CAPÍTULO 22 #2
—¿Ves? ¡Déjate de paranoias! Con todos mis respetos, a veces tu madre se pasa de intensa. Un día me leyó a mí los posos esos y me dijo que iba a brillar como las estrellas. ¿Le ves algún sentido? ¿Acaso soy especie de Gusiluz o qué? —bromea .
Recuerdo perfectamente el Gusiluz que tenía de pequeña.
Uno en forma de luciérnaga al que se le iluminaba la cara.
Era un compañero de juegos ideal para calmar terrores nocturnos.
Ojalá tuviera uno de esos ahora, porque de repente el miedo se apodera de mí, me empapo en sudores fríos y me fallan las piernas.
Una descarga de adrenalina, de la mala, me envenena el estómago y me veo obligada a apoyar la espalda contra la pared del viejo edificio. Todo me da vueltas.
Renata y Devon siguen discutiendo y me llevo las manos a los oídos.
Esto es demasiado intenso, demasiado real.
¡Por supuesto que él va a brillar! ¡Va a ser una puta estrella del rock!
Y Renata y yo sí estuvimos, estaremos o lo que sea, al aire libre llevando a cabo un hechizo juntas. El mismo que me trajo hasta aquí.
«¡Las señales, Cece! Creo que la estamos cagando de verdad».
Ya no tengo fuerzas para rebatir a Lia. El cuerpo se me ha vuelto de gelatina, el mareo va en aumento y no me doy cuenta de que las rodillas me tiemblan hasta que mi trasero golpea el duro suelo de piedra.
—¡Cece! ¿Estás bien? —Sé que es Devon, pero me cuesta enfocar su cara. Parpadeo un par de veces para despejar la neblina que me cubre los ojos. Funciona, de momento—. ¡Joder, Renata! ¡Mira lo que has hecho! ¡La estás asustando!
—Yo no pretendía… Claro que, si le afecta tanto, por algo será —se empecina ella intentando recuperar un ápice de dignidad.
No la reconozco y, al parecer, Devon tampoco.
—¿Hablas en serio, Renata? ¿Qué problema tienes con Cece?
—¡Ninguno! Bueno, a lo mejor sí —rectifica—. Es solo que... me parece genial que estéis juntos, pero no me pidas que ignore mis instintos. Son parte de lo que soy, de mis creencias, y el destino está queriéndome decir algo. ¡ Lo sé!
— ¡ Otra vez con el puto destino! —protesta Devon, y yo podría decir lo mismo—. No creo en el destino, creo en las oportunidades.
«Es lo mismo que dije yo el otro día», pienso.
Me sentiría superorgullosa si no fuera porque me encuentro en la mierda ahora misma.
Hundida. Con el barro hasta las rodillas.
Tengo que intervenir, pero ¿cómo? No puedo contarles la verdad; no me creer á n, al menos Devon, que acabar á pensando que estoy chiflada de verdad.
Además, seguro que rompería un montón de reglas no escritas sobre todo ese rollo de los viajes en el tiempo.
Y he visto suficientes películas de ciencia ficción como para saber que no sería una buena idea.
«Las películas, claro, porque no soy yo la que llevo advirtiéndote desde hace días», me recrimina Lia.
—¿Todo bien por aquí?
Es la bibliotecaria, que ha salido al oír las voces, y todo el grupito del club de lectura aparece detrás de ella.
Siento que me voy a desmayar de un momento a otro al pensar qué habrán escuchado.
Si Kennedy y las demás se enteran de que Devon y yo estamos saliendo, se lo contarán a la directora, y sí que será el fin, y ni el supuesto destino , o lo que quiera que sea, podrá hacer nada por nosotros.
Minnie lee mi expresión de pánico y se arrodilla frente a mí.
—¿Qué ha pasado, Cece? Hemos oído gritos, pero no entendíamos ni una palabra, los muros son muy gruesos —afirma, guiñándome un ojo.
Me gustaría darle las gracias, pero estoy demasiado concentrada en intentar respirar. Aire entra, aire sale. Aire entra, aire sale.
—Cece se encuentra indispuesta —dice Renata, para mi sorpresa—. Devon pasaba por aquí y ha querido ayudarnos, pero todos nos hemos alterado un poco.
—¿Cece? —Esa es la voz de Kennedy que, para mí sorpresa, parece preocupada.
—Eh… sí, tiene razón —consigo articular con mucho esfuerzo—. Creo que debería volverme al campamento a descansar.
—Está decidido entonces. Escoltaré a la señorita Ross de vuelta al campamento —dice Devon—. El resto podéis continuar con vuestra actividad. No se preocupe, señora Jones, yo me encargo —añade, dirigiéndose a la bibliotecaria—. Informaré a la Hermana Mayor de las chicas sobre esto.
