CAPÍTULO 20 #2
Llevamos como diez minutos andando cuando el rugido de una motosierra rompe la turbadora quietud.
Y como un grupo de pollos sin cabeza, todas huimos despavoridas.
Reconozco la voz de Kennedy gritando instrucciones, pero soy incapaz de entender lo que dice con ese horrible sonido de fondo típico de una película de terror.
Alguien me adelanta a la carrera, me golpea el hombro y me hace perder el equilibrio. Consigo no caerme, pero la linterna, que sujetaba con manos torpes por culpa de la lesión, sale volando y golpea el suelo, ahogando la única luz que me servía de referencia.
—¡Mierda! —Me agacho para recoger el aparato, que ya no funciona, y se me apoderan los mil demonios.
«¡Lo que faltaba!» , gruño. «¡Lia! Ilumíname, por favor».
«Ja , ja».
«No es sarcasmo. Hablo en serio, ¿qué hacemos? Estamos solas y a oscuras, ni siquiera veo el sendero principal ni mucho menos la supuesta bifurcación y, aunque la encontrara, el rugido ha cesado. No sé hacia dónde ir ».
«Busca un punto de luz».
«¿Cómo voy a…?».
Entonces me acuerdo de la pulsera de la amistad de Kiara. Levanto el brazo a la altura de los ojos. Es verdad que brilla en la oscuridad, pero no lo suficiente como para guiarme. Bueno, si me pasa algo, seguro que sirve para que encuentren mi cadáver, como me advirtió.
« Haznos un favor a ambas y mira hacia arriba, drama queen » , me indica Lia.
Sin saber muy bien a qué se refiere, estiro el cuello y miro hacia arriba.
«¡Eso es, Lia!» .
En alguna de las cincuenta recomendaciones que me dio Devon de camino al río sobre cómo sobrevivir en la naturaleza, mencionó usar la luna como referencia, y no solo por su luz, sino por su posición.
Lo malo es que recuerdo que era complicado, porque el ángulo varía por diferentes fenómenos, entre ellos las fases lunares.
¿Está en cuarto menguante o creciente? En uno de ellos se encontraba en el norte al atardecer y en el este a medianoche; en otro estaba en el sur a medianoche.
¿O eso era en luna llena? ¡Menudo lío! Y, de todas formas, ¡ni siquiera sé en qué dirección está el campamento!
Minnie llevaba la brújula, y Violet y Kennedy son las expertas en supervivencia (lo que me recuerda, por cierto, por qué pertenezco al grupo de Paul).
«¡Mierda, mierda, mierda!».
Me muevo a tientas, cada vez más nerviosa, hasta que, de repente, noto una presencia en la espalda y una mano me tapa la boca.
Ahogo un grito e intento girarme. El haz de una linterna me deslumbra, pero consigo distinguir a un desconocido encapuchado que me arrastra hacia los árboles.
El corazón se me para y me cuesta respirar; he visto demasiadas películas de terror en los últimos años como para no saber lo que viene después.
No muevo ni un músculo hasta que nos detenemos detrás de un árbol, y solo entonces me doy cuenta de que, en realidad, la mano de mi secuestrador apenas ejerce presión.
Y todos los miedos se disipan al ver cómo por fin se aparta, se retira la capucha… y se ríe de mí.
—¡Devon! ¡Yo te mato! —exclamo, reconociéndolo e intentando respirar con normalidad.
A pesar de que el skater boy va disfrazado de algo parecido a la Parca (con una túnica negra que hasta hace un momento le cubría la cabeza y la cara pintada de blanco como un esqueleto), no me ha costado nada reconocerlo.
—Tendrías que haberte visto la cara, ¡ ha sido buenísimo! ¿Quién esperabas que fuera? ¿Jason Voorhees de Viernes 13 , Ghostface de Scream o quizá el tipo del garfio de Sé lo que hicisteis el último verano ?
— ¡ Has visto demasiadas películas! Simplemente me has pillado desprevenida porque estaba intentando orientarme con la luna y no te he visto venir porque se me ha roto la linterna. Eso es todo.
No pienso admitir que hace unos segundos todos esos nombres se me han pasado por la cabeza.
—¡Prestaste atención! Escuchaste mi consejo —se asombra.
