Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Esa misma tarde, justo antes de la cena, Kennedy está intentando rizarle el pelo a Violet mientras ambas comparten los cascos de esta última.

Están escuchando música con el famoso iPod de la morena: un pequeño dispositivo que apenas lleva unos meses en el mercado y que solo unos pocos afortunados pueden permitirse.

Violet, por supuesto, es una de ellos. Yo me engancho mi reproductor de CDs portátil a la cinturilla del pantalón.

No es tan moderno como su aparato, pero cumple la misma función.

La dulce voz de Devon no tarda en ahogar las primeras notas de Complicated , de Avril Lavigne, que suenan a través de los cascos de las chicas.

Sonriendo y perdida en la música de Devon, abandono la cabaña y me dirijo hacia la lavandería del campamento (es increíble que un campamento tan pijo te obligue a lavar tu propia ropa).

Camino con los ojos cerrados, soñando despierta, mientras siento c ó mo los últimos rayos de sol del atardecer me calientan la cara al tiempo que sopla una brisa acogedora.

Las manos de Devon afinan cada acorde de guitarra hasta que suena perfecto y puedo imaginar su sonrisa de satisfacción.

Cada nota me atraviesa el corazón, por eso, cuando noto un golpe el pecho, creo que es un do sostenido o algo así.

—¿Desde cuándo caminas con los ojos cerrados?

Es Minnie.

Me apresuro a apagar el discman para que no reconozca la voz de Devon y me quito los cascos.

—Te estaba buscando —dice—, quería hablar contigo.

—¡Claro! No es que estuviera haciendo nada importante —contesto, y suena más agresivo de lo que pretendo—. Iba hacia la lavandería. ¿Me acompañas?

Minnie asiente y camina a mi lado en silencio un par de minutos, hasta que se decide a romperlo.

—Así que, en fin… Tú y… ya sabes… —dice bajando la voz—. Estáis juntos oficialmente.

—Aj á —confirmo. Mi amiga no aminora el paso, pero parece ausente—. ¿Estás… estás enfadada?

Minnie sale del trance y clava por fin sus enormes ojos azules en los míos. No hay censura en ellos, pero sí me parece detectar un atisbo de resquemor.

—No, pero me molesta haberme enterado por él y no por ti.

—Iba a contártelo, solo que no sabía cómo te lo ibas a tomar.

—¿Todavía te cuesta confiar en mí? ¡Después de todo lo que hemos pasado! ¿Qué esperabas? ¿Pensabas que me iba a chivar?

—¡No! Tan solo tenía miedo —admito.

—¿Miedo tú? ¿Dónde está aquello de que el miedo da menos miedo cuando es compartido? —dice, haciendo suyas mis palabras.

—Tienes razón, pero para que veas: hasta las que aparentamos ser fuertes dudamos de vez en cuando.

Sé bien lo que me digo, a pesar de todo lo bueno que me ha ocurrido estos últimos días, no puedo evitar pensar que esto tiene una fecha de caducidad, que no va a durar eternamente, y eso asusta.

En un par de semanas, Devon, las chicas, el campamento e incluso mis dieciséis desaparecerán y tendré que enfrentarme a lo desconocido, porque el nuevo futuro es una incógnita tan grande ahora mismo como mi yo de la otra vida.

Un gran interrogante que también se dibuja en las pupilas de Minnie, que se ha quedado sin respuestas.

—Tú también eres muy fuerte, aunque no te des cuenta —añado—. ¿Quién se atrevería a enfrentarse así a un monitor en el aula de música?

—No me lo recuerdes, ¡qué vergüenza!

—Y, además, según me ha dicho un pajarito, no te escondiste en tu caparazón cuando te confrontó. Al contrario, fuiste supercomprensiva y nos diste tu bendición. Gracias por ser nuestra celestina, te debo una —completo, dándole un golpecito suave en el hombro .

—Quizá ese sea mi destino —dice Minnie con un amago de sonrisa—, quedarme para « vestir santos » , como dice la señora Cruz.

—¿Vestir santos? —pregunto confusa.

Minnie se encoge de hombros.

—Mi vecina, la señora Cruz, es española y a veces le suelta cosas así a mi madre. Yo tampoco lo entiendo muy bien, creo que se refiere a convertirte en una solterona. Para ella eso es todo un crimen, aunque yo no veo el problema.

—No lo ves porque no lo hay. A la gente le encanta meter la nariz en los asuntos de los demás —afirmo, acordándome de Violet y sus advertencias la primera vez que me vio junto a Devon. Parece que haya pasado un siglo de aquello.

—¡Exacto! Así que, ¿ quién soy yo para juzgaros? Se os ve felices juntos. Si eso es lo que os depara el destino, no seré yo la que lo impida.

«Pero ¿qué le pasa a todo el mundo con el destino?», le pregunto a Lia.

«Quizá sea el universo lanzándonos señales. ¿No nos advirtió sobre algo así la Renata adulta?».

«Aunque todo salga bien, nunca debes ignorar las señales» , dijo.

«¿Y si estamos causando u na especie de efecto mariposa? Ya sabes, estamos alterando tanto el pasado que quizá haya consecuencias no deseadas para el futuro», insiste Lia.

Si mis recuerdos no me fallan, y me alivia saber que todavía me quedan algunos, yo misma le hice una pregunta parecida a Renata.

«No, solo son coincidencias . Lo que tiene que ser será. Eso también lo dijo la Renata del futuro», concluyo.

