CAPÍTULO 23
—En pie todo el mundo, remolonas. Hoy nos espera un día importante —nos azuza Kennedy al día siguiente bien temprano.
—¿Estás de coña, Ken? ¡Son las putas siete de la mañana! —se queja Violet, bostezando sonoramente—. Además, ¿qué tiene de interesante un sábado por la mañana? Tenemos clase de repaso.
—¡Ay, no! —me lamento.
—Ni si quiera yo tengo ganas —añade Minnie.
—Chicas, chicas, chicas. ¿Es que no sabéis qu é se celebra hoy? —insiste Kennedy.
—¿Qué podremos bajar al pueblo a dar una vuelta esta tarde? —pruebo.
—¡Error! Hoy no tenemos la tarde libre, han programado una actividad especial.
—¡Otra vez no! ¿No tuvieron suficiente con la Noche del miedo? —se queja Minnie.
— ¡ Ahí quería llegar! Ya es hora de tomarnos la revancha. No podemos permitir que nos vuelvan a machacar; Savannah y Olivia no han dejado de restregárnoslo por la cara durante toda la semana —explica Kennedy.
—¿No eran vuestras amigas? —apunta Minnie con acidez.
Yo llevo un tiempo preguntándome lo mismo.
Desde la fiesta las cosas han estado un poco tirantes y, en los últimos días, Kennedy y Violet han pasado mucho más tiempo con nosotras que con ellas.
No me quejo, ha sido un cambio agradable y me ha permitido conocer mejor a mis compañeras de cabaña, que ya no me parecen tan insoportables, pero, aun así, creo que todavía nos queda algún obstáculo que salvar.
—Y lo son —se apresura a añadir Violet—, pero es verdad que están bastante pesadas. ¿En qué consiste la actividad, Ken?
—Es el circuito multiaventura, ¿recuerdas? El año pasado también lo hicimos.
—¿Te refieres a las carreras de obstáculos y esas cosas? —pregunta la morena.
¡Vaya! ¿Y si Renata me ha pegado algo de su brujería? Porque ahí está el obstáculo al que me refería.
—Eso mismo, aunque, según me han chivado, este año las pruebas serán un poco diferentes. En fin, ¿estáis conmigo, chicas? —dice Kennedy, extendiendo el brazo hacia delante.
Violet sale de la litera que compartimos y apoya la palma de la mano encima de la de su mejor amiga. Ambas nos miran a Minnie y a mí, expectantes. Yo me encojo de hombros.
—¿Por qué no? —digo mientras añado mi mano al montón.
Será bueno tener otra distracción, aparte de Devon, para despejarme de todos los malos rollos de ayer.
—¿Seguro que estás al cien por cien, Cece? ¿Cómo va esa tensión? —pregunta Kennedy, como si me hubiera leído el pensamiento—. No quiero flojas en mi equipo.
—En perfectas condiciones, capitana —afirmo, llevándome la mano libre a la frente en un saludo militar y evitando entrar al trapo.
Kennedy asiente satisfecha y se ríe dándome su aprobación. Creo que la he desarmado. Punto para mí.
—¿Minnie? —insiste girándose hacia mi amiga, que sigue paralizada en la cama.
—¿Es necesario? —pregunta ella—. Seguro que tendríais más posibilidades de ganar sin mí. Soy un paquete.
—Aquí no se libra nadie, guapita. Debemos pringar todas.
Kennedy tiene razón, nuestro honor está en juego, así que no aceptaremos un no por respuesta —interviene Violet.
Minnie y yo cruzamos miradas de incredulidad—.
Aunque deberíamos votar quién será la capitana.
No recuerdo que te hayamos elegido, Kennedy, querida.
—¡Eso! —exclama Minnie, saltando al fin de la cama y añadiendo la mano al montón—. ¡Yo voto por Cece!
—¡¿Qué?! —exclamo—. Yo no tengo madera de líder, mejor se lo dejamos a Kennedy.
—Apoyo la moción —contesta la rubia—. Soy la más experimentada aquí, ¿quién si no va a lideraros hacia la victoria? ¡No tenéis agallas!
—¡Serás creída! —la acusa Violet, que curiosamente es la menos indicada para echarle algo así en cara a alguien—. Solo por eso, estoy con Minnie, que nos lidere Cece.
—Estás de coña, ¿no? —replica Kennedy.
Estoy a punto de decir lo mismo. ¿Violet eligiéndome a mí como capitana? ¿En qué universo paralelo está ocurriendo esto? ¿Seguro que no sigo durmiendo?
Violet niega con la cabeza y Minnie me rodea los hombros con su brazo libre.
—De acuerdo, como queráis —acata Kennedy—. Pero no me falles, Cece. Te vigilaré de cerca.
Dicho eso, rompe la montaña de manos para llevarse dos dedos a los ojos en una clara señal de advertencia y yo me pregunto si esa frase irá con segundas.
—Bienvenidas a la telaraña, cabaña 22 —nos saluda Jessica, la Hermana Mayor de las más pequeñas del campamento.
Las clases de repaso del sábado por la mañana han volado y, antes de los esperado, nos encontramos bajo un sol de justicia frente a la primera prueba del circuito multiaventura.
El nombre, por cierto, no puede ser más apropiado, pues ante nosotras se extiende una red de cuerdas que se asemeja a una telaraña gigante.
—La prueba es muy sencilla: debéis abriros paso a través de la maraña de cuerdas hasta alcanzar el otro lado, donde os espera la siguiente prueba —nos explica Jessica.
—Parece fácil, ¿no? —opino—. Solo tenemos que arrastrarnos por debajo.
Kennedy, a mi lado, se ríe.
