Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 19 #2
55%

CAPÍTULO 19 #2

El pueblo parece bastante animado cuando llego y, a pesar de que se nota la ausencia de la mayoría de las chicas de mi edad (está claro que la fiestecilla ha causado estragos), hay varias de otros grupos deambulando por las calles: paseando, charlando, comprando helados o simplemente disfrutando de un ratito en compañía.

Por un momento, un sentimiento de soledad ahonda en mí.

En estas casi dos semanas había conseguido hacer un grupito de amigas (o algo parecido) por primera vez en mi vida, pero al final resulta que he acabado como al principio: más sola que la una.

«Hombre, muchas gracias por lo que me toca», dice Lia con retintín.

«Sabes que te quiero, Lia, y que me gusta tu compañía. Solo que…».

Un segundo. Acabo de caer en algo por primera vez en estos casi quince días, ¿Lia me escucha incluso cuando no me estoy dirigiendo a ella?

« Mmm, la mayoría del tiempo. Aunque la verdad es que no siempre», reconoce mi voz interior.

Bueno, está bien saber que me queda algo de intimidad.

—¡Hola, Cece! —Una vocecita alegre me saca de mis pensamientos.

—¡Kiara! ¿Qué tal? Nunca te había visto por el pueblo.

—Eso es porque todavía no había venido este año, tontita. —La niña se parte de risa, pero mi ceño fruncido la obliga a explicarse—. Podemos venir al pueblo durante nuestro tiempo libre siempre que nos acompañe nuestra Hermana Mayor. ¿Lo ves?

Kiara señala a Danielle, su Hermana Mayor, que hace cola junto a otro par de niñas frente al camión de helados que hay aparcado hoy en la plaza.

Al menos, un misterio sí he podido resolver : las pequeñas sí tienen permiso para venir al pueblo.

Me gustaría poder contárselo a Minnie, que lo puso en duda el día que vinimos al pueblo por primera vez en busca de inspiración para nuestro club.

Parece que hayan pasado siglos desde entonces. Lo que me recuerda…

—¡Genial, Kiara! Pues disfruta. Yo… me tengo que ir.

—Vale, ¡nos vemos en clase de guitarra!

Suspiro.

«Eso espero», pienso mirándome la muñeca, todavía vendada.

La presencia de Kiara y la conversación que tuve con Minnie al respecto me han hecho recordar la tienda de golosinas.

Miro mi reloj de pulsera y decido que podría pasarme por allí y comprarle una bolsita de chucherías a Minnie como ofrenda de paz.

Si me doy prisa, luego todavía tendré tiempo de buscar a Devon y, con suerte, matar dos pájaros de un tiro.

Vago un rato por las calles empedradas de Beakend buscando el camino, pero, por alguna razón, no consigo recordar con exactitud dónde se encontraba la dichosa tienda. Me suena haberla visitado en mi otro futuro, cuando regresé en busca de mi bruja, pero es como si no consiguiera orientarme.

«¿Cómo puede ser? ¡ Beakend es diminuto!», me lamento.

Y justo en ese momento me topo con la entrada al callejón oscuro que le dio mal rollo a Minnie la última vez. Solo que ahora ella no está y un impulso me anima a entrar en él; de alguna manera sé que ese es el camino correcto, aunque no lo recuerde.

Atravieso las sombras y siento que la temperatura desciende un par de grados, llevándose mi sofoco.

Debería agradecerlo, pues el sol se está tomando muy en serio su trabajo en este día de verano, pero la escena parece sacada de una película de fantasía oscura.

Además, rodeada por esas paredes de piedra, empiezo a sentirme más agobiada que aliviada y, a pesar de ello, mis pies no se detienen hasta que el camino se ensancha hacia una bocacalle donde me topo con un destartalado edificio que hace que se me olvide respirar.

Levanto la vista hacia la fachada de piedra envejecida que, igual que la de la biblioteca, muestra un aspecto deplorable.

La diferencia está en que aquí parecen haber hecho un esfuerzo por remodelarla un poco.

Y digo un poco porque la descascarillada pintura de un extraño color morado me hace pensar que fue hace mucho.

De hecho, el cartel de hierro forjado en forma de tetera que prende de un cable en un ángulo irregular parece del siglo pasado.

Está tan inclinado que prácticamente tapa el r ó tulo del establecimiento, el cual, a pesar de todo, puedo leer sin problemas porque me lo sé de memoria:

« Hostal y salón de té Embrujada » .

