Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Camino a buen ritmo por el sendero que me ha indicado Devon, como si estuviera flotando sobre una nube, y el bosque ya no me parece tan sombrío como antes. Es curioso cómo cambian las cosas según el estado de ánimo con que las afrontas.

—¿Cece? ¿Eres tú? —Un haz de luz proveniente de una linterna me deslumbra y me tapo los ojos, pero creo reconocer la voz.

—¿Kennedy?

—¡Por fin, tía! Llevo un buen rato buscándote. He dejado a Violet y Minnie junto a Nicky, que era la siguiente parada. Estaba tan preocupada por ti que quería parar el juego, pero la he convencido de que volvería contigo, que no podías estar lejos. ¿Dónde te habías metido?

—¿Nicky preocupada por mí? Eso sí que es nuevo —bufo.

—No has respondido a mi pregunta —insiste Kennedy.

—Es largo de contar…

—De acuerdo, todo el mundo tiene derecho a guardarse secretos. Lo respeto. Pero límpiate esa pintura blanca de la cara y sígueme, puede que el resto no sean tan comprensivas como yo.

Por segunda vez esta noche, me alegro de que la oscuridad oculte mi rubor mientras me esfuerzo por limpiarme bien la cara y me apresuro a seguir el ritmo de Kennedy, cuyas zancadas decididas me hacen llegar al lugar de encuentro casi sin aliento.

—¡Ya era hora, Ross! ¿Dónde narices estabas? —me recibe Nicky, disfrazada de diablesa.

« Le va que ni pintado… ».

—Me desorienté, se me cayó la linterna y no podía ver nada. Me costó volver a encontrar las pilas, que habían rodado por todas partes, y hasta que no he conseguido reunirlas, no sabía muy bien hacia dónde ir.

«¡Guau! Tu capacidad para mentir es asombrosa. Una adolescente consumada », se asombra Lia.

—¿Y no te has cruzado con ningún otro compañero? —Ahora es Nicky la que parece asombrada.

«¡Ups!» .

—No, en realidad creo que estaba en algún punto intermedio entre las dos paradas, no vi a nadie cerca.

—Está bien. ¡ Daos prisa, chicas! Ya tenéis la siguiente pista, seguid el camino u os juntaréis con el otro grupo.

«Ha colado, ¿no?».

Obviamente, no ganamos la yincana, pero a pesar del mal humor de mis compañeras, estoy feliz como una perdiz cuando por fin volvemos a la cabaña a acostarnos.

Ni siquiera el hecho de que Kennedy pueda estar oliéndose algo me chafa la ilusión.

Le gusto a Devon y Devon me gusta a mí. Violet ha pasado a un segundo plano y mi futuro est á encarrilado. ¿Qué más puedo pedir?

—Parece que te has recuperado muy bien, Cece, así que vamos a retirar el vendaje y podrás regresar a tu rutina habitual —dice el médico del campamento al día siguiente.

¡Ah, eso! Sí, al parecer podía pedir algo más. ¡Soy libre! Mi lesión se ha curado y por fin puedo retomar las clases. Consulto mi reloj de pulsera: todavía son las doce menos diez, si me doy prisa puede que llegue al final de la clase de guitarra del lunes.

—¡Adiós y gracias! —me despido bajando de un salto de la camilla.

—Un segundo, Cece. Déjame darte unos consejos: no hagas movimientos bruscos, no cargues demasiado peso al menos en unos días y…

« Bla, bla, bla ». El discursito se me hace eterno y para cuando por fin me dejan libre, sé que ya no voy llegar a guitarra para ver a Devon, así que decido ir directamente a comer. No pasa nada; esta tarde tengo equitación. ¡No puedo esperar!

—¡Ey, Cece! —exclama Minnie, alcanzándome en la Estación de los sándwiches, donde añado doble ración de mayonesa de arándanos al mío para celebrarlo—. ¡Te han quitado el vendaje! ¡Cuánto me alegro!

—¿Por qué no tomas lirios del valle? Es más rápido —añade Kennedy despreciando mi comida mientras se abre paso hacia el Salad Bar .

—¿Qué ha dicho? —le pregunto a Minnie, que se encoge de hombros.

—Supongo que se referirá a algún tipo de planta venenosa por el contexto, aunque a mí no me mires, estoy en el mismo grupo que tú en Supervivencia.

— ¡Ni me lo recuerdes! Paul debería aprender de Devon. De no ser por él no habría encontrado el camino de vuelta.

—¡Pensaba que te había encontrado Kennedy! —se sorprende Minnie.

«¡ Mierda!».

—¡Y lo hizo! Lo digo porque el otro día lo escuché dándole explicaciones a las suyas de cómo orientarse en la oscuridad y eso me ayudó anoche.

Ya podría Paul ilustrarnos sobre cosas como estas, o sobre plantas, ya que estamos.

Seguro que sería más útil, soy tan torpe que podría confundir la flor esa que ha dicho Kennedy, si es que lo es, con la que da nombre al campamento.

