CAPÍTULO 16 #3
«¡He dicho que ahora no, Lia! ¡Déjame en paz! », insisto, nerviosa.
«Nunca es un buen momento», concluye , replegándose en algún rincón de la cabeza.
—Te comprendo —me confiesa Devon, para mi sorpresa—. Mis padres piensan que soy un estúpido por querer dedicarme a la música. Dicen que así solo conseguiré convertirme en un muerto de hambre.
—Pero eres muy bueno con la guitarra, lo he podido comprobar de primera mano —señalo.
—¡Y eso que no me has visto cantar! No es por presumir, pero se me da de miedo.
—A ver, cántame algo —le incito, aunque no necesito pruebas. Sé de sobra cómo canta y cómo eso va a moldear su futuro.
Devon acepta el reto y se decanta por una balada de los Backstreet Boys. Escucho atentamente mientras entona esas frases en las que hablan de que el chico y la chica son dos mundos aparte y que él no puede llegar a su corazón .
Su tono de voz suena tan melodioso a capella que podría hacerle la competencia a su tocayo de apellido, Nick Carter.
Cada verso de I want it that way despierta un anhelo imperioso en mi interior.
Si él supiera lo lejos que va a llegar, lo que el destino le tiene reservado…
Pero no, no puedo decírselo. De momento todo lo que puedo hacer es disfrutar de este momento mágico que acaba de crear.
Solo para nosotros. Me siento una privilegiada.
—¡Ojo, Cece! Hay una rama en medio del camino —se interrumpe de repente.
Desconectada por completo del caballo, cierro los ojos y, de manera inconsciente, suelto las riendas del señor Brown de golpe. El animal se encabrita, hace un gesto brusco y soy incapaz de reaccionar. Me espero lo peor.
Aquí acaba todo.
«Claro. He cambiado las cosas. No es el mismo día, pero el resultado es el mismo».
Mi último pensamiento antes de caer es que nuestro destino está sellado: no importa cuánto nos esforcemos, lo que tiene que ser acabará siendo de todos modos. No existen los desvíos, todos los caminos llevan a Roma.
Sin embargo, nada de eso ocurre. Devon reacciona en milésimas de segundo y me agarra de la muñeca con fuerza para evitar que me caiga al suelo, al tiempo que toma las riendas del señor Brown con la otra mano para calmarlo.
El animal se tranquiliza de inmediato. Jamás me he alegrado tanto de que tenga esa fama de susurrador de caballos.
Cuando está seguro de que el semental no va a moverse, Devon me ayuda a desmontar y yo esbozo una mueca de dolor.
—¿Estás bien? —me pregunta, preocupado.
—Me duele mucho la muñeca —admito.
—Dame un segundo. —Devon ata el caballo en un tronco cercano antes de volver a mi lado—. Déjame ver eso.
Le tiendo el brazo. Una corriente eléctrica cruza entre nuestras manos cuando él me examina la muñeca con delicadeza. Me fundiría como el chocolate al sol de no ser por el dolor lacerante que me arranca un gemido ronco.
—Tengo buenas y malas noticias —concluye Devon tras la inspección.
—Dispara —le exijo con el corazón en un puño. ¡No quiero irme todavía, por favor!
—No la tienes rota, creo que ha sido culpa mía al agarrarte para evitar que te cayeras. Lo siento muchísimo —se disculpa—. Parece una torcedura, un esguince como mucho. No es nada grave, pero lo mejor es que te vea el médico del campamento.
—¡No quiero irme a casa! —lloriqueo, preocupada.
—¿Y por qué tendrías que irte? Te pondrán un poco de hielo, una venda y listo. En unos días estarás perfectamente —dice con calma. Y el alivio se abre paso en mí—. Eso sí, no creo que puedas volver a montar hasta entonces.
O quizá solo sea el dolor, que me empieza a atontar un poco.
—En ese caso, tampoco podré ir a Pintura, ni a Tenis, ni a Remo, ni siquiera a Tiro con arco. ¿Y cómo tocaré la guitarra? ¡Estoy perdida! Me van a enviar a casa, fijo. —Ya no puedo retener más las lágrimas. Todo mi empeño, todos mis planes… ¡Todo ha sido en balde!
—¡Mierda! ¡Lo siento mucho! Ha sido mi culpa —se lamenta Devon, entendiendo la dimensión del problema—. Te he jodido el campamento.
—Tú no has tenido la culpa —lloriqueo. En realidad, él me ha ayudado. Si me hubiera caído...—. De no ser por ti, la cosa podría haber sido mucho peor.
—¿Y ya está? ¿No vas a gritarme?
—No me quedan fuerzas —reconozco.
Desinflada, solo tengo ganas de que me trague la tierra.
En ese momento, Devon se abalanza sobre mí y me envuelve en un tierno abrazo y, a pesar de la pena que me inunda el corazón, el cuerpo reacciona a su contacto.
La piel se me eriza cuando los mechones de su pelo me acarician el cuello, y un escalofrío me recorre cuando sus manos me presionan la espalda.
Inhalo su fresco aroma, siento su respiración junto a la cara…
La mía se entrecorta cuando su mirada se posa en la mía, cada vez más cerca conforme acortamos la distancia.
Los dos entreabrimos la boca y entonces… Devon se aparta bruscamente.
—Volvamos antes de que tu muñeca empeore. Yo asumiré todas las consecuencias. No te expulsarán. Palabra —me promete, enseñándome el meñique. Y por un momento, mientras uso mi mano buena y su dedo y el mío se entrelazan, quiero creerlo.