Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 20 #3
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CAPÍTULO 20 #3

«¡¡¡L ia!!! ¡Dime que no estoy soñando!».

«No, princesa. Esto es real, aunque a mí también me cueste creerlo. ¡Lo has logrado! A tu manera, pero lo has logrado. ¡ Enhorabuena! ».

«¿En serio lo he conseguido?».

—Estaría muy bien que dijeras algo, porque mi dignidad está por los suelos en este momento, gracias —suplica, pero como yo sigo sin habla, se lleva las manos a la cabeza y continúa—: ¡Si es que soy un bocazas! Renata me lo ha dicho mil veces y…

—¡A mí también me gustas! —lo interrumpo—. Mogollón, un puñado, un mazo, un…

«Ya, Cece, ya. Creo que ha quedado claro. De molona a pardilla hay un paso».

Devon sigue nervioso, pero se ríe . Él no parece pensar que sea una pringada.

—¿Sabes lo especial que eres? ¡Única en tu especie! —me dice entre carcajadas.

—Espero que lo digas en el buen sentido.

— ¿Lo dudas? Vamos, chica de ciudad. —Me da un golpe suave con el hombro. Lo miro de reojo y me doy cuenta de que Devon está intentando que me sienta cómoda otra vez, que volvamos a ser nosotros dos, con nuestro tira y afloja habitual–. Te indicaré el camino hasta la siguiente pista.

Extiende la mano y me roza con los dedos. Es entonces cuando se fija en mi vendaje.

—¿Te duele mucho? La otra noche no tuve ocasión de preguntarte.

—No, ya solo es una ligera molestia, mañana tengo revisión —susurro. Puede que Lia sea la única voz de mi cabeza, pero ahora mismo hay un eco dentro de ella que no para de repetir: «¡Devon te ha besado! ¡Devon te ha besado! » —. Espero poder retomar mi rutina habitual.

—Lo siento mucho —murmura.

—¿Por qué te disculpas? No fue cosa tuya. En realidad, hubiera sido peor si no hubieras intervenido.

—No me disculpo por eso, sino por todo lo demás.

Quería ir a ver cómo estabas, pero no sabía si era apropiado y…

bueno, estaba muy confundido. Y luego vas tú y apareces por sorpresa delante del aula la noche siguiente…

Pensaba que vendrías a echarme la bronca y en su lugar me besaste.

Pero luego vi que estabas borracha, que no eras dueña de tus actos y me enfadé.

No sé si contigo por hacerlo, conmigo por permitirlo o con la situación…

—Sacude la cabeza—. Estaba sobrepasado y por eso… lo siento.

«¡Vaya! Es a sí es una confesión».

Devon, extrovertido de normal, mira ahora al suelo removiendo la zapatilla contra la tierra, nervioso otra vez.

—¿De qué tienes miedo? —me sorprendo preguntando.

—¿Miedo yo? Soy la Muerte en persona, ¿no me ves? —bromea.

—Hablo en serio.

—Está bien. Es solo que esto, lo nuestro —aclara, señalándonos a ambos— es complicado y, aun así, creo que ya no puedo, no quiero, dar marcha atrás.

Es entonces cuando recuerdo que él es solo un adolescente más, igual que yo.

Podrá llevar el uniforme de monitor, pero eso es todo cuanto nos distancia.

Si nos hubiéramos conocido en otro contexto, la cosa hubiera sido muy distinta.

Las reglas son las reglas. Pero el campamento pasará pronto y ya no habrá nada que nos impida estar juntos.

—Seremos discretos y cuando acabe el campamento, veremos a dónde nos lleva. El tiempo vuela, disfrutemos del que tenemos.

Devon me observa con duda, como si estuviera analizando una especie rara bajo el microscopio, pero acaba asintiendo.

—De acuerdo, pero por ahora volvamos al juego. Según mis cálculos, no me queda mucho para conectar mi motosierra de nuevo.

—¡Así que eras tú! —le recrimino.

—Pues claro, ese es mi papel.

—Claro, porque es muy lógico que la Muerte vaya por ahí con una motosierra en lugar de una guadaña —lo acuso.

La sonrisa que se le dibuja en la cara me confirma que ahora sí, hemos vuelto a ser nosotros otra vez.

—Digamos que he desempeñado varios papeles hoy.

La yincana no es igual para todas las edades y ya sabes que aquí estamos todos pluriempleados.

Además, no tengo diálogo en esta obra, solo tenía que poner en marcha el cacharro y vosotras, supuestamente, debíais escoger el camino contrario al sonido. ¿No has leído la pista?

—Sí, Kennedy nos la explicó, pero en el momento de la verdad todas huyeron despavoridas y me dejaron atrás. Y, por cierto, me rompieron la linterna en su huida.

—Déjame ver.

Volvemos al punto donde nos hemos encontrado antes de que me arrastrara detrás de las árboles y Devon recoge mi linterna del suelo para examinarla.

—Tan solo se han salido las pilas del sitio, ¿lo ves?

Sí, ahora lo veo. ¡Qué vergüenza! Menos mal que tengo el rostro semioculto en la oscuridad y Devon no puede ver que me he puesto roja como un tomate.

«Ya te dije que estabas siendo una drama queen , para variar».

—Listo, ya puedes seguir —dice, devolviéndome la linterna y apuntando con la suya unos metros por delante de nosotros—. Sigue el camino de la izquierda y llegar á s a la siguiente pista. Si te das prisa, alcanzar á s a tus amigas.

—De acuerdo. Me marcho, pero solo si me prometes que volveremos a vernos y que dejarás de marearme.

Devon se ríe y siento que de repente todo mi mundo vuelve a equilibrarse.

—Cuando menos te lo esperes. Palabra.