Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

He perdido el apetito, así que me meto un último tater tot a la boca (no hay quien se resista a esta especie de croquetas de patata cuya procedencia no me extrañaría que fuera divina) y me levanto dispuesta a ir en dirección contraria a la que ha tomado Minnie.

—Hay que devolver las bandejas, ¿lo sabías? —pregunta una vocecita familiar e inoportuna que me tira de la camiseta.

«¡Estupendo! Hasta una mocosa de nueve años me llama la atención. ¿Alguien más?».

—Lo sé, Kiara —asiento, armándome de paciencia—. Pero me resulta un poco complicado ahora mismo —añado, alzando la mano para que vea la venda.

Kiara abre su boquita de piñón tanto como puede.

—¿Es por eso que se ha suspendido la clase de guitarra hoy? ¿Te has hecho daño y el profe te estaba ayudando?

No va muy desencaminada. La escenita de Violet y Devon en el picadero regresa para atormentarme, pero lucho por alejarla.

—¿Así que no habéis tenido clase hoy? —pregunto, aferrándome a una última y estúpida esperanza, como si lo que he visto no hubiera sido más que una ilusión.

—Es lo que acabo de decir, ¿no me has oído? —pregunta Kiara. Y mi esperanza se hace añicos—. Trisha nos ha dicho que Devon no podía venir y nos ha dado la opción de unirnos a las de canto, aunque yo he pedido irme con las de percusión, pero no ha molado nada porque Caddy es una gruñona.

—Caddy, ¿la profesora de tenis?

Por un momento me he perdido.

—Sí, toca la batería también.

La verdad es que me la puedo imaginar aporreando una batería con la misma energía que grita órdenes a pie de pista.

«Así que tu chico no es el único pluriempleado por aquí», concluye Lia.

«¡ Para nada! No recordaba lo de Caddy, pero ya te dije que Mary Anne está en teatro, al igual que sé que el monitor de remo también lo es de natación, o que el de vela está en escalada junto a otra monitora que además entrena a las de fútbol y…».

« En resumidas cuentas », me interrumpe. «Que debes estar en posesión de tremendo currículo para entrar a trabajar aquí. Ahora entiendo por qué tu chico sufre tanto por evitar perder este empleo».

«¡Deja de llamarl o “mi chico”!».

—¿Crees que Devon volverá el lunes? —pregunta Kiara, como si me hubiera leído la mente—.

¿Vendrás tú? Si puedes venir y él no, ¿crees que pondrán un sustituto?

Porque no me veo cantando o dando saltitos con un maillot rosita, ¡ puaj!

—Se asquea pensando en el resto de opciones en la franja horaria de la clase de guitarra.

«¡Adoro a esta niña!», ríe Lia.

—El ballet no es tan malo —le aseguro.

Kiara me mira ceñuda y Lia permanece atenta, pero no le voy a dar la satisfacción que espera; no me arrepiento de mis nuevas decisiones a pesar de todo.

—Seguramente el lunes estaré bien —añado.

«O eso espero».

—¡Guay! ¡Buenas noches, Cece! —me desea la pequeña, añadiendo mi bandeja a la suya.

Estoy a punto de agradecerle el gesto cuando me percato de que ya se ha alejado de mí, dando saltitos de felicidad.

En este momento, la envidio. O al menos envidio su capacidad infantil para pasar de la preocupación a la indiferencia en cuestión de segundos; su inocencia para abstraerse de la realidad en lugar de coleccionar problemas que van llenando tu mochila.

Y entonces recuerdo que la mía está a rebosar hoy y que ya es hora de que le ponga remedio, aunque sea por métodos menos ortodoxos.

—Ten, te presto este colgante, te irá de perlas con el conjunto.

Todavía no sé cómo me he dejado aconsejar por mi archienemiga , pero estoy delante del espejo con Violet a mi lado, sonriendo y ofreciéndome algunos de sus accesorios.

Son las siete y media, la reunión nocturna por franjas de edad ha terminado y todavía nos queda un rato hasta el toque de queda de las nueve, que hoy nos vamos a saltar.

Violet y Kennedy también irán a la fiesta, c ó mo no, y estamos acabando de arreglarnos.

Ni idea de dónde está Minnie, pero procuro que no me afecte.

—Es… muy bonito —digo, tomando el colgante dorado con un pez enorme como abalorio que me tiende Violet—. Gracias…

Pesa más de lo que me imaginaba cuando me lo deslizo por el cuello y el cordón es tan largo que me llega prácticamente hasta el ombligo.

Allí destaca sobre la ligera camiseta de gasa fucsia, bajo la que se entrevé un top de tirantes ceñido de licra color aguamarina.

Complemento el look con una de mis minifaldas de cintura baja y el pelo recogido en una coleta alta de la cual dejo escapar, a propósito, dos mechones rubios en las mejillas.

—¿Quieres un poco de mi perfume? —me pregunta Violet mientras se pone sus enormes aros.

—No, gracias —me apresuro a añadir.

—Como quieras.

Violet se encoge de hombros y se recoloca el escote de su mini vestido ajustado, tan oscuro como el pelo que le cae tieso por la espalda, fruto del arduo trabajo de Kennedy con la plancha.

Después, saca el frasco de perfume y yo me aparto disimuladamente porque no quiero morir ahogada antes de mi primera fiesta ilegal.

