CAPÍTULO 18 #3
—Hemos tenido reunión de monitores hasta tarde y me he quedado componiendo aquí, en el aula de música. Suelo hacerlo a veces. Pero bueno, me estás liando… ¿qué haces tú aquí a estas horas? ¿Y el toque de queda?
Hago un gesto vago con la mano y, consciente de que las piernas no me aguantarán de pie por mucho tiempo, me dejo caer sobre la tierra, húmeda por el rocío nocturno.
—¡Ey! ¿Estás bien? —pregunta, y suena preocupado. Pero eso es imposible. Seguro que está actuando. Debe de ser tan buen actor como cantante. Desde luego, pega mucho con Violet.
—Solo un poquito mareada —admito inconscientemente—. Quizá esté incubando algo —me apresuro a añadir.
Devon recorta la escasa distancia que nos separa y se sienta a mi lado en el suelo. Muy cerca. Demasiado. Tanto que observo hipnotizada cómo los labios se le abren y se le cierran al mascar chicle. Me coloca una mano en la frente y consigue que se me ponga la piel de gallina.
—No estás caliente, no creo que tengas fiebre.
A la luz de la luna, el verde de sus ojos me recuerda al musgo, en lugar de a la menta que ahora siento en su aliento, mezclada con el olor de la brisa veraniega nocturna; una especie de aroma fresco y terroso.
Huele a pino, a tierra húmeda, a flores silvestres…
Nuestros rostros están tan cerca ahora que todos los sentidos se me ponen en alerta y, sin pensarlo mucho, lo beso.
Devon no lo ve venir, pero me devuelve el beso.
Entrecierro los ojos mientras sus labios acarician los míos.
El alcohol me hace pensar que es lógico que parezca que estamos bailando una melodía el uno sobre el otro.
Al fin y al cabo, se trata de Devon: el chico de la música, ¿no?
Así que bailamos en sincronía; boca y boca encajando como lo haría una partitura perfecta. Sí, todo es perfecto…
Devon se aparta bruscamente y empiece a toser como un loco.
—¡Mierda! ¡Me he tragado el puto chicle!
No puedo evitar reírme a carcajadas. Cualquiera diría que la magia del momento se ha roto, pero no para mí. Me gusta pensar que estas cosas solo pueden sucedernos a nosotros dos. ¡Toma esa, Violet!
Pero la sonrisa se me corta cuando veo que Devon no se está riendo, sino que me mira muy serio de repente. Toma una gran bocanada de aire para asegurarse de que no se está ahogando y dice en voz baja:
—Estás borracha.
— ¡¿ Qué dices?! —exclamo, recuperando la cordura.
—Lo he sentido: el sabor, el olor… ¡Apestas a alcohol! —dice, levantándose de golpe.
Yo haría lo mismo, pero no sé si mi sentido del equilibrio estaría de acuerdo, así que me quedo donde estoy, tirada en el suelo, observando c ó mo la sombra de Devon se cierne sobre mí, tan acusadora como sus palabras.
Pero he tenido unos días de mierda y en parte ha sido por su culpa, así que no va a conseguir acobardarme.
—¿Es que te doy asco?
Se queda mirándome con la boca abierta de par en par.
—Mira, será mejor que nos veamos en otro momento —dice al fin, apartando la mirada, con el rostro semi oculto en la oscuridad.
— ¡Tu frase estrella! Será mejor que te vayas, será mejor que te des prisa…
—Será mejor que lo dejemos estar —completa, y no sé si lo hace aposta para picarme o le sale natural.
—¿En serio, Devon? ¿Qué será lo siguiente? ¿ Me delatar á s?
La calidez que hasta hace un momento sentía en el cuerpo se convierte en hielo al darme cuenta de la cantidad de normas que he roto esta noche. No hablo solo de las del campamento, sino de los límites personales que es muy posible que haya rebasado también.
—Mira… Me estás poniendo en un aprieto, Cece. ¡Joder! ¿Por qué me lo pones todo siempre tan difícil?
—¿Cuál es el problema? ¡Porque yo no veo ninguno! —lloriqueo. De perdidos al río, nunca mejor dicho—. Me gustas, y parece que yo te gusto. Creo que ha quedado claro hace un segundo —me quedo callada y como él no dice nada más, añado—: Es por Violet, ¿verdad?
—¿Quién?
—Violet, mi compañera de cabaña, ya sabes, la morena explosiva. Os vi en el picadero, ¡ deja de fingir! Lo sé todo.
—Pero ¿ qué coño estás diciendo? Mira, no voy a discutir contigo, ni aquí ni ahora; no estás en tu sano juicio.
—Estoy superdespejada ahora mismo, créeme.
—Cece, no sé qué películas te estás montando, pero se acabó. —Señala el camino con el brazo—. Este no es un buen momento para hablar. ¡Vete a tu cabaña, que es donde deberías estar!
—¿Ahora has decidido hablarme como mi monitor? ¡ Decídete, Devon! ¡ Me vas a acabar volviendo loca!
—Te hablo como alguien que se preocupa por ti. Y fin de la conversación. Vete antes de que cambie de opinión y vaya a buscar a algún supervisor.
Quiero replicarle, pero todo es tan contradictorio que no sé qué hacer, así que opto por regresar a mi cabaña, ahogándome en lágrimas.
«¡Putas hormonas adolescentes! ¡Están todo s locos!», me indigno.
«Cuéntaselo a la almohada, princesa. Si el chico tiene razón en algo es que ahora mismo no estás en tus cabales» , me contesta Lia.
«¡Qu e os den! ¡Que os den a todos!».
«Sí, definitivamente las hormonas están más presentes que nunca ».