«¡No fue así! Renata dijo que quien fuera a nacer o a morir, lo haría igualmente » , me corrige Lia.

Bueno, quizá no lo recuerde todo con pelos y señales, pero viene a ser lo mismo ¿no?

«Y , además, también dijo que no podía preverlo todo, que nadie se había atrevido con un hechizo de tal calibre antes», se empecina.

Mi frustración aumenta conforme Lia sigue insistiendo. ¿Por qué siempre quiere tener la última palabra?

«Estoy harta de discutir contigo, Lia. Tomé mi decisión, vinimos aquí a hacer esto, y tú vas a acompañarme porque no te queda otra. Estamos juntas en esto, quieras o no».

Entonces, mi voz interior se esfuma de nuevo y yo respiro un poco más tranquila.

No pienso dar rienda suelta a esos pensamientos derrotistas.

Se lo prometí a Devon y voy a cumplir con mi palabra.

Somos jóvenes y se nos permite hacer tonterías.

Exprimiremos cada oportunidad de estar juntos como si no hubiera un mañana.

Y si al final todo se tuerce y no puede ser, al menos habré disfrutado de esta segunda oportunidad que me ha brindado la vida.

—¿Estás bien? —me pregunta Minnie, devolviéndome al presente.

—Mejor que nunca —le aseguro.

Con esta nueva actitud, y el apoyo de mi amiga, Devon y yo continuamos a lo nuestro, escabulléndonos siempre que podemos para pasar tiempo juntos.

Ni siquiera la presencia de Violet durante las clases de equitación (al final se ha quedado a pesar de que yo he regresado), consigue ensombrecer mi estado de ánimo.

—El otro día hablé con Renata —me confiesa Devon mientras cepillamos a Spirey después de clase.

El corazón se me detiene y la ansiedad me trepa hasta la garganta, donde se instala formando un nudo tan fuerte que me impide hablar.

Devon parece darse cuenta de mi inquietud, pues abandona el cepillado para darme la mano.

La mía está tan sudorosa que temo que se aparte asqueado, pero en lugar de hacerlo deposita un tierno beso sobre mis labios que hace que se estabilice mi mundo.

—Fue bien, no te preocupes —aclara, apartándose un poco—. Renata y yo somos como hermanos, nos lo contamos todo. No podía ocultarle lo nuestro, pero no se lo tomó mal, la verdad. Aunque no esperaba menos de ella, nunca me ha fallado.

Sí, en eso puedo darle la razón. Renata es de esas: de las que confían en las personas sin prejuzgar, las que dan sin esperar nada a cambio, las que perdonan sin rencores.

O al menos eso pienso antes de que todo se vaya el traste el viernes por la tarde justo antes de la reunión del club de lectura.

—¿Puedo hablar un segundito contigo? ¿A solas? —me pide Renata cuando llegamos a la puerta de la biblioteca de Beakend, donde nos ha estado esperando.

Kennedy se detiene y nos mira raro, pero Minnie le da un empujoncito para que la siga al interior junto al resto. Cuando por fin desaparecen, centro toda mi atención en Renata. Está muy seria, y eso no es habitual en ella.

—¿Ha pasado algo? —pregunto, empezando a ponerme nerviosa.

—¡Dímelo tú!

—¿Hablamos de Devon?

—Escucha, Cece, no me importa si te acuestas con mi amigo o no —suelta de golpe—. Es solo que… —Se cruza de brazos—. ¿Quién eres tú en realidad?

Trago saliva.

«¡ Uh, oh…! » , se lamenta Lia, que al parecer está de regreso.

—No me estoy acostando con… —decir algo así en voz alta me hace sudar a mares. Intento disimular, y echarle la culpa al calor de julio, que no da tregua, pero en el fondo sé que no tiene nada que ver con eso—. No sé a qué viene todo esto porque yo…

—Mi madre me contó que viniste a buscarme el otro día y que te leyó los posos de té —me interrumpe Renata—.

Me advirtió de que había de tectado ciertas incoherencias en ti.

—Mierda, ahí está—. No le di ninguna importancia al principio, pero luego tuve ese extraño sueño y… ¡Uf! Ahora no sé qué pensar.

—¿Qué sueño? —pregunto, aunque no estoy segura de querer saberlo.

—Soñé que estábamos juntas, al aire libre, haciendo una especie de hechizo en un lugar desconocido.

O sea, no te veía la cara, pero sabía que eras tú.

Entonces todo se emborronaba y de repente ambas nos encontrábamos en la biblioteca.

Esta vez distinguía tus rasgos, pero tú no me conocías; me tendías la mano para presentarte, como si fuera la primera vez que nos veíamos y…

¡y Devon también estaba ahí! Justo detrás de ti.

Pero su silueta parpadeaba, aparecía y desaparecía, como si fuese un fantasma.

—¡Vaya rayada!

Renata y yo damos un respingo al escuchar una voz a nuestra espalda y, al girarnos, ahí está él: Devon en carne y hueso.

—¡Guau! ¡No! Es como en mi sueño. ¡Se está haciendo real! —se lamenta la bruja.

—Renata, relájate —dice Devon atrapándola por los hombros y obligándola a mirarlo a los ojos—. ¿Acaso mis manos están atravesándote? ¿Me ves aparecer y desaparecer?

Renata niega con la cabeza.

—No. Te veo, te siento —contesta—. Estás de cuerpo presente.