Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 17 #2
47%

CAPÍTULO 17 #2

Al final no ha llovido nada y mis compañeras han tenido una jornada de lo más normal mientras yo me he quedado encerrada en la cabaña toda la mañana.

Al menos, he aprovechado para adelantar algunos capítulos de la novela para esta quincena: El diario de la princesa , de Meg Cabot.

Las chicas la eligieron mientras yo jugaba a ser una skater girl con Devon porque el año pasado salió la película de Princesa por sorpresa, que arrasó en taquilla.

Estoy llegando al pasaje en el que Lana, la archienemiga de Mia, la protagonista, le tiende una trampa para que la prensa la pille en una situación delicada y, como si la hubiera invocado, la horma de mi zapato aparece apresuradamente en la cabaña.

Pego tal bote que no me golpeo la cabeza con la litera de milagro.

—¿Qué haces aquí, Violet? —pregunto. El reloj de la cabaña marca las 11:05. Se supone que debería estar en teatro.

—Ah, ¡hola, Cece! Vengo a cambiarme. ¡No te lo vas a creer!

Ha habido una baja inesperada y voy a dejar natación para ir a equitación.

La pedí como primera opción, pero el cupo estaba lleno y…

¡Oh, claro! ¡Qué tonta! —exclama, llevándose una mano a la frente en un gesto ensayado.

Sí que parece buena actriz—. ¡ Esa baja eres tú! ¿Cómo no había caído? ¡P obrecilla!

—Claro, porque no era obvio para nada —gruño sin poder evitarlo.

—¡Ay! No te importa, ¿verdad? ¡ Me hace mucha ilusión aprender a montar! Siempre he querido intentarlo, pero no he tenido ocasión. A mi madre le dan repelús los caballos y quizá esta sea mi única oportunidad. No pienso contárselo a ella, pero…

—¡Basta, Violet! ¡Lo pillo! —la interrumpo, molesta.

No sé si todo lo que me está contando es verdad, pero si lo es, me molesta que tengamos una realidad tan similar. Mi madre siempre ha querido que yo sea pintora como la abuela, pero yo prefería ser bailarina.

«¿Qué dices? ¿Estás segura de que no te golpeaste la cabeza al caer de ese caballo? ¿Desde cuándo tu madre quería eso? », interviene Lia. Pero no le presto atención porque la mención del caballo me ha hecho darme cuenta de una cosa.

—¿Y por qué has venido a cambiarte? Hoy es nuestra tarde libre, no hay equitación hasta el lunes y, además, son las once de la mañana, ¿no deberías estar en teatro?

—Sí, pero me ha venido a buscar Trisha para decirme que, debido a mis circunstancias, lo mejor será que empiece a practicar cuanto antes.

Ya sabes, jamás me he subido a un caballo y tendré que aprender los principios básicos antes de mi primera lección oficial —explica mientras se va cambiando de ropa—.

Me ha comentado que había alguien libre que podía ayudarme en este ratito antes de comer, así que me voy a saltar la última clase de hoy .

Total, ya me sé prácticamente mi papel, no me echaran de menos en el escenario —concluye cerrando el último de los cajones de su cómoda con el trasero—.

Bueno, ¡que te sea leve! Nos vemos en la comida.

Violet se marcha dando un portazo que me resuena en el pecho como si se lo hubiera propinado a la entrada a mi corazón.

«¿No creerás que…?», titubeo.

Lia se apresura en responderme:

«¡ Por supuesto que no! Devon estará en clase de guitarra ahora. Seguro que Violet ha quedado con Mary Anne».

Respiro más tranquila. Sí, es verdad, ahora toca guitarra, pero…

¡U n segundo! Mary Anne también debería estar en teatro a estas horas.

Es la encargada del vestuario y se ocupa de aquellas alumnas que no desean actuar, pero sí involucrarse.

Se le da muy bien tejer; el otro día nos contó que le gusta hacer mantitas para sus caballos en invierno.

De repente, la boca me sabe a metal, y no creo que esta vez sea por culpa de la medicación. Tengo un mal presentimiento. Y aunque sé que debería quedarme aquí leyendo el libro, me empiezo a cambiar a toda prisa.

«Cece, no creo que sea buena idea», me advierte Lia, intuyendo lo que estoy a punto de hacer.