Muy apropiado.

Eso sí que lo recuerdo. Pertenece a la familia de Renata y he estado aquí, o estaré, un montón de veces. No es la tienda de golosinas, tampoco espero encontrar a Devon ahí dentro, pero, guiada por algún tipo de estímulo, abro la puerta y unas campanillas tintinean sobre mi cabeza.

Una mezcla de olor a incienso y hierbas me abruma y una maraña de pelo negrísimo asoma por la puerta abierta justo detrás de la recepción. Reconozco el rostro de la señora Martínez, aunque con muchas menos marcas de edad de las que recordaba. Es la madre de Renata.

—Buenos días, chicas. ¿Puedo ayudaros en algo? —se ofrece con su marcado acento latino que Renata no ha heredado, al tiempo que se limpia las manos en el delantal que cubre su largo y asimétrico vestido.

Miro por encima del hombro, pero allí no hay nadie más que yo. Trago saliva.

«¿Qué habrá querido decir con “chicas”? ».

—Mmm, ¡hola! Soy Cece Ross, soy amiga de Renata, me preguntaba si le daría permiso para salir un rato a dar una vuelta.

De repente, siento la necesidad de ver a mi amiga.

No sé si será por el agobiante aroma que empieza a marearme o por los nervios que se me instalan en la barriga cuando la mujer me observa con detenimiento, como si estuviéramos en un aula de ciencias y yo fuera la rana a punto de ser diseccionada.

Sea como sea, un escalofrío me recorre la espalda.

—He enviado a mi hija a un recado, no creo que tarde en venir. ¿Te apetece un té mientras esperamos? Invita la casa —me propone.

No tengo opción a rechazarla porque la mujer ya ha desaparecido en la pequeña cocinita detrás de la recepción.

Mientras la oigo trastear con tazas y poner una tetera al fuego, pienso seriamente en irme por dónde he venido.

Este lugar se me antoja más siniestro de lo que recordaba.

Incluso la señora Martínez me resulta bastante más inquietante de lo que me pareció en el otro futuro, donde la consideraba una mujer tan amable, cercana y atenta como su hija.

—Sigues aquí —confirma, reapareciendo con dos tazas humeantes.

«¿Cómo ha sido tan rápida?».

Las deposita sobre una de las mesitas redondas, adornadas con cubremanteles de ganchillo sobre telas de colores, dispuestas a lo ancho del pequeño comedor que se fusiona con la recepción y, a continuación, me invita a sentarme frente a ella.

El silencio nos envuelve durante unos segundos y aprovecho para tomar mi taza y soplar suavemente, intentando ocultar el temblor de mi mano mala.

—Perdona que no te haya ofrecido otra taza para tu amiguita.

Casi derramo el té del susto. Habla de…

«¿Mí?», completa Lia, con la intranquilidad reflejada en su tono de voz.

«No es posible. ¿Cómo podría ella…?».

Pero no acabo de formular la pregunta porque la respuesta me viene sola.

Es una bruja, una de verdad, no una aprendiz como Renata.

Espera… ¿Eso significa que podría delatarme?

¿Sabrá que no pertenezco a este tiempo? ¿Que su hija y yo hemos estado jugando con fuego?

Bebo el té a toda prisa y me quemo la lengua, pero ni siquiera me quejo. Necesito salir pitando de aquí.

—¿Sabe qué? Creo que no puedo esperar más. —Hago amago de levantarme—. Tengo muchos deberes pendientes y se me hace tarde. ¡Las adolescentes tenemos toque de queda! Salude a su hija de mi parte y dígale que nos veremos en otro momento. Gracias por el té.

La madre de Renata me agarra del brazo. Su mano huesuda se clava en la mía y me muerdo el labio para no gritar de dolor. Por suerte, no tarda en soltarme.

—Espera un segundo, ahora viene lo más interesante —asegura, haciéndose con mi taza vacía mientras me froto la muñeca adolorida—. Vamos a ver qué nos dicen esos posos. Solo será un minutillo. ¿No tienes curiosidad por saber qué te deparará el futuro, jovencita?

« Quizá deberíamos escucharla. Necesitamos saber si vamos por el buen camino», sugiere Lia.

«Ni hablar . Me niego. ¿Y si nos descubre? ¡ Estaríamos perdidas! ».