Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Después de la escapada al río, ceno con mis compañeras en el comedor exterior.

Minnie solo accede al ver que no hay ni rastro de Rubia Estirada uno y dos, pero no deja de ser una velada incómoda.

Con tal de no enfrentarme al juicio de mi amiga sobre lo que acabo de hacer, intento meter baza en la conversación entre Kennedy y Violet, aunque sin demasiado éxito.

Tengo la cabeza en otra parte: digo alguna que otra cosa que no viene al caso, me rio a destiempo y al final solo consigo que las chicas me miren raro y que Minnie, que todavía no ha dicho esta boca es mía, ponga los ojos en blanco.

Cuando me despierto al día siguiente, la culpa me reconcome de tal manera que al final decido sincerarme con ella de camino a Tiro con arco. Minnie me escucha con atención y, después, se queda en silencio.

—¿Y bien? ¿Se te ha comido la lengua el gato? —la animo. Como no diga nada, me voy a quedar sin uñas.

—Algo así… —Mueve la cabeza de izquierda a derecha—. Cece, es que no te comprendo, ¿por qué te estás arriesgando tanto después del encontronazo con Violet y sus amenazas? ¿Y todo por un chico? Sabes que ella podría… En fin, que no creo que merezca la pena.

—¡Minnie! Me apoyaste. Fue gracias a ti que tuve mi momento con Devon en el pueblo. Las cosas han cambiado desde entonces y te lo debo a ti.

—No sé si me gusta tener ese honor —admite—. Mira, no sé por qué lo hice, creo que simplemente quería ayudarte, como tú lo hiciste conmigo, pero ahora no sé si hice lo correcto.

La observo en silencio y Minnie suspira.

—Cece, cuando nos conocimos parecías perdida en tu mundo, como si estuvieras aquí sin estarlo —dice.

Y asiento con la cabeza. Ese mundo es el que comparto con Lia, pero ella no tiene que saberlo—.

Pensé que una distracción real no te vendría mal y, en realidad, desde aquel día en el pueblo pareces…

más presente, al menos la mayoría del tiempo. Y eso es bueno, supongo, pero…

—¡Claro que sí! Devon es un pesado, pero tiene su lado bueno y es ver dad que me ha ayudado a conectar más con este lugar. Me gustaría seguir conociéndolo.

«¿Conectar? Supongo que te refieres a tu yo adolescente. Lo que en realidad te gustaría es volver a ser adulta y acostarte con su versión estrella del rock ».

«¡¡ Lia!!».

Eso no es cierto. Sí, pienso mucho en el Devon famoso de mi futuro, pero cada vez es un recuerdo más lejano. El chico que me llama la atención es amable, vacilón y lo más importante: sabe quién soy y representa mi presente.

« Disculpa, ¿cómo era eso? ¡Ah, sí! Quieres que se convierta en tu marido ».

« Supongo…».

—¡Estás volviendo a hacerlo! —me recrimina Minnie.

—¿El qué?

— ¡ Ausentarte! —exclama mi amiga. «Es por tu culpa, Lia »—. ¿Ves? Ya vuelves a las andadas. A lo mejor me equivoqué al animarte.

—Señoritas, llegáis tarde. Diez puntos menos para Gryffindor —exclama alguien con ironía.

Para mi consternación, Devon nos está mirando con una ceja arqueada. Minnie y yo andábamos tan enfrascadas en nuestra conversación que apenas nos hemos dado cuenta de que ya hemos llegado al campo de tiro, y con retraso.

—¡Estupendo! Como ahora nos castiguen por tu culpa… —murmura Minnie por lo bajini.

Sin embargo, Devon no va más allá, y da comienzo a la lección de hoy.

Minnie y yo no volvemos a hablar en toda la clase, cosa que agradezco.

Para intentar distraerme del mal rollo que se ha creado entre nosotras, me concentro en nuestro monitor.

Al principio solo lo hago por intentar mejorar, pero mientras Devon tensa esos brazos moldeados cada vez que hace una demostración con el arco, yo no me fijo en la técnica, sino que otra cosa se me viene a la cabeza: sus abdominales.

—¡Tierra llamando a Cece! Señorita Ross, ¿qué tal si baja de las nubes y regresa con nosotros?

«¡Mierda! Me ha pillado», me lamento mientras mis compañeras de clase se parten de risa .

Todas menos Minnie.

«A lo mejor, si fueras más disimulada…», me sugiere Lia.

«Lo intento, pero es que, ¿tú lo viste ayer con el bañador? No es algo que se pueda olvidar fácilmente».

«¿Lo ves? Solo piensas en lo bueno que está ».

«No te digo que no haya atracción física, pero lo mío es amor verdadero».

«¡Oh! Ya salió la drama queen soñando con su príncipe azul. Cuidado, princesa, ya sabes que algunos destiñen».

Mi nueva distracción, gracias a Lia, me hace ganarme otra bronca más y me libro de una tercera solo porque suena la campana del cambio de periodo. Mis compañeras se apresuran a desaparecer, no vaya a ser que también les caiga a ellas un rapapolvo. Estoy a punto de seguirlas cuando Devon me llama.

—Usted no, señorita Ross. Tenemos que hablar.

«Otra vez “Ross”... ».

La mirada compungida de Minnie me lo dice todo: «¡No la cagues, Cece!», pero yo ignoro todas las señales.

Cuando mi amiga también abandona el campo de tiro, me vuelvo hacia Devon.

—Oye, ¡ antes te has pasado! —lo acuso—. ¿Acaso era necesario ponerme en ridículo delante de toda la clase otra vez?