—Las dos son blancas, así que es bastante probable, aunque supongo que, si tienes dudas, puedes preguntarle a él directamente —apunta Kennedy, que ha vuelto a nuestro lado tras llenarse el plato—. ¿Vamos a la mesa?

—¿Kennedy sabe que besaste a Devon el otro día? Y, por cierto, ¿habéis aclarado las cosas? —me pregunta Minnie por lo bajini.

—Mejor hablamos en otro momento —le indico cuando alcanzamos la mesa exterior donde nos está esperando Violet.

Las actividades del campamento siguen su ritmo y yo vivo en una nube. Cuando tengo clase con Devon, me trata con la misma neutralidad que al resto de alumnas y, fiel a su palabra, ha dejado de meterse conmigo.

Es entre las clases o en nuestro tiempo libre, cuando llega mi momento favorito: vernos a escondidas.

Nuestro lugar de encuentro preferido son los establos, donde podemos pasar más desapercibidos.

Todavía nos estamos conociendo, así que pasamos horas charlando (¡sin discutir!) y cuando el tema de conversación se acaba, compartimos besos y alguna caricia que me deja sin aliento.

Spirey, por su parte, está encantado, sus crines lucen más brillantes que nunca porque no dejamos de cepillarlo (hay que disimular, ¿no?).

El miércoles, cuarenta y ocho horas desde la declaración en el bosque, acudo a clase de guitarra.

Theresa repite una secuencia nueva que Devon le acaba de enseñar. Ella está concentradísima en tocar los acordes correctos y yo estoy embobada observando a mi chico, que me lanza miradas furtivas de vez en cuando. Sí, «mi chico». Puedo llamarlo así, ¿no?

« Cof, cof », tose Lia a propósito. «Ha sonado todo tan cursi que creo que voy a vomitar arcoíris».

«Deja de espiar mis pensamientos sin permiso, cotilla».

«No puedo evitarlo. Cuando te pones intensa me llegan como si tuvieras un altavoz».

«Procuraré tenerlo en cuent a », miento, porque en realidad prefiero seguir en mi mundo de unicornios y arcoíris.

—¡Shhh, Cece! —me chista Kiara, sacándome de mi ensoñación.

—¿Qué pasa?

—Tengo que contarte una cosa importante.

En las últimas ocasiones, «una cosa importante» ha sido desde contarme que tiene un perrito, pasando por asegurar que las moras son su fruta favorita, hasta informarme de que el verde es su color preferido y de que el uniforme debería ser de ese tono, porque, claro, estamos en un campamento en plena naturaleza y sería lo suyo.

Estoy a punto de responderle cuando, por el rabillo del ojo, capto un gesto de Devon.

No me cuesta descifrarlo: quiere que me espere después de clase. Asiento con disimulo.

—¿Hola? ¡Cece! —insiste Kiara al tiempo que suena la campana que marca el final de las clases de la mañana.

—Sí, sí, Kiara, tienes toda la razón. El verde es el color ideal, a lo mejor deberías proponerlo en la reunión de las noches de tu grupo o dejarlo por escrito en el buzón de sugerencias que hay colgado en la entrada del comedor.

Y hablando de él, ¡corre! Si llegas tarde a comer, te echarán la bronca.

La niña me mira raro, pero obedece sin replicar. En el mismo momento en que cierra la puerta al salir, acompañada por Theresa, unas manos me tapan los ojos.

—¡Venga, ya, Devon! Estamos solos. Sé que eres tú.

—Pero no sabes la sorpresa que tengo para ti —replica mientras me doy la vuelta para encararlo.

—Espero que no sea otra de esas pulseras de la amistad cutres que hacen las niñas. Ya estoy servida, gracias. —Alzo el brazo para que vea la que me regaló Kiara.

— ¡Guau! ¡Casi me deja ciego!

—Bueno, si hubiera muerto en ese bosque, podríais haber encontrado mi cadáver con facilidad. Brilla en la oscuridad, ¿sabes? Pero no tanto como para alumbrar el camino. Aunque bueno, siendo tú la mism ísima Muerte lo habrías tenido fácil para dar conmigo. Un momento, ¡ahora lo entiendo todo!

— ¡Tienes cada idea …! —me pregunta, rodeándome la cintura con una sonrisa traviesa pintada en la cara. Se inclina hacia mí y su nariz roza la mía—. ¿De dónde has salido ?

« Si tú supieras…» .

«Ahora no, Lia » , le contesto, intuyendo por dónde va.

« Ihiri ni, Lii » , se burla.

—¿Y bien? ¿Me vas a dar mi sorpresa o no? —exijo, preguntándome si será un regalito de aniversario.

«Por supuesto, porque es supernormal celebrar el segundo diarsario ».

«¡Chitón, pesada!».

Devon me sonríe travieso y me besa por sorpresa. El contacto de sus labios me oxigena el cerebro y me ayuda a enterrar el comportamiento pueril de mi pelma de turno bien al fondo.