Pero yo ya estoy saliendo de la cabaña. Y para cuando llego a los alrededores del picadero, Lia ya ha dejado de insistir.

Avanzo con sigilo, observando desde una distancia prudencial. Incluso desde allí, no tengo ningún problema en diferenciar a las dos únicas siluetas que se recortan bajo el sol abrasador del cercano mediodía.

Devon ayuda a Violet a subir a mi querido Spirey y camina a su lado, igual que hizo conmigo hace menos de veinticuatro horas, llevando las riendas mientras le da instrucciones.

En un momento determinado, Violet se balancea peligrosamente hacia un lado desde la silla de montar y Devon posa la mano en su espalda baja para equilibrarla.

Mi compañera se lleva la suya al pecho en uno de sus teatrales gestos y luego sonríe, coqueta, antes de agachar la cabeza para decirle algo a Devon al oído.

Como su espesa y larga cabellera negra cae en cascada y obstruye mi visión, imagino que lo está besando en ese mismo momento.

Los recuerdos de mi otro pasado acuden a mi mente en tropel y las lágrimas me nublan la vista.

« Suficiente » .

Ese día me salto la comida fingiendo estar dormida, lo que me da margen para evitar que mis compañeras me vean en este penoso estado de autocompasión en el que me he sumido tras presenciar la escenita.

Da igual lo que haga, no importa cuánto me esfuerce en eludir el destino, este siempre se retuerce en mi contra.

Ni siquiera Lia se atreve a reconfortarme.

Ver a Devon y a Violet así me ha recordado a algo desagradable; como si ya me hubiera sentido así también en el futuro: ellos dos juntos, yo sintiéndome invisible.

A ratos duermo, a ratos me contento con mirar al techo y, en algún momento, pierdo la noción del tiempo.

— ¡Levántate! Tenemos que ir al pueblo —ordena una voz airada, arrancándome la sábana de encima—. ¡ Minnie, abre las ventanas! Aquí hace un calor de mil demonios y huele a rayos. ¿Acaso te has duchado hoy, Cece?

—¿Kennedy? —Tengo los ojos tan hinchados a causa de las lágrimas que apenas puedo reconocerla, y la luz que de repente inunda toda la habitación tampoco ayuda.

—La misma —replica la rubia—. ¿Quién esperabas que fuera?

—Nadie, supongo —murmuro. « Desde luego no esperaba que fueras tú», pienso. Si esto es un sueño, es muy retorcido.

—Vale, lo pillo, te has hecho daño, ¿ y? ¡No es el fin del mundo, por Dios! ¿Sabes la de veces que me he lesionado yo? ¡No seas quejica y mueve el culo! Repito: nos esperan en el pueblo. Tenemos que ir al club de lectura.

— ¡¿ A ti qué te importa?!

De repente estoy muy despierta y solo puedo pensar en lo mal que trató a Renata la última vez que coincidimos con ella en el pueblo.

—¡Cece! ¿Qué te pasa? —interviene Minnie, que ha terminado de abrir todas las cortinas y ventanas y se ha reunido junto a Kennedy frente a mi cama.

La preocupación de Minnie es genuina, pero la ignoro y me enfrento a Kennedy, que no tiene la culpa de cómo me siento ahora mismo, pero resulta un blanco fácil.

— ¡Eres una persona horrible!

«Cece…», Lia lo intenta, pero su voz se extingue arrasada por mi llama interior.

— ¡¿ Perdona?! —exclama Kennedy.

— ¡Sabes perfectamente de lo que te hablo! ¿Cómo te atre viste a pasarte de esa manera con Renata el otro día? ¿Vas a tener los ovarios de venir hoy al club de lectura después de aquello?

Kennedy tiene la decencia de parecer avergonzada. Se mira los pies.

—Fue por Violet —se excusa—. No lo entiendes, es complicado. Y ya te lo expliqué: o eres del grupo o estás fuera de él.

—¿Y eso de ser fiel a una misma nunca te lo han enseñado? Porque te aseguro que es mucho más importante que las apariencias.

« Mmm…», murmura Lia.

Minnie nos mira a una y a otra alternativamente, como si estuviera asistiendo a una de las clases de tenis de Caddy.