¡ Agh! ¡Cómo la odio! A ella y a esa dichosa colonia. Pero, por el momento, disimulo que todo es purpurina y arcoíris y le sonrío aguantando la respiración. Ya llegará mi momento.

«¿ Qué estás tramando, Cece?», inquiere Lia.

«¿Yo? Nada, hoy solo quiero divertirme», contesto inocente.

En realidad, es una verdad a medias, pero no quiero que Lia me eché el sermón antes de tiempo.

Me ha sentado como el culo que Violet vaya a venir también.

¿Y de qué va intentando ser amable conmigo?

Se supone que esta fiesta debería servirme para desconectar de todo, especialmente de ella y de Devon, pero ¿a quién quiero engañar?

Era complicado que yo estuviera invitada y ella no.

Sin embargo, no es mentira que haya decidido divertirme aun así, y si puede ser a su costa mejor que mejor. La venganza se sirve fría.

Seguro que ya ha sonado la campana de buenas noches, pero Britney Spears cantando Overprotected la habrá ahogado.

Mientras la princesa del pop clama por los altavoces que necesita amor, disfrute y espacio para cometer sus propios errores y aprender quién es ella en realidad, la fiesta sigue en pleno apogeo y no tiene pinta de que vaya a detenerse pronto.

Paseo la mirada por el interior de la cabaña que Savannah y Olivia comparten con otras dos chicas cuyos nombres acabo de olvidar, y me sorprendo al comprobar que las luces de la bola de discoteca que una de ellas ha traído y que hace un rato me parecían tan molonas, ahora no paran de deslumbrarme.

Me cubro los ojos y retrocedo sin mirar atrás, con tal mala suerte que me choco contra una chica y aúllo de dolor al notar c ó mo algo duro y frío me golpea el brazo. Me va a salir un moratón, fijo.

—¡Eh, cuidado! —me advierte Olivia—. Esta botella debe durar todo el juego.

—¿El juego?

— Verdad o trago, por supuesto —me contesta como si fuera evidente y yo tonta—. No te irás a rajar…

«¿Un juego de beber? ¿No crees que ya has tomado suficiente?», me advierte Lia.

Enfrente de nosotras, las carcajadas de Violet, que parlotea con sus amigas, casi se comen la voz de Britney Spears, que ahora asegura que está harta de que la gente le diga lo que tiene que hacer y que no necesita que nadie, salvo ella misma, decida qué hacer con su destino.

Tiene razón. Yo también estoy harta de que me digan lo que tengo que hacer, especialmente Lia, o de que otros, como Violet, no dejen de entrometerse en mi futuro predestinado. Quizá este juego sea la oportunidad perfecta para humillarla de una vez por todas.

—¿Rajarme? —bufo—. ¡Por supuesto que no! ¿Por quién me has tomado? ¿Por Minnie?

«¡Cece! ¿ Te estás oyendo?», me regaña Lia.

Sé que eso ha sido muy cruel por mi parte, pero ahora mismo me importa bien poco, o al menos, finjo que no lo hace. Tengo otros asuntos más urgentes de los que ocuparme.

Olivia se ríe y me toma del brazo para acompañarme junto al resto de las chicas. Savannah, al vernos llegar con la botella, se levanta y se aleja para detener la música. Todas enmudecen de repente.

—¡Atención! —grita, aunque todos los ojos están ya puestos en ella—.

Son oficialmente las nueve en punto, así que, para no meternos en líos, se acabó el jaleo.

—Eso provoca murmullos reprobatorios en la estancia y Savannah se explica—: Eso no significa que sea el fin de la fiesta.

Ahora viene lo mejor: ¡ Verdad o trago !

La cabaña se llena de grititos histéricos y Savannah las manda callar a todas con un gesto severo.

—Las normas son claras —dice—: la botella girará y aquella a la que señale deberá contestar a una pregunta de la persona a la que apunte el lado contrario, el culo de la botella. Si no quiere responder, tendrá que beber un chupito. Fácil, ¿no?

—¿Puede ser cualquier tipo de pregunta? —intervengo.

—Por supuesto. Todo vale —me contesta con malicia pintada en la mirada al tiempo que se aparta el pelo de la cara cual diva de película. Creo que es la primera vez que se lo veo suelto.

Me froto las manos. ¡Es mi oportunidad!

—¿Hay alguien de tu instituto que te haga tilín? —me pregunta una de las compañeras de Rubia Uno y Rubia Dos.

Me quedo pensando. Juraría que justo antes de irme al campamento había llegado un chico nuevo al instituto, pero soy incapaz de recordarlo.

«¡Venga ya! ¿Cómo puedes haberte olvidado de él?», me reprende Lia, pero por mucho que me esfuerzo, no me viene nada a la cabeza, así que bebo.

Llevamos unas cuantas rondas de juego y he perdido la cuenta de cuántos chupitos me he tomado ya.

Estas chicas son crueles, no tienen piedad con sus preguntas, pero hasta ahora no he tenido la oportunidad de hacerle la mía a Violet.

De hecho, la botella no ha apuntado hacia ella ni una sola vez. Hasta en eso es afortunada.

—Te toca tirar, Cece —me indica Kennedy que, a pesar de haber bebido tanto como yo, se la ve serena.

Cruzo los dedos mientras la botella gira.

«Por favor, por favor…».

De repente se detiene y el cuello de esta apunta a Violet.