—Sí y no —contesta Jessica—. Todo depende de lo unidas que estéis. Dadme un segundo.
Jessica rebusca dentro de una caja de cartón. Violet se está riendo también y eso empieza a mosquearme, sobre todo cuando veo que saca… ¡más cuerdas!
—Realizaréis las primeras pruebas unidas por la cintura con esto. La capitana irá primero, abriendo paso y guiando al resto.
— ¡¿En serio? ! —exclamo.
A estas alturas, tanto Kennedy como Violet lloran de la risa y me estoy planteando si lo de esta mañana no habrá sido puro teatro y tenían pactado elegirme como capitana desde el principio para reírse de mí.
Jessica no tarda en colocarnos la soga al cuello… ¡a la cintura! Y a continuación se lleva el silbato, que le cuelga del cuello, a la boca.
—Una última cosa —nos advierte antes de hacerlo sonar—. Os vamos a cronometrar: los dos equipos que completen todas las pruebas en el menor tiempo se enfrentarán entre sí en la prueba final. ¿Listas? —¡¡Piii!!—. ¡Adelante!
Me lanzo en picado al suelo sin medir la fuerza y…
—¡Bestia!
—¡Avisa, tía!
—¡Creo que me has roto la cadera!
—¡Lo siento! —me disculpo.
Liderar un grupo es más complicado de lo que me imaginaba, pero si añades lo de la cuerdecita, es un verdadero infierno.
—Vale, chicas —grito por encima del hombro—. Me meto debajo. Pegaos a mí y agachad la cabeza.
Nadie me rebate, así que avanzamos como en las trincheras, en una especie de fila india, arrastrándonos con los codos. Todo va bien hasta que…
—¡Au! ¡Para, Cece! Me he enganchado —aúlla Minnie.
—¿Tan pronto? —contesta Kennedy, frustrada.
Me giro en un ángulo extraño para localizar el problema, pero Violet es más rápida que yo.
—Estate quieta, mariposilla. ¿A quién se le ocurre ponerse pincitas en el pelo justo hoy? —Violet se ha vuelto y trata de desenganchar esas pincitas de colores que Minnie usa como abalorios de pelo tan a menudo.
«Quié n iba a decir que la moda de los 2000 enganchaba tanto. ¿Eh, Lia?», pregunto a mi voz interior.
Nadie responde al otro lado y me estremezco al recordar que ya hace casi veinticuatro horas que no sé nada de ella.
«Es mejor así…», intento convencerme a mí misma.
—¡Espabila, Cece! —me insta Kennedy.
Minnie ya está liberada, así que me apresuro a seguir y tras un esfuerzo titánico y varias patadas involuntarias, conseguimos llegar al final del laberinto de cuerdas sin más incidentes. Casi ni me lo creo.
—Buen tiempo, chicas —nos indica Danielle, la Hermana Mayor de Kiara, que nos espera al pie de la segunda prueba con el cron ó metro en una mano y un walkie-talkie en la otra.
Me gustaría celebrar esta pequeña victoria, pero lo que veo delante de nosotras me hace tragarme los festejos: ¡Es un maldito rocódromo!
— ¡Bienvenidas al Himalaya! —anuncia Danielle—.
Tendréis que escalar esta pared para llegar a la tercera prueba.
Coordinaos bien; un pie en la piedra equivocada y todas caeréis rodando.
Os pondré los cascos de seguridad por si acaso.
Oye… ¿te guardo esas pincitas? —añade al ver a Minnie, que se sonroja y asiente.
—¡Cómo mola! —grita Kennedy—. ¿Tenéis magnesio en polvo?
Unos minutos más tarde, estoy sudando tanto que temo que ni el magnesio vaya a ayudarnos a evitar que nos resbalemos.
Además, no sé si soy yo o qué, pero este muro parece estirarse hacia arriba cuanto más avanzo.
Estoy empezando a marearme y por un segundo dudo en qué piedra de bería apoyar la mano.
Kennedy aprovecha mi vacilación para alcanzarme por la izquierda, dejando a Violet y Minnie atrás, y me atrapa la mano.
—¡Ni se te ocurra, Cece! ¿Quieres hacernos papilla? Agárrate con la mano derecha a la piedra azul y apoya el pie izquierdo en la verde, luego pon la mano izquierda en la amarilla y sube el otro pie a la morada.
Ahora sí que me he mareado.
—No voy a ser capaz —lloriqueo.
—¡Claro que sí! Puedes hacerlo, Cece. Confía en ti.
—Para ti es fácil decirlo. Tú y Violet vais a Cuerdas, para mí es la primera vez.
—Siempre hay una primera vez para todo, pero no todas las primeras veces tienen por qu é ser en una mala experiencia.
—O a lo mejor sí —grita Violet, asomando la cabeza—. ¿Por qué no avanzamos?
—Cece se ha quedado paralizada —contesta la traidora de Kennedy.
—Escúchame, rubita —me llama Violet—. Imagina que allá arriba está el bombón de tus sueños: tu crush , tu media naranja. Esto es una prueba de fe. ¿Confías en él? ¿Confías en lo vuestro? ¡Pues échale ovarios! El tiempo no se detendrá a esperarte. Si lo quieres, ve a por él.
¿Esto va en serio? Si ya es bastante chocante que Violet me esté animando, pensar que se está refiriendo a Devon sin saberlo, es surrealista.
—¡Cece! ¡Escucha a Violet! ¡Es un buen consejo!
La voz de Minnie me llega desde algún punto más abajo y me pregunto en qué momento estas dos han conectado.
«Está bien», pienso.
Tomo aire y cierro los ojos: tengo que intentarlo.