Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 22 #3
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CAPÍTULO 22 #3

«Hasta tú sabes que eso no tiene nada que ver , no cuando hablamos de ella.

Renata es una buenaza y nos ha dado suficientes muestras de ello: te acogió sin conocerte, perdonó a Kennedy y hoy ha salido en tu defensa con una excusa que claramente te favorecía cuando en realidad estaba enfadada contigo ».

«A lo mejor solo intentaba salvar su propio culo».

«¡Dios mío! ¿ Te estás escuchando, Cece? Te has convertido en una niñata. No todo en la vida se reduce al rollete de turno. ¡Esto no es una puta película de Disney Channel! ¡Despierta de una vez y afronta el problema! ».

«¡Se acabó, L ia! ¡Deja de rayarme! No haces más que sembrar dudas. ¿Por qué no te largas de una vez por todas y me dejas hacer las cosas a mi manera? Tú misma lo reconociste el otro día: lo he conseguido yo solita. ¿Sabes lo que me ha costado adquirir este nivel de seguridad? ».

«¿Seguridad? ¡ Si hace unos minutos estabas tirada por los suelos boqueando como un pez fuera del agua! ».

«¡Eso es cruel! Todos tenemos derecho a un tropezón. Me puse nerviosa, ¿vale?».

«Cece, por favor, eso no fue un simple traspiés.

¡Has perdido el control! ¿Sabes por qué te dio un ataque de ansiedad?

Porque estás tan asustada como yo, porque ni tú misma puedes ignorar las señales ya.

Tienes una sirena aullando sobre la cabeza.

¿No te ciegan sus luces rojas? ¡Párate a escuchar! Este podría ser el último aviso».

«¡ No me la gana! Estoy harta de que me den órdenes, de que decidan por mí. Yo trazo mi camino y nadie lo va a hacer por mí, y mucho menos una voz interior que seguramente sea un subproducto de mi imaginación desbordante».

«¡¿ Perdona?! ».

«Se acabó, Lia. Ya no te necesito. A partir de aquí seguiré sola. Gracias».

Mis palabras son duras, pero Lia tiene razón en una cosa: ¡estoy desbordada!

El ataque de ansiedad ha sido la gota que ha colmado el vaso, pero es que ella ha sido la que lo ha estado llenando poco a poco.

Ahora me doy cuenta. No hace más que envenenar mi mente, contaminarla y esto tiene que acabar. Es ella o yo.

«No hay más ciego que el que no quiere ver» , se lamenta Lia antes de desaparecer de mi cabeza.

Y creo que esta vez es para siempre.

—Renata y yo somos amigos desde pequeños.

—La voz de Devon me devuelve a la realidad y me recuerda que es él en el que tengo que centrar todos los esfuerzos—.

No sé, Cece… —Parece dudar—. No tiene ningún sentido que Renata se inventara toda esa tontería para llamar la atención, la conozco bien, no es propio en ella.

Aunque si lo que dices es cierto, eso podría explicar…

¡Joder! No soporto los celos, pero si de verdad esto va a ser así a partir de ahora, se puede ir olvidando de…

—No quiero causar problemas entre vosotros —lo interrumpo.

De repente me siento mal otra vez. ¿Y por qué? Tengo muy claro que estoy actuando correctamente.

—¿Qué dices, Cece? Tú no tienes la culpa de nada. No escogemos de quién nos enamoramos.

Eso se siente como otra patada en el estómago. Puede ser que yo sí lo haya hecho, puede ser que lo esté haciendo en este mismo momento. Sus palabras deberían hacerme sentir mejor y, por el contrario, es como si me estuviera echando sal sobre mis propias heridas.

—¡Olvídalo! —insiste Devon, que me pasa el brazo por los hombros y reanuda el paso—. Soy yo el que elijo y escojo este camino. Te escojo a ti. Quedamos que lo recorreríamos juntos, ¿recuerdas? —afirma, guiñándome un ojo.

¡Cómo olvidarlo! He conseguido cambiar el pasado.

Devon y Violet no están juntos; y Renata tampoco es una opción.

Devon podría estar con cualquiera de ellas (y doy fe de que la primera posibilidad era muy real) y, a pesar de todo, me está escogiendo a mí.

A mí: la patosa que no da una, la niña perdida que nunca supo llevar las riendas de su propia vida, la que duda, pero la que a pesar de todo sigue soñando alto.

He llegado hasta aquí para cambiar el destino porque sé que el universo nos robó a Devon y a mí esta oportunidad.

Estoy en mi derecho de reclamar mi romance de verano y mi futuro con él.

—Por supuesto —confirmo—. Juntos.

Devon se detiene, acerca su boca a mi oído y me susurra bajito:

—A veces corro, a veces me escondo, a veces me asusto de ti, pero… —Se me pone la carne de gallina al entender lo que está intentado decirme.

—Pero solo quiero que me sostengas fuerte, que me trates bien, estar contigo noche y día —completo reconociendo la letra de la canción Sometimes , de Britney Spears.

Devon me aparta un mechón de pelo de la cara, sonríe y apoya su frente contra la mía. Estamos tan cerca que la profundidad de sus ojos verde menta me nubla el juicio y me hace perder de vista el mundo. Todo el ruido a nuestro alrededor desaparece y solo quedamos él y yo.

—Entonces, hagamos que ese «a veces», sea un «para siempre» —mur mura frente mi boca, sellando el pacto con otro beso.

Ya he dejado de contar los que nos hemos dado, pero este sin duda es diferente (¿cuántos besos distintos puede dar una misma persona?). En sus labios hay una promesa velada que se me graba a fuego en el corazón: todo irá bien mientras mantenga a Devon a mi lado.

Ahora mismo no tengo nada más a lo que aferrarme.