CAPÍTULO 21 #2
A pesar de que este no es mi primer beso, ni siquiera es el primero con Devon, siento que el corazón me bombea igual de fuerte que aquella vez que me escondí detrás de los cubos de basura del patio del colegio para besarme con el chico más popular de la clase.
La adrenalina que me recorrió el cuerpo entonces, al saber que estaba haciendo algo prohibido, es la misma que siento ahora, siendo consciente de que me estoy saltando la hora de la comida para enrollarme con él .
Solo que Devon es más experimentado que aquel chico y la intimidad del aula nos da tranquilidad.
Mientras nuestras lenguas se entrelazan, sus manos descienden por mi espalda y Devon se cierne un poco más sobre mí.
El roce entre nuestros cuerpos hace que la temperatura de la habitación suba varios grados y una sensación desconocida que nace un poco más abajo de mi ombligo me impulsa a arrugar su camiseta con la mano, a la altura del pecho, como si quisiera acercarlo más a mí, aunque la distancia es ya prácticamente inexistente.
Devon parece entender lo que le pido en silencio y sus iris verdes se oscurecen dos tonos cuando se aplasta contra mi cuerpo y profundiza el beso a la vez que sus manos se posan en mi trasero.
Está a punto de escapárseme un gemido cuando Devon corta el beso de repente. Suelto un gruñido de decepción. Me ha sabido a poco, pero el mal sabor se me pasa cuando lo veo rebuscar entre los cajones de su escritorio.
«¡Dios! ¡Qué nervios! ¿Qué será? ¿Debería haberle comprado yo algo también?». Lia no me responde esta vez, pero me la imagino poniendo los ojos en blanco.
Devon no tarda mucho en sacar una libretita bastante usada que acuna sobre el pecho como si fuera un bebé. No entiendo nada.
—Nadie sabe de la existencia de esta libreta, bueno, salvo Renata, así que espero que no te rías —me confiesa.
—¿Por qué habría de hacerlo? —pregunto con la voz teñida de curiosidad.
Debe ser muy importante para él si la guarda con tanto recelo.
—Son mis canciones —confiesa—. No sé si recuerdas que te conté que a veces me quedo un ratito extra aquí y compongo.
—¡Claro que me acuerdo!
¿Cómo iba a olvidarl o? Nadie mejor que yo sabe de su talento innato y hasta dónde lo va a llevar.
—Es una tontería, en realidad. Solo son pensamientos plasmados en un papel, acompañados de algunas combinaciones de acordes sencillos que me he inventado.
Parece avergonzado y apenas reconozco tanta inseguridad en alguien que de normal camina por la vida pisando fuerte.
Me sorprendo y a la vez me alegro al descubrir que, a pesar de todo, él también tiene su lado vulnerable.
Como todos. Supongo que la confianza en uno mismo crece con los años y a él, como a mí, aún nos queda mucho por rodar.
—Seguramente pienses que es una chorrada y que estoy siendo un iluso, un soñador, pero me gustaría dedicarme a la música en el futuro —continúa—. Sí, sé que es imposible abrirse paso en ese mundillo, y más viniendo de un pueblucho en medio de la nada y sin tener contactos ni conocidos, pero…
—¡Devon! ¡Basta! No tienes por qué darme explicaciones. —Estiro el brazo y lo tomo de la mano—. No es una tontería; es tu sueño y estoy segura de que algún día vas a conseguirlo si luchas por ello.
—¿Lo dices en serio? ¿No vas a venirme con todo ese rollo de que es un mundo de excesos y bla bla bla, como me advirtió Renata?
—Me acaricia los dedos—. Y que conste que ella me apoya, aunque no sé si me toma muy en serio.
Pero es que no entiende que la música podría ser mi único billete de salida: quiero ver mundo, ampliar horizontes. ¿Tan malo es?
La conversación se está poniendo intensa por momentos y temo meter la pata o revelarle algo que no debo, así que hago lo que mejor se me da últimamente: escurrir el bulto.
— ¡Venga! Déjate de lamentos , que no te pega nada y enséñame lo que te traes entre manos.
«¡Serás insensible!», me acusa Lia.
Me arrepiento de inmediato al ver que un sentimiento parecido al dolor se refleja en la mirada de Devon. Sin embargo, es un gesto fugaz porque se echa a reír, aunque no estoy segura de que sea una reacción sincera.
—Vale, lo pillo, estás intentando quitarle hierro al asunto —dice, y me da un apretón—. ¡ Esa es mi Cece y su particular modo de ver el mundo! Está bien, tú lo has querido .
Suelto el aire que he estado reteniendo e intento relajarme de nuevo. Por poco.
Devon me suelta la mano y toma asiento. Yo lo imito.
Se coloca la libretita abierta sobre las piernas y agarra la guitarra.
Con las mejillas sonrojadas, canta tan bajito que casi no lo oigo, evidenciando una inseguridad que no mostró cuando cantó esa canción de los Backstreet Boys en las inmediaciones del picadero.
Supongo que debe de ser más difícil cuando la letra es tuya; lo hace todo más personal.
Sin embargo, conforme va tomando confianza, eleva el volumen.
Su concentración es máxima y ni siquiera reacciona cuando uno de sus largos mechones de pelo le cae sobre el ojo derecho.
