CAPÍTULO 17
Tras hablar con los monitores jefe del campamento, Devon se lleva una bronca tremenda por su irresponsabilidad al sacarme del picadero. A pesar de ello, Felicity le quita hierro al asunto y lo felicita por su rápida intervención cuando ha ocurrido el percance.
—¡Mamá! Nos estás desautorizando —se queja Kevin que, a pesar de superar ampliamente la treintena, me acaba de recordar a un adolescente.
—No seas tan duro con Devon, Kev. De no ser por él, las consecuencias para Cece podrían haber sido catastróficas —contesta su madre.
—Aun así, quizá Cece estaría mejor si regresara a casa —interviene Trisha.
—¡No! —gritamos Devon y yo al mismo tiempo.
Los tres adultos se vuelven hacia nosotros, percatándose de que aún seguimos aqu í.
—Quiero decir —carraspea Devon—. Que creo que estaríamos dando un mensaje erróneo a nuestras campistas si les enseñamos que ante el primer obstáculo lo mejor es retirarse. Nuestras clases de supervivencia no tendrían ningún sentido entonces.
Felicity mira a Devon con algo parecido al orgullo, pero no me permito respirar tranquila pues, por el rabillo del ojo, veo como Kevin alza un dedo al aire y…
—Está decidido entonces. Cece se queda —sentencia la anciana—. Te tomarás unos días de descanso, los que aconseje el médico, aunque si la intuición no me falla, no será para tanto.
Kevin baja el brazo con resignación y se muerde el labio para no contradecir a su madre. Su hermana, por el contrario, asiente con una sonrisa enorme, acatando la orden.
Debería estar pletórica, pero algo en la expresión vacilante de Devon, que no deja escapar ninguna emoción, me hace dudar. ¿Lo habrá hecho solo porque yo se lo he pedido?
—Regresa a tus tareas, Devon. Yo acompañaré a la chica al consultorio —zanja la directora, y Devon desaparece sin ni siquiera dirigirme una última mirada.
El diagnóstico médico no es tan malo como esperaba y, sin embargo, conocerlo no me ayuda a sentirme mejor. Se trata de una torcedura, así que, tras ponerme hielo, recetarme una crema y darme un analgésico suave, el doctor me pone una venda elástica y me recomienda hacer reposo relativo.
—Puedes pasear, leer, escuchar música y cosas así, mientras no salgas del recinto —me indica Felicity.
—¿Podré ir al pueblo el fin de semana? —pregunto.
—Sí, estás en el club de lectura, ¿verdad? Esa no es una actividad de riesgo y es bueno que te dé el aire.
—Y también podrás ir a las clases de repaso de la escuela el sábado —añade el médico—.
Transcurridas veinticuatro horas, deberías empezar a hacer pequeños movimientos y no estaría mal que a las cuarenta y ocho, probaras a escribir suavemente.
La hinchazón debería haber bajado para el lunes, si no vuelve a consultarme.
Me dan ganas de rechinar los dientes, pero me trago toda la frustración. Después de todo, sigo aquí. Solo por eso debería estar celebrándolo. Entonces, ¿por qué mi humor sigue por los suelos?
Para cuando regreso a la cabaña con la intención de arreglarme un poco antes de cenar, los pensamientos intrusivos se han apoderado de mí: no me han mandado a casa, pero no poder asistir a las actividades rutinarias del campamento en lo que queda de semana me impedirá ver a Devon tanto como me gustaría.
«Devon», suspiro. Lo he notado raro en presencia de la directora y los monitores jefe, pero ni eso me hace olvidar que ha estado a punto de besarme cuando ha ocurrido el accidente. ¿O me lo habré imaginado?
—¡Cece! —exclama Minnie en cuanto me ve aparecer—. ¿Estás bien? ¡Me tenías preocupadísima! Estaba desensillando a mi caballo cuando ha llegado Devon y le ha contado a Mary Anne que…
Minnie se detiene cuando Violet irrumpe en la cabaña justo detrás de mí, con su bolsa de aseo bajo el brazo. Se fija de inmediato en mi muñeca.
—¡Oh, cielos! ¿Qué te ha pasado? —pregunta con un interés tan poco genuino que me hace preguntarme si los rumores de mi lesión se habrán propagado ya por todo el campamento.
—Solo ha sido un mal gesto —salgo al paso.
—Pues parece algo más que eso a juzgar por el vendaje —indica con malicia.
—Es un vendaje preventivo, y temporal —matizo—. El médico me ha dicho que el lunes podré retomar mi actividad habitual.
Supuestamente...
—¡Ay, querida! Ya veremos. A veces las lesiones musculares son muy puñeteras. Lo sé porque mi tío es fisioterapeuta y…
Los labios pegajosos cubiertos de gloss de Violet se abren y se cierran, pero no presto atención a sus palabras.
¿Por qué tiene que ser así? Es la Violet de mis recuerdos, aquella que se aprovechó de mi caída incluso antes de que yo desapareciera de plano; comiéndose a Devon con los ojos y qui é n sabe si con algo más.
