Devon me agarra del brazo y susurra:

—Esta noche.

Estoy a punto de replicarle cuando Kennedy se gira, haciendo que Devon retroceda dos zancadas.

—¡Vamos, capitana! —me insta mi compañera.

—¡Voy! —exclamo y echo a correr sin mirar atrás.

¿Qué habrá querido decir Devon?

No tengo tiempo para meditar sobre ello porque, antes de poder analizar lo que vendrá a continuación, me encuentro embutida dentro de un saco de arpillera.

—La penúltima prueba no necesita mucha explicación, chicas. Todas conocéis las carreras de sacos: haced el mejor tiempo e iréis a la prueba final —nos indica Amber, otra Hermana Mayor—. La cosa está reñida, así que os lo jugáis todo aquí.