La bibliotecaria asiente y vuelve al interior del edificio seguida por las chicas más jóvenes, pero Minnie, Kennedy y Renata no se mueven del sitio, lo que provoca que los latidos del corazón se me descontrolen de nuevo.
Estoy convencida de que Kennedy se huele que aquí está sucediendo algo más, a juzgar por la manera en que me mira, con las cejas formando una línea recta.
La intervención de Devon ha sonado demasiado formal, demasiado forzada.
Últimamente no responde muy bien ante la presión y eso me preocupa.
De repente, me ahogo; se me ha olvidado respirar otra vez y empiezo a toser. Minnie, acuclillada a mi lado, me pone una mano en la rodilla.
—¿Te está… te está dando un ataque de ansiedad? —pregunta en voz tan baja que no creo que Kennedy ni Renata la hayan escuchado.
Devon, sin embargo, debe tener el oído más fino porque se arrodilla a mi lado y me pone las manos sobre los hombros.
—Yo no… Ellas… —consigo decir.
Ahora es Devon el que me mira preocupado. Minnie, sin embargo, que se ha dado cuenta de que la presencia de tante gente no me está ayudando en absoluto, se levanta de inmediato y se dirige hacia las chicas.
— ¡ Vamos! El monitor se encargará, solo ha sido una bajada de tensión. Nada de lo que preocuparse. Hace mucho calor. Entremos o no nos dará tiempo a hacer la sesión de hoy. Luego te contamos, Cece. ¡Bebe mucha agua y que te mejores!
Renata me dirige una última mirada, no s é si de lástima o de rabia, y empuja suavemente a una mosqueada Kennedy para que entre en la biblioteca. Minnie vacila un segundo, pero Devon le hace un gesto para tranquilizarla y mi amiga por fin se decide a dejarnos a solas.
—De acuerdo. Toma aire por la boca e infla el estómago, no dejes que suba el pecho —me indica—. Cuenta los segundos mientras inhalas y cuando ya no puedas más, expulsa el aire por la nariz. ¿Preparada?
No estoy del todo segura de que esto vaya a funcionar, pero me ciño a sus instrucciones.
Al principio no aguanto más de cuatro segundos y, aun que al final acabo llegando hasta diez, es solo gracias a Devon, que en todo momento actúa como un ancla en medio de un mar agitado. Poco a poco voy calmándome.
«Agitado por una tormenta que tú misma has provocado. ¿Es que no lo ves?», me advierte Lia que, como siempre, no puede ser menos oportuna.
Por suerte, para entonces ya llevo un rato estable y Devon decide que es hora de movernos, y me da la mano para que me levante.
No me la suelta una vez en pie y decido centrar toda la atención en nuestros dedos y en su agarre, tan firme como suave.
No necesito reproches ahora, tan solo lo necesito a él.
Cuando nos alejamos lo suficiente del pueblo y nos internamos en los caminos que llevan al campamento, Devon se detiene y me pasa los brazos por la cintura.
No hay palabras, no las necesito ahora mismo.
Los sentimientos hablan por sí solos cuando deposita sus labios sobre los míos con una suavidad agradable, como si yo fuera tan frágil como una muñeca de porcelana y él tuviera miedo de que pudiera quebrarme en cualquier momento.
—¿Estás bien? Lamento todo lo que ha pasado. No sé qué mosca le ha picado a Renata para ponerse así.
—Estoy bien, solo un poco… abrumada. —Y lo digo en más de un sentido.
—No le hagas ni caso. A veces lleva eso de la Wicca hasta el extremo y ve cosas donde no las hay. Aunque lo de hoy ha ido más allá de lo habitual: no la reconozco.
« Ya, yo tampoco », pienso . Pero no se lo digo, en su lugar me sorprendo defendiéndola.
—No se lo tengas en cuenta, igual solo ha tenido un mal día.
«¿Un mal día? ¡Y un cuerno!» , arremete Lia
—Aunque, por otro lado… —se me escapa, pero me detengo a tiempo.
—¿Sí? —insiste Devon.
No lo va a dejar correr y yo me muero por aclarar cierto punto que no tiene nada que ver con lo que Lia está pensando.
—¿Crees que es porque le gustas? —suelto a bocajarro.
En mi cabeza, a Lia se le cae la mandíbula hasta el suelo. Devon parece confuso y aprovecho ese momento para poner en orden mis pensamientos.
Quizá hayan sido mis miedos los que han hablado, o las ansías por proteger la verdad detrás de todo esto, pero una vez dicho en voz alta, no puedo dejar de pensar en ello.
Ahora me parece muy probable que todo eso de las señales haya sido una paranoia de Lia.
Lo que tiene más sentido es que Renata se haya enfadado porque le gusta Devon y solo sea una adolescente despechada que quiere proteger lo que cree que es suyo por derecho.
« Cece… Renata es tu amiga ».
«Y cómo estás tan segura, ¿ eh? Apenas la conocemos de unas semanas».