Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 21 #3
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CAPÍTULO 21 #3

No sé quién se queda más pasmado, si Devon, ella o yo.

Minnie no solo no se ha cortado ni un pelo, sino que además le ha replicado a un monitor.

Creo que ni ella sabe dónde acaba de meterse hasta que, apenas un segundo después, su cerebro hace las conexiones pertinentes y la expresión desafiante que nos ha dirigido hace un segundo cambia.

—¡Lo siento! Yo no… Te espero fuera, Cece.

Cuando abandona el aula, el semblante angustiado de Devon es casi un calco del de mi compañera.

—¿Crees que…? —me pregunta.

—No, no te preocupes. Hablaré con ella. Minnie es de fiar.

No se lo contará a nadie —digo, pero Devon no parece muy convencido—.

Confía en mí, le soltaré cualquier trola a Nicky.

T ú no asumas ninguna culpa o parecerás aún más sospechoso.

Si alguien te pregunta, me fui de tu clase cuando sonó la campana.

—Pero…

—Tranquilo, estaré bien. ¿Qué puede hacerme una chavala que apenas me saca unos años? ¡Ni que fuera mi madre!

—Está bien, pero antes de irte, quiero darte una cosa. —Devon rebusca en su cajón de nuevo y esta vez saca un CD que tiene escrito su nombre con rotulador—. Es una pequeña maqueta que he grabado, un par de canciones, pero me gustaría que tuvieras una copia.

—¡Dios mío, Devon! No sé qué decir.

—No digas nada, solo guárdatelo. Quiero que lo tengas. Y ahora date prisa si no quieres que Nicky, sea tu madre o no, se cabree más de lo normal. —Me empuja con suavidad. El roce de sus manos en mi espalda todavía quema un poco.

—No sé si eso será posible, pero gracias. Te mantendré al tanto.

Devon hace un gesto vago con la mano como para quitarle importancia y yo me guardo el CD en la mochila, demasiado emocionada como para añadir nada más.

Mientras cierro la cremallera, siento su mirada clavada en mí y, por un segundo, creo que volverá a besarme, pero en su lugar, retrocede y yo lo interpreto como una invitación para abandonar el aula, aunque sienta el corazón en la garganta.

Vale, puede que Nicky no sea mi madre, pero tiene una mala baba que flipas, cosa que en realidad ya sabía, pero que ahora he podido comprobar de primera mano: tras contarle que estaba tan cansada que he decidido echarme una siestecita, me ha castigado.

Así que, en lugar de asistir a pintura con Felicity, estoy encerrada en el aula que usamos los sábados para las clases de repaso, haciendo los deberes extra que Nicky se ha sacado de la manga.

Al menos no me ha puesto vigilante, pero ni falta que hace, pues se ha asegurado de cerrar la puerta con llave desde afuera, así que no saldré de aquí hasta que mi querida Hemana Mayor decida volver, y eso no será hasta que suene la campana que pone fin a las actividades de la tarde.

A pesar de todo sonrío. Ha merecido la pena. Ese beso, esas manos… Si Minnie no nos hubiera interrumpido, no sé hasta dónde habríamos llegado.

De repente, oigo una llave girar en la cerradura y me pongo en alerta: la hoja de los deberes sigue en blanco. Compruebo el reloj analógico que cuelga de una de las paredes; aún son las tres de la tarde, queda un montón para las cuatro y cuarto. A lo mejor Nicky se ha arrepentido.

—¡Sorpresa!

Devon se desliza dentro del aula con una sonrisa.

—¡No te creo! ¿Qué haces aquí?

—¡Shhh, no levantes la voz! Te he traído un tentempié. Minnie me ha dicho que estabas aquí.

—¿Minnie?

—Sí, no podía esperar a que hablarais. Lo siento, estaba muy nervioso, así que la he abordado antes de su primera clase de la tarde.

—¡Pobrecilla! La habrás dejado temblando.

—No creas, se lo ha tomado muy bien.

—¿Qué le has dicho?

—Primero deberías llenar ese estómago. —Se acerca a mí y me entrega un sándwich—. Un pajarito me ha dicho que estás muy viciada a la mayonesa de arándanos, así que me he asegurado de añadir un extra a tu comida.

El pan chorrea por los cuatro costados y yo me relamo de gusto.

No sabía que estaba tan hambrienta hasta que lo devoro en cuatro bocados.

Mientras ataco el postre, un bol de sandía cortadita en dados, Devon me confiesa que le ha contado la verdad a Minnie: que estamos juntos, pero que no podemos dejar que se entere nadie porque su trabajo podría peligrar.

Casi me atraganto cuando lo escucho. Devon me da unas palmaditas cariñosas en la espalda y me anima a beber agua.

