Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 19 #3
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CAPÍTULO 19 #3

—Mmm, interesante —murmura la mujer sin darme tiempo a intentar escabullirme otra vez—. Nunca había visto un futuro tan incierto, muchacha. Las posibilidades son tan variadas que me cuesta creerlo. Se supone que todo está escrito. Sin duda, eres una chica muy especial.

—¡Qué va! Se equivoca. Soy una chica del montón, de hecho ¡no puedo ser más corriente! No es como si fuera un alíen o algo así, ¿eh? —Intento reírme, pero en su lugar me sale un sonido nervioso que parece el chillido de un animal asustado.

Visualizo a Lia dándose una palmada en la frente. Al menos la bruja parece tan concentrada en los posos que no me ha prestado atención.

—Solo puedo recomendarte una cosa, mi niña —concluye al cabo de un rato—. Parte del proceso de maduración consiste en dejar ir, en aceptar que hay personas que son parte de tu historia, pero que no tienen por qué formar parte de tu futuro.

«¿Ha dicho lo que creo que ha dicho?».

—Será mejor que me marche —digo en voz baja—. Espero ver a Renata muy pronto.

Por fin consigo salir. Con el corazón golpeándome con violencia el pecho, cruzo Beakend, salgo por el camino de tierra que señala White Yarrow y no me detengo hasta llegar a la primera cabaña.

Me he olvidado de Devon, de la tienda de dulces y de cualquier cosa que me preocupara antes de encontrarme con esa mujer.

Cuando por fin alcanzo nuestra cabaña, el sol ha iniciado su descenso y allí, en el juego de luces y sombras que se reflejan sobre la madera del porche de entrada, me topo con Minnie, que parece que me estuviera esperando.

— ¿Podemos hablar? —me pregunta.

Me encojo de hombros. No tengo cuerpo para charlas ahora mismo, pero me recuerdo que hace apenas unas horas estaba dispuesta a comprar su perdón con una bolsa de golosinas. Así que cedo y me siento en el que ya he bautizado como nuestro banco.

—Tú dirás… —digo con la mirada clavada en el suelo.

La luz solar automática de la entrada escoge ese momento para encenderse y por el rabillo del ojo veo cómo Minnie escudriña mi expresión.

—¡Vaya, Cece! Estás muy pálida, parece que hayas visto un fantasma. ¿Estás bien?

«No le falta razón…».

—Sí, por supuesto. Ningún problema en el horizonte. Todo marcha como la seda.

—Ah bueno, genial, me alegro por ti entonces.

Minnie gira la cabeza y aprieta los puños.

«¡Mierda! Creo que me ha malinterpretado ».

—Escucha, Minnie, yo… lo siento —digo con voz suave—. No debí gritarte. Parece que últimamente solo discutimos, pero es que todo esto de la lesión me está superando.

Supongo que Minnie siente mi sinceridad, porque parece ablandarse un poco.

—¿Te duele mucho?

—Bueno, ya no tanto, pero me ha jodido el final de la semana y, además, el viernes pasó una cosa que… bueno, acab ó por empeorarlo todo.

—Entiendo, ¿quieres hablar de ello? —pregunta.

La miro a los ojos y casi se me saltan las lágrimas al ver su expresión dulce.

La he echado muchísimo de menos. Por fin, me desahogo con ella.

Le cuento lo que vi en el picadero y lo que ocurrió en la fiesta y después de ella, aunque omito la parte en la que he ido al pueblo y la predicción de la bruja.

Minnie suspira.

—¿Por qué todo nos lleva siempre a Devon? —pregunta.

No quiero mentirle, pero tampoco puedo contarle toda la verdad, así que me callo.

—De acuerdo —continúa rompiendo el silencio—.

No voy a sermonearte si eso es lo que pensabas.

Si me lo hubieras dicho cuando ocurrió en lugar de regodearte en el dolor, a lo mejor podría haberte ayudado.

En fin, no sé mucho de chicos, pero creo que Devon y tú tenéis una conversación pendiente.

He visto suficientes películas románticas para identificar el cliché de falta de comunicación.

—Ya, supongo que tienes razón —suspiro—. En fin, ya me las apañaré. Siempre lo hago, ¿no?

No sé si lo digo para convencer a Minnie o a mí misma.

—Claro, ¡ tú puedes! Pero hagamos un trato: se acabaron los enfados estúpidos por un tío. No dejamos de criticar a Violet y compañía, pero tú y yo no somos mejores. Lo cual me recuerda que quizá también podrías plantearte una tregua con nuestras compañeras de cabaña.

—¿Una tregua?

—Hasta yo me he dado cuenta de que en los últimos días están mucho más receptivas, sobre todo Kennedy —insiste—. Quizá ellas también merezcan una segunda oportunidad.

—Eres demasiado buena, ¿lo sab ía s?

—Sí, me lo dicen a menudo. Mis hermanos dicen que de tan buena soy tonta.

—No eres tonta; eres una buena amiga, Minnie. Gracias por… ya sabes, por todo. Por aguantarme y esas cosas. Puede que mis hormonas estén un poquito descontroladas.

Minnie se ríe.

—¡Mi madre me dice eso todo el tiempo! Pero bueno, solo se tienen dieciséis una vez.

«O dos…».

—¡Ey, chicas! ¡Espabilad! Es hora de cenar y después se viene una hoguera muy interesante —nos interrumpe Kennedy, seguida por Violet, que sale tras ella de nuestra cabaña.

—Sí, ¡va a ser de miedo! —añade la morena con una expresión que no sé cómo interpretar pero que no me gusta nada.

—¡Vamos, Cece! —me anima Minnie, rodeándome un hombro con el brazo—. Si hay hoguera, habrá nubes, y eso no me lo pienso perder.

Sonrío. Sí. Definitivamente Minnie está de vuelta.