—No te he puesto en ridículo, solo te he llamado la atención, que es diferente. —Se inclina hacia mí—. Ahora que somos amigos, debemos mantenernos en nuestros papeles y, además, has estado muy torpe hoy.

—Será porque desde ayer no dejo de pensar en tu torso desnudo y…

«¡Ups! Lia, ¿lo he dicho en voz alta?».

«Efectivamente, bocachancla. ¡Esto se pone interesante! Creo que iré a buscarme un tentempié para ver la película».

«¡Eh, traidora! No desaparezcas ahora. ¿Qué hago?».

Lia no me contesta.

Retrocedo un paso y me llevo las manos a la boca, como si así pudiera evitar que el viento lleve mis palabras a los oídos de Devon (o quizá en un intento por evitar ponerme más en ridículo sin necesidad de que él intervenga).

El skater boy me mira muy serio, entre alucinado e interesado.

La comisura de la boca se le tuerce en una mueca extraña que parece expresar disgusto para al final cede a una sonora carcajada.

—Guau. ¡Es que no tienes filtro! —exclama sin dejar de reírse, enjugándose una lágrima—. Así que me consideras sexy, ¿eh?

—No te hagas ilusiones. Lo que tienes de cuerpo, te falta de cerebro.

—¡Uh! La niña se enfada. —Se inclina hacia mí de nuevo y me echo hacia atrás—. Venga, para que no te quejes, tú tampoco estás mal.

«¡Dios mío! ¿He oído mal? ¡Le gusto!».

«No te venga arriba, princesa. No estoy yo muy segura de que eso sea un piropo».

«¡Has vuelto, Lia!».

«¡ Shhh, calla! Que me pierdo la película».

—En fin, será mejor que nos demos prisa —dice. Y por cómo se aparta de mí, es obvio que la película que Lia esperaba ha terminado—. No quiero que llegues tarde a la clase con tu querido Paul y yo tengo un grupito de chicas esperando a su monitor de Supervivencia sexy favorito.

«¡Lástima! Otro al que le pierde la boca».

—¡Serás creído! —exclamo, dándole la razón a mi voz interior.

—¡Y tú novata! —me la devuelve Devon.

—Eso ha sido un golpe bajo.

—Tranquila, si te portas bien, te enseñaré más trucos para que puedas subir de rango.

—No te apures, me las apaño solita.

—Sí, me di cuenta cuando te tragaste medio río —se ríe.

—¡Me pillaste desprevenida! Mira, ¿sabes qué? ¡Qué te aproveche la clase! —Doy un paso al frente, dejándolo atrás, y grito por encima del hombro–: ¡Y cuidado con las víboras! Tienes algunas de gran calibre entre tu pequeño grupo de admiradoras.

—¿Me salvarás de ellas si me muerden?

—Definitivamente, ¡ eres imbécil!

Y con un cabreo monumental, me alejo.

Y Devon, para mi pesar, no me retiene.

En clase de Supervivencia veo que Paul mueve la boca, pero sería incapaz de reproducir una sola de las palabras que nos estás diciendo.

«¡Dichoso Devon! Al final ha resultado ser como todos los tíos» , me quejo.

«¡Pero si ha molado un montón! Sois igualitos en realidad, tal para cual. Y, además, creo que, a su manera, él ha intentado flirtear contigo».

«Sí, Lia. Sobre todo, cuando ha hablado de esa manera de sus admiradoras».

«A lo mejor solo quería darte celos».

«O tocarme los ovarios. Materia en la que es todo un experto, por cierto».

«Ya sabes lo que dice el dicho: quienes se pelean, se desean».

«¿Dónde estamos, en el parvulario?».

« Buenooo no sé si en preescolar, pero en primaría igual sí, porque a veces te dan unos arrebatos…».

«¡Oye!» , replico.

«Soy consciente de que, en materia adolescente, a los tíos, en general, les cuesta más madurar, pero es que tú tampoco te estás quedando atrás», se explica Lia.

«Me estoy perdiendo, no sé si estás de mi lado o en mi contra».

«Lo que quiero decir es que últimamente te están dando ramalazos muy fuertes y no sé hasta qué punto es solo culpa de las hormonas.

Es como si la Cece adolescente ganara terreno cada vez más.

Tienes periodos de lucidez en los que te veo más madura, como cuando te pones en plan hermana mayor con Kiara, por ejemplo, pero al minuto siguiente te vuelves a enzarzar en discusiones absurdas y… ».

—Cece, ¿qué acabo de decir sobre la milenrama blanca, también conocida como aquilea? —nos interrumpe Paul.

—¿Qué es… muy bonita? —pruebo.

Savannah, no muy lejos de mí, alza la mano en el aire, pero Paul la ignora.

—¿En serio? Llevamos casi dos semanas de campamento y ni siquiera sabes nada sobre la flor que le da el nombre —me riñe mi monitor.

«¿Ha dicho dos semanas? ¿Ya?».

—Por favor, yo lo sé —interviene la rubia estirada—. Se utilizó mucho en el pasado por sus propiedades cicatrizantes de heridas y…

—Nadie te ha preguntado, Savannah.

Mis compañeras estallan en risas y las mejillas de Savannah se transforman en dos tomates maduros.

Sin embargo, ni siquiera el hecho de que Paul la haya puesto en su sitio me hace sentir mejor, pues yo me he quedado en su frase anterior.

Estamos a jueves, en apenas unos días habrán transcurrido dos semanas de campamento, justo cuando ocurrió la desgracia que me hizo abandonarlo en la anterior ocasión.