Minnie sab ía que Devon y yo teníamos asuntos que resolver, pero aun así me daba apuro confesarle que finalmente lo nuestro había pasado de un tonteo a algo oficial.

Ahora Devon me ha quitado ese peso de encima porque, según me explica a continuación, Minnie no solo le ha dicho que lo entiende, sino que ha prometido guardarnos el secreto.

—Tienes una buena amiga, se nota que le importas —concluye.

—Tendré que darle las gracias y disculparme por haberla metido en todo este embrollo. Sé que no habrá sido fácil aceptarlo, así como así, ella no cree en el amor, ¿sabes?

—¿Y tú? ¿Crees en el amor?

La pregunta me sorprende tanto como la respuesta que me asoma por la lengua.

—Bueno, quizá esté empezando a creer en él —confieso.

Y por alguna razón, lo siento de verdad. A estas alturas no recuerdo mucho de mi vida adulta, no sé si experimenté amor real en algún momento, pero si tomé la decisión de llegar hasta aquí es muy posible que no.

«¿¿Hablas en serio?? ¿Lo has borrado todo de un plumazo o qué? ¿Qué te está pasando, Cece? ¡Estás empeorando!».

—¿Y tú qué? —añado, ignorando a Lia—. ¿Qué opinas sobre el tema?

—Como te dije aquel día en el pueblo, no creo en el destino, pero ¡ joder! Si de verdad existe, es muy caprichoso, porque no ha dejado de cruzar nuestros caminos.

Me sonrojo. Lo que Devon no sabe es que el «destino» soy yo insistiendo en cambiar el futuro por todos los medios posibles. Soy yo la que lo está forzando todo, la que no ha dejado de cruzarse en su camino hasta conseguir hacerlo mío.

— ¿Sabes? Acabo de decidir que ya no creo en el destino —digo de repente—. A partir de ahora, voy a creer en las oportunidades y no pienso dejar pasar esta.

—¿Las oportunidades, dices? ¿Eso es lo que soy yo? ¿Lo que somos nosotros?

«Lo que pudimos ser, lo que seremos», pienso.

De repente, me veo reflejada en la letra del opening de la serie de tele visión Lizzie Mcguire , que acude a mi cabeza.

La vida no es perfecta, por mucho que intentemos planearlo todo al dedillo para que así sea.

A veces conseguimos lo que nos proponemos, pero otras lo único que nos queda es fingir que sabemos de qué va la cosa.

Mientras tanto, solo podemos seguir caminando, avanzando paso a paso, sin importar que el plan A no salga, o incluso el B, ¡ya lo averiguaremos por el camino!

—Lo averiguaremos —concluyo—. ¿Me acompañas en el camino?

A pesar de todo, tengo miedo de su respuesta. Un paso atrás y todo el esfuerzo habrá sido en balde, pero qué menos que darle la oportunidad de arrepentirse si cree que no merece la pena el riesgo. Las tiritas duelen menos cuando te las arrancas de golpe.

—Yo ya estoy perdido, así que no creo que pueda volver atrás.

Solo espero que no se trate de alguno de los jueguecitos de bruja de mi amiga Renata —bromea entre risas—.

¡Ay, mierda! No creas que me estoy metiendo con ella, en realidad ella es…

—titubea, arrepentido al darse cuenta de lo que acaba de decir.

—No pasa nada —lo tranquilizo—. Lo sé todo. Renata me contó lo del rollo ese de la Wicca y no me da miedo, pero ella no tiene nada que ver con todo esto, te lo aseguro. No es como si yo te hubiera hechizado o algo así —me río, intentando que los nervios no me traicionen.

«Si por nada te refieres a todo... Aunque sigo pensando que el Zoltar ese tuvo mucho que ver en todo este embrollo. Claro que fue ella quien lo trajo a casa».

« No es el momento, Lia».

«Pero ¡ es que estás mintiendo!»

«¡Y tú eres una tocanarices! Además, sabes mejor que yo que no podemos exponernos. ¿No me advertiste sobre eso hace un rato?».

«Sí, pero es que me estoy rayando ».

«Lo que estás haciendo es fastidiarme y ya me estoy cansando. ¡Eres peor que Devon!».

«¡Oh, amiga! Creo que tu chico está muy lejos ya de querer fastidiarte, si acaso lo que quiere es tirarse y no precisamente a la piscina…».

—¡Calla! —grito sin poder reprimirme.

—Pero si no he dicho nada… —dice Devon, mirándome confuso.

—Me refiero a que dejémonos de charlas transcendentes. ¡Calla y bésame!

Devon mueve la cabeza con desaprobación y una pizca de diversión. Creo que acaba de confirmar que estoy como una cafetera, pero, a pesar de ello, no me niega el beso.