—Sí, bueno, no te emociones. No he conseguido recordar cómo funcionaba todo eso de las fases y los puntos cardinales —reconozco.
—Entonces estás de suerte. Te ayudaré a salir de aquí, pero antes… —Devon ladea la cabeza y varios mechones le caen sobre los ojos y el corazón se me acelera; esta vez por algo muy diferente al miedo—, creo que tú y yo tenemos una conversación pendiente.
—¿Y este sí es el momento indicado? ¿En medio de una yincana nocturna de terror y perdidos en el bosque?
— ¡ Claro! Tenemos tiempo de sobra hasta que llegue el siguiente grupo. —Mira hacia atrás—. Sale uno nuevo cada diez minutos y les costará lo mismo llegar hasta aquí. Además, no es por ofender, pero la única perdida aquí pareces ser tú.
—¿Estás seguro de lo que dices? Incluso yendo borracha pude detectar tus contradicciones el viernes —digo, intentando escapar de esta encerrona.
Devon enarca una ceja y me arrepiento de haber sacado el tema—.
Vale, reconozco que bebí un poco, pero no lo suficiente como para olvidarlo.
Aunque mira, Devon, no sé de qué palo vas.
Yo metí la pata sí, pero ¿y tú? Me ignoras durante días y ahora…
—Oye, que fuiste tú la que se abalanzó sobre mi boca.
—Y tú me devolviste el beso. No puedes negarlo. Estoy empezando a cansarme de tus jueguecitos —respiro hondo y me atrevo a decir lo que llevo pensando desde hace mucho tiempo—. ¡Decídete de una vez, tío!
Devon frunce los labios. Siempre tiene esa expresión cuando hablamos, como si no acabara de comprenderme. ¡Sorpresa, yo tampoco lo hago!
«¿Amenazarlo era tu brillante plan?», pregunta Lia.
La ignoro. Puede que esto se esté yendo un poco de madre otra vez, pero no puedo remediarlo.
— ¿Decidirme? —Devon me sigue mirando, pero ahora parece que sonríe un poco—. Como quieras, Cece.
El beso llega tan rápido que me cuesta actuar.
Al principio, me acaricia los labios y respira suavemente sobre mí.
Por fin reacciono y le rozo la mejilla con los dedos.
Parece ser la señal que él estaba esperando, porque en apenas unos segundos su lengua se abre paso en mi boca.
Lo que ha empezado con un beso casto se transforma poco a poco en algo más salvaje, como si Devon estuviera tan metido en su papel de criatura siniestra como Trisha.
Solo que a él no le hace falta absorberme el alma, porque ahora mismo se la regalaría de buen grado.
De hecho, puede que le esté entregando más que eso: todo lo que llevo dentro, todas mis preocupaciones y dudas, todo lo que me queda por decirle.
Ni siquiera tengo miedo de salir chamuscada, a pesar de sentir que sus manos arden contra la piel de mi espalda.
No sé si han pasado apenas unos segundos o unas horas cuando Devon se aparta y me da un último beso en la comisura de mis labios.
Esta vez, sin embargo, no parece asqueado como en el porche, sino que solo busca recuperar el aliento.
La pintura se le ha corrido en varias zonas de la cara y tiene los labios hinchados.
No deja de mirarme a los ojos; los suyos brillan indómitos bajo la luz de la luna en fase desconocida.
Aunque… ¿a quién le importa la luna en un momento como este?
—¿Y bien? ¿Lo tienes un poquito más claro ahora? —pregunta, todavía sin respiración.
—No… no mucho, la v… verdad —respondo, envuelta en una especie de neblina mental que no acaba de disiparse.
—¿Por qué es siempre todo tan complicado contigo, Cece?
—Me lo dices a menudo, pero es que yo siento lo mismo cuando estoy a tu lado, ¿sabes?
Lo miro, todavía con el sabor de su boca en mis labios. Todavía con el corazón agitado.
—¡Joder! ¡Eres de lo que no hay, de verdad!
¿Qué tengo que hacer para que lo pilles?
— Mira por encima del hombro y baja la voz cuando se inclina hacia mí y dice—: Me molas, ¿vale?
Llevo colgado por ti desde el día en que apareciste detrás de aquella pila de maletas —lo suelta rápido, con las manos cerradas en un par de puños—. Ya está. Ya lo he dicho.
Apenas parpadeo.