CAPÍTULO 18 #2
«¡¡¡ Síii!!!», grito eufórica en mi interior, pero se me pasa rápido al darme cuenta de que es Savannah la que va a tener el honor de formular su pregunta a mi archienemiga, pues el culo de la botella la apunta a ella.
¡ Claro! ¿Có mo no he caído en ese detalle?
Debería haberme sentado estratégicamente enfrente de Violet; en mi posición jamás tendré la oportunidad de preguntarle nada.
—Un pajarito me ha dicho que estás dando clases de equitación, Violet —empieza a decir Savannah, y yo me pongo rígida—. Y con tu monitor de Supervivencia ni más ni menos, ¿has atacado ya?
Algo dentro de mí se hace pedacitos.
—Me temo que tienes que ser más específica, Savannah. No sé a quién te refieres… —contesta Violet, aunque los labios fruncidos y la posición de las cejas indican que sabe perfectamente a lo que se refiere la rubia.
—¡No te hagas la tonta, Vi! —la acusa Savannah—. Ese Devon está buenísimo, tú misma lo has admitido delante de todas nosotras. La cuestión es: ¿te has decidido ya? Porque si aún no lo has hecho, deja sitio para que el resto nos pongamos a la cola.
La morena se toma su tiempo para contestar y durante ese rato yo casi ni respiro.
¿Violet ha reconocido que le mola Devon?
Pero si me dej ó claro que era un pueblerino y…
¡Oh! Por supuesto, no sé de qué me sorprendo.
Es la estrategia que utilizó la otra vez.
Y la prueba es que yo sé lo que vi. Aun así, quizá exista la posibilidad de que Lia tenga razón, que esté equivocada y…
Violet, que hasta ahora parecía muy interesada en un hilito que asomaba por la costura de su vestido, alza la vista por fin y me mira.
A mí. Me clava esos ojos azules de normal tan claros como el agua cristalina y transformados ahora en esquirlas de hielo.
No puedo reprimir un escalofrío cuando despega los labios y…
se lleva el vaso de chupito a la boca. No deja ni una gota.
—¡Lo sabía! —exclama Savannah, poseída de repente—. ¡Qué zorra eres, tía!
Violet no parece afectada por el insulto. En lugar de replicarle, alza el vaso como si le dedicara el gesto y lo deposita vacío en el suelo frente a ella. El ruido que hace al golpear los tablones de madera se siente como si el vidrio se me clavara en el corazón.
A su alrededor, todas ríen como tontas, pero sus risas me llegan distorsionadas y sus rostros son solo un borrón en mi cabeza, donde ahora todo me da vueltas.
—Necesito ir un segundo al baño, ahora vuelvo —me excuso, aunque no sé si alguien me ha oído.
«¿Estás bien?», se interesa Lia. Parece preocupada de verdad.
«Me siento guay, me siento de puta madre, de hecho, estoy mejor que nunca», le contesto mientras una oleada de carcajadas descontroladas se abre paso desde mi interior, como contagiada por el resto.
—¿Quieres que te acompañe? —me pregunta Kennedy, que me ha alcanzado en la puerta, donde me sigo retorciendo en risas histéricas.
—Sé perfectamente dónde están los baños, gracias —le contesto, riendo aún más fuerte—. A estas alturas, no creerás que me voy a perder por el campamento, ¿no?
—Ya, pero es posible que no estés en las mejores condiciones —indica, bajando la voz a pesar de que ambas estamos ya en el exterior, lejos del resto de las chicas.
—Pero ¿qué dices? ¡Estoy de puta madre!
«Te repites…».
—¿Segura? —insiste Kennedy.
—¡Qué sí, pesada! ¡Pírate de una vez! ¡No te necesito!
—De acuerdo —se resigna. No parece enfadada, pero hasta ella ha decidido dejarme por imposible—. Pero no armes jaleo por ahí, no nos vayan a descubrir por tu culpa.
—Tranquila Ricitos de Oro, lo tengo controlado.
Kennedy pone los ojos en blanco, pero lo deja correr y vuelve al interior junto al resto.
«¿Has visto la cara que ha puesto, Lia? ¡Esto es superdivertido! » , exclamo en mi interior, intentando no reírme más en voz alta. « Ricitos de Oro, ¿lo pillas? Y Violet, Minnie y yo somos los tres osos. Es que me parto. ¿Por qué estaba yo enfadada y triste hace un rato? No lo entiendo».
«Lo sigues estando, solo que intentas anestesiar el dolor con el alcohol», me recrimina mi voz interior.
«¿Pero qué narices dices, Lia? Apenas he probado un poco».
«¡Apenas dice! Has bebido más de un chupito, por no hablar del mejunje ese que te han servido antes ».
«No voy borracha, si eso es lo que insinúas. Conozco mi límite».
«Creo que has olvidado cómo te afecta en este cuerpo escuchimizado de dieciséis años y poco acostumbrado al alcohol. Es probable que esta sea la primera vez que bebes».
«¿Y a quién le importa? ¿Al falso de D evon que ni siquiera ha venido a ver cómo estoy tras el accidente? ¡Ah, claro! ¡Porque estaba demasiado ocupado morreándose con Violet!».
«Cece…».
«No, no. ¿Le importará a Kennedy? ¡Si es más falsa que yo! ¿O a Renata? Que, en lugar de enfadarse, va de buenecita y nos hace quedar mal a las demás… ¡O quizá a Minnie! Si me sigue hablando, claro…».
«Eso es. Deja salir todo el dolor. Pero no bebas más, por favor».
No, ya no tengo ganas de seguir bebiendo, pero no es porque me lo haya pedido Lia, sino porque se me están revolviendo las entrañas. No sabría decir si es por todo el pesar que cargo encima, por mucho que me esfuerce en negarlo, o por el efecto del alcohol en sí.
Me aparto de la cabaña de las chicas y camino sin rumbo, haciendo eses, por el campamento desierto a estas horas de la noche.
Dejo que la luz de la luna guíe mis pasos y el silencio que lo envuelve todo consigue apaciguar un poco mi estado de ánimo.
Respiro hondo, como queriendo empaparme de esa sensación embriagadora que me anestesia los sentidos, pero el aire no me llega a los pulmones y la vista se me nubla de nuevo.
Apoyo la mano bruscamente en la primera cabaña que encuentro a mi alcance, temiendo caerme al suelo.
De repente, las estrellas del firmamento se han empecinado en dar vueltas sin control, así que me derrumbo sin poder evitarlo contra una de sus paredes exteriores, golpeándome el cuerpo contra la estructura de madera, que vibra a mi espalda.
Enseguida oigo pasos apresurados y, de repente, la puerta se abre de par en par.
—¿Cece?
El haz de luz que se cuela a través de la puerta abierta, proveniente del interior de la cabaña, dibuja la silueta recortada de un adolescente: ropa ancha, pelo descuidado… Ni siquiera en mi estado y con la escasa iluminación, tengo problema alguno en reconocerlo.
—¿Devon? ¿Qué haces aquí a estas horas? ¿No deberías estar en tu casa?