Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

Me paso el resto del día rumiando sobre ello, obviando el otro punto importante que ha tocado Lia hoy y sobre el que no me apetece reflexionar.

Y ese malestar no hace más que acrecentar la inquietud de Minnie y su idea de que estoy volviendo a retraerme en mí misma.

Me gustaría decirle que la razón no es Devon, como ella piensa, sino que mi destino está llamando a la puerta y no quiero abrirle, pero obviamente no puedo hacerlo.

«¡Relaja! No tienes por qué volver a pasar », intenta animarme Lia.

«¿Tú crees?».

«Bueno, no puedo asegurarlo al cien por cien, claro, pero ya estás cambiando algunas cosas, ¿no?».

Lia tiene razón, he hecho grandes avances con Devon que mi yo del pasado jamás se hubiera imaginado.

« Sí, todo irá bien », digo. Aunque no sé si estoy contestando a Lia o intentando autoconvencerme.

—¿Dónde está Spirey? —pregunto asustada cuando llego a los establos un rato más tarde. Al no encontrar al caballo me ha dado un pinchazo en el pecho que casi me deja sin aliento.

—Le tocaba revisión veterinaria y se lo han llevado al pueblo, lo siento —me explica Devon.

No hay ni rastro de broma en su voz, y a pesar del pique que hemos tenido en Tiro con arco, sus disculpas son amables. ¡Dichoso skater boy ! ¿Por qué tiene que ser siempre tan genuinamente bueno? Nos hace quedar mal al resto.

«De acuerdo», rectifico. «Nada va bien».

«¡Qué no cunda el pánico, Cece!», me contesta Lia.

—Pero puedes montar al señor Brown en su lugar —propone Devon, señalando al gran ejemplar marrón que me tiró al suelo en la anterior ocasión.

—¡Dijiste que era para jinetes expertos! —protesto.

—Venga ya, Cece. Confío en ti. Te he visto en la pista. Puedes hacerlo —asegura, clavándome la mirada.

El corazón se me derrite un poquito cuando me mira con sus ojos menta y me dedica palabras de ánimo. Sin embargo, el miedo es más fuerte y gana la partida. ¿Y si al final no puedo eludir al destino y me veo obligada a irme del campamento sin conseguir mi propósito?

—¿Sabes? Paso. No pienso hacerlo —declaro.

—En fin, eres una miedica. —Y ahí está el Devon de siempre.

La escarcha vuelve a cubrir mi corazón.

—Ese bicho puede tirarme al suelo y hacer que me rompa una pierna, o peor. —Sé bien de lo que hablo, aunque él no entienda a lo que me refiero.

—Si te vas a quedar más tranquila, yo te acompañaré. Caminaré a tu lado.

Este otro Devon me gusta más. Es como si convivieran dos personalidades en su interior.

«A lo mejor, tiene una DeLia dentro», se mofa Lia.

«Ja, ja», me r io sin ganas. Los nervios se expanden por cada centímetro de mi piel y me empiezan a entrar náuseas.

—¿Y Mary Anne te lo va a permitir? —pregunto, boicote á ndome a mí misma. Pero es que, a menudo, el miedo vence a la ilusión de probar cosas nuevas, sobre todo si estas implican salir de tu zona de confort. Y yo estoy muy lejos de ella ahora mismo.

«Si tienes miedo, hazlo con miedo. Pero no renuncies a esta oportunidad, quizá sea la última que tengamos», me recuerda Lia.

—Soy muy convincente cuando quiero —añade Devon guiñándome un ojo. Después, se dirige hacia el lugar donde Mary Anne está reuniendo a las alumnas para empezar la clase.

Mientras espero, intento digerir lo que está pasando: ya vencí a mis miedos en una ocasión (¿Quién en su sano juicio se dejaría embaucar por una bruja que promete regresarte atrás en el tiempo?) y no ha ido mal del todo, ¿no? Al menos hasta ahora…

«¡Puedes hacerlo!».

Y, con el último empujoncito de ánimo de Lia, asiento en silencio.

Devon no tarda en camelarse a la monitora con la excusa de que el señor Brown es el único caballo libre y que es más seguro que me haga con él antes de someterlo a una clase al uso.

¿ Y quién mejor que el mozo de cuadras, cuya conexión con los animales ha llegado a oídos de todos, para cumplir con esa noble labor?

Así que, mientras mis compañeras se quedan en la zona de vallas practicando saltos, Devon me ayuda a subir al caballo por primera vez, y nos alejamos del grupo.

—Lo estás haciendo muy bien —me felicita tras dar los primeros pasos a lomos del gran semental—.

Mantén el agarre suave, no hagas movimientos bruscos.

Iremos con cuidado por ese sendero de tierra de ahí.

—Frunzo el ceño—. Tranquila, no nos adentraremos demasiado en el bosque, pero no quiero que el señor Brown se acerque al resto de caballos en la pista, por si acaso.

—¿Por si acaso qué? —pregunto nerviosa, sintiendo c ó mo la inquietud regresa de nuevo (si es que se ha ido en algún momento).

—¿Te he contado que tengo cuatro hermanos pequeños? —comenta Devon en lugar de contestar a mi pregunta.

Mi caballo va al paso, despacio, mientras Devon camina junto a nosotros, hablándome de su familia y la rutina del día a día en el pueblo. De alguna manera, sentirlo cerca, en más de un sentido, ejerce un influjo positivo sobre mí y poco a poco me voy serenando.

—Te caería muy bien mi hermana Leah. Es bailarina como tú, ¿sabes? —dice con una sonrisa. También es casualidad que la niña se llame Leah, que se parece tanto a Lia—. ¿Por qué cambiaste tus clases, por cierto? Tengo mucha curiosidad.

—Estabas en el comedor el día que lo hice, te haces una idea —contesto a la defensiva, sintiendo c ó mo todo trazo de calma se va diluyendo. ¡ Pues sí que ha durado poco!—. Ya sé todo lo que necesitaba sobre el ballet, ahora quiero probar cosas nuevas.

—Pero tus padres…

—Mis padres son idiotas. Quieren que viva a través de sus sueños, pero ¿qué hay de los míos?

«Pero es que a ti sí que te gusta el ballet», apunta Lia.

«Esa no es la cuestión ahora».

«Pero solo hay que ver cómo disfrutas cuando bailas.

Se te ve liberada, fluyes. Te conviertes en otra persona cuando llevas ese maillot puesto, y lo sabes.

Está muy bien que te quieras acercar a Devon y tal, esa es la misión, pero, como te dije el primer día, me preocupa que eso cambie tu futuro.

Ya sabes, el estudio de danza, tus amigos… ».

¿Mis amigos? Que yo recuerde no tengo amigos en la ciudad, ni uno solo, por eso acabé accediendo al hechizo. No tenía nada que perder.

«¿Cómo dices?», añade mi voz interio r, perpleja.