Si hubiera sabido que aquello sería mi sentencia…
Es increíble. Apenas hace un minuto que Violet ha entrado en la estancia y su presencia ya lo inunda todo, al igual que su empalagoso perfume de vainilla.
Siento náuseas y no s é si es por su maldad, el olor que desprende, un efecto secundario de la medicación que me he tomado, el temor por lo que puede ocurrir a continuación si ella mueve ficha o todo a la vez.
Incapaz de soportarlo más, la dejo con la palabra en la boca y salgo al exterior de nuevo.
La brisa del atardecer me ayuda a oxigenar los pulmones.
Me siento en el banco del porche y observo c ó mo el sol se hunde en el horizonte.
Hoy el atardecer no es tan espectacular como otros días por culpa de las nubes que han empezado a formarse en el cielo y que casan muy bien con mi estado de ánimo.
—Estarás bien, ya lo verás —asegura Minnie mientras se desliza con sigilo en el banco. Estaba tan centrada en mi propia lástima que apenas la he oído salir tras de mí.
—¿No estabas enfadada conmigo? —pregunto.
Es curioso cómo se autodestruye el ser humano en las ocasiones en las que se siente más miserable.
Como cuando te sientes deprimido y, por alguna razón extraña, piensas que la mejor idea para lidiar con ello es ponerte a escuchar la canción más triste de la historia mientras te deshaces en lágrimas.
No va a ayudar, pero en eso momento solo te apetece regocijarte, recibir un merecido castigo.
Al preguntarle eso a Minnie, estoy haciendo justo lo mismo.
Ahora es cuando Lia tendría que llamarme drama queen para obligarme a reaccionar, pero acabo de caer que hace horas que no sé de ella.
—Eso depende —contesta Minnie ajena a mi debate interno—. Si Devon es el causante de tu estado emocional, aparte de tu lesión, sí, sigo enfadada.
Quiero sonreír a pesar de todo, pero acabo esbozando una mueca extraña.
—En realidad, él me ha librado de una buena caída —le cuento lo que ha pasado con detalles—. De no ser por su intervención, habría sido mucho peor.
—De acuerdo, le concederé una tregua entonces. Pero no voy a quitarle el ojo de encima —afirma, gui ñándome el suyo.
—¿Lo harás? —pregunto, sintiendo c ó mo una agradable sensación de esperanza se me abre paso por el pecho.
Solo que al instante caigo en la cuenta de que no estamos pensando en lo mismo.
Minnie nunca podría pararle los pies a Violet si esta se propone ir detrás de Devon.
En realidad, ni siquiera puedo advertirle sobre los intereses amorosos de ella. Quedaría… raro—. Quiero decir… gracias.
Minnie me da un golpecito suave en el costado.
—¿Vamos a cenar? —propone—. Esta noche hay brownies de postre.
Y ahora sí sonrío de medio lado, muy a mi pesar.
El viernes por la mañana me despierto de un humor de perros; me duele la muñeca y la perspectiva de pasarme todo el día sin ver a Devon y no poder controlar los movimientos de Violet me llena la cabeza de nubarrones.
Nubarrones tan negros como los que veo asomar a través de las ventanas de la cabaña.
«Con suerte lloverá y suspenderán las clases» , pienso.
«Y eso sería bueno porque…» .
«¡¡¡ Lia!!! ¡Has vuelto! ¿Dónde estabas?».
«No estoy muy segura. Me dijiste que te dejara en paz y yo… supongo que me dormí. ¿Qué me he perdido?».
Un sentimiento pegajoso que me recuerda a la culpabilidad se me anida en el pecho, pero trago saliva como si así consiguiera hundirlo y hacerlo desaparecer.
«¡Todo! ¡Te lo has perdido todo! ¡Estamos perdidas!», exclamo y proce do a ponerla al día.
«¡Vaya! Pues sí que la has liado en pocas horas», me acusa.
«Con amig as como tú, no se necesitan enemigas».
«¡ Ohhh! ¿Somos amigas entonces? Creo que es la primera vez que me lo dices, ¡qué bonito!».
«Eres mi voz interior y una pelma, por cierto, pero ¿enfadarme contigo no sería como enfadarme conmigo misma?».
«¡Soy un ente independiente, guapita!».
«¡Qu e vive dentro de mí! Así que mando yo. Y ahora déjame un ratito, tengo que idear un plan. Pero no te vayas muy lejos, por si acaso ».
«¿Esa es otra orden? ¡ Serás abusona!».
«¡ Y tú una metomentodo! ¡ Dios! ¿Qué hago discutiendo con una voz interior otra vez? ¡Esto es de locos!».
«Le dijo la sartén al cazo» .
Y con esa conclusión, Lia me deja a solas de nuevo, algo que me alivia tanto como me inquieta. La verdad es que ya me he acostumbrado a tenerla ahí adentro todo el rato hasta el punto que, cuando desaparece, llego a echarla de menos.
«¡Porque me quieres!», grita con su voz cantarina, más petulante que nunca.
«¡Pírate de una vez!» , exclamo, pero en realidad me estoy riendo. A pesar de la desgracia que amenaza con venírseme encima, la vuelta de Lia ha conseguido mejorar mi humor. Aunque sienta que la tranquilidad no vaya a durar mucho.