Me concentro en su mirada, seria y convencida; el sol entra por la ventana y hace que el verde de su iris parezca una esmeralda.
Estoy a punto de suspirar cuando reconozco los primeros acordes del que será uno de sus primeros éxitos y todo mi cuerpo reacciona.
«¡Dios mío! ¡Li a! Esto es muy fuerte».
Lia debe de estar tan en shock como yo, porque por una vez no me obsequia con uno de sus mordaces comentarios.
El corazón me late tan fuerte que temo que el sonido se imponga a la música: esta es la raíz, el origen de lo que lo va a elevar al estrellato, y él no lo sabe.
¡Joder! ¡ No lo sabe! No tiene ni idea de la persona en la que se va a convertir y yo…
yo tengo tanta suerte, tanta, tanta suerte de estar presenciando este momento que podría ser histórico…
Entonces las lágrimas se me deslizan por las mejillas sin control.
Devon escoge ese instante para alzar la vista y la música se detiene con brusquedad. La magia se rompe.
—¡Hostia! ¿Tan mala es la canción que te he hecho llorar?
Las lágrimas no me dejan contestar.
Devon deja la guitarra y la libreta a un lado, se levanta y se acerca a mí para enjugarlas con la mano, preocupado.
—¿Estás bien? ¡Dime algo! —insiste.
—Eres bueno, Devon —consigo articular en medio de los sollozos entrecortados—. Y no me refiero a bueno a secas, no como si se te diera bien y punto. Tienes un don y tu deber es compartirlo con el mundo. ¡Ese es tu futuro!
—¿Mi futuro?
«¡ Oye! ¡Echa el freno! no puedes hablarle de lo que está por llegar, seguro que va contra las normas; podríamos causar una paradoja temporal o algo parecido ».
Mi pesada favorita tiene razón. Me he dejado llevar por las emociones.
—Mmm… bueno, ya sabes, no soy una experta en música, pero si esto es lo que realmente quieres hacer, ¡ hazlo! ¡Somos jóvenes! Se nos permite cometer alguna locura de vez en cuando.
—Piensas que es una locura…
—¡No! —«¡Jope! ¡Qué complicado es esto!»—. O sea, lo que quiero decir es que ahora es el momento para arriesgarse, antes de que te arrepientas.
— ¿Sabes? ¡Tienes razón! —afirma tomando mi mano para levantarme de la silla—. ¡Hagamos tonterías!
—¿A qué te refieres? —pregunto.
—A esto, por ejemplo. —Devon me acaricia la mejilla con dulzura y prolonga el gesto cuello abajo. Todos mis sentidos se ponen en alerta—. ¿Qué te parece?
—Puede que esté empezando a entenderlo —contesto entrando al juego—, pero vas a tener que darme más pistas.
—¿Y qué te dice esto? —Me besa y me atrapa los labios con los dientes suavemente—. ¿Te voy a aclarando las ideas?
—Mmm, quizá.
—Sí, ¿eh?
Devon me mira con picardía y se abalanza sobre mí hasta que mi espalda golpea la pared del aula.
Con este beso subimos de nivel y, de un momento a otro, nuestros dientes chocan, las lenguas se enredan y sus manos me buscan.
Devon las introduce por debajo de mi camiseta y se me corta la respiración.
Nadie me ha tocado ahí antes y siento que debo hacer lo mismo con él, así que paso los dedos por su espalda desnuda, hasta la goma del pantalón.
No sé si el cóctel de hormonas que somos ahora mismo tendrá algo que ver, pero ninguno de los dos puede parar.
Es una necesidad: blanco o negro, todo o nada, y yo lo quiero todo, ¡y lo quiero ahora!
Estoy a punto de pedirle una locura cuando unos puños golpean la puerta del aula y extinguen el fuego.
Nos da el tiempo justo para separarnos antes de que la causante del alboroto entre en la clase. Retengo el aire en los pulmones y lo dejo ir casi al mismo tiempo, aliviada al comprobar que solo es Minnie.
Mi amiga nos mira y baja la vista al suelo, avergonzada. Aprovecho el momento para hacer un balance de daños: la ropa descolocada, el pelo alborotado, las pupilas dilatadas… No hace falta ser una experta para sumar dos más dos.
—Nicky me ha mandado a buscarte porque te has saltado la comida. Yo no… —vacila sin apartar la mirada de sus zapatillas—. Como no te encontraba por ninguna parte, estaba preocupada. Nicky solo está furiosa. Creo que deberías ir al comedor de inmediato.
—¡Mierda! —exclamo mientras intento arreglarme el pelo y la camiseta.
—Esto no es lo que parece —murmura Devon, pero no suena muy convincente y da a entender que sí que es exactamente lo que parece.
Le hago un gesto para que se corte, pero me ignora.
—La señorita Ross va muy retrasada en sus lecciones, no ha practicado como le pedí y la he… la he castigado a quedarse hasta que se aprendiera la partitura.
En mi interior, Lia se golpea la frente con la mano y yo estoy tentada de hacer lo mismo, pero me reprimo.
—Ya, claro. —Minnie, que por fin ha reunido el valor necesario para mirarnos a los ojos, tiene el ceño fruncido y nos señala con la cabeza—. Puede que sea tímida, pero no soy tonta.