CAPÍTULO 15 #2
¡Acabáramos! ¿Por qué Paul no nos enseña estas cosas?
Serían mucho más útiles que los tostones con los que nos tortura.
Devon, por el contrario, me ilustra sobre este y otros temas de naturaleza mientras caminamos en dirección al río.
Me sorprende lo interesantes que me resultan, o quizá él sea la causa de que me lo parezcan.
Y hablando de cosas sorprendentes… Habrá criticado mi vestuario, pero ya lo he pillado un par de veces mirándome, y no precisamente a la cara.
Y cada vez, algo se me ha revuelto en el estómago.
El sosiego regresa a mí cuando por fin llegamos a nuestro destino.
Esta zona del bosque es un remanso de paz aislado del mundo gracias a los espesos árboles y verdes matorrales, algunos cubiertos de jugosos frutos, que lo cercan.
Aquí el silencio solo lo rompe el discurrir alegre del agua de las pozas.
Devon no tarda ni un segundo en quitarse la camiseta y empezar a trepar por un árbol a la orilla del río. Hago el amago de mirar hacia otro lado, intentando no fijarme en sus abdominales. Sin éxito. De repente, tengo más calor que antes.
«Y eso que aquí, en la frondosidad del bosque, la temperatura ha descendido unos cuantos grados. ¿Por qué será?».
«¡Calla, Lia! Me estás poniendo nerviosa».
«Sí, ahora seré yo…».
—¿A dónde vas, loco? —le grito a Devon, ignorando a mi voz interior y esforzándome por mirarle a la cara.
—A lanzarme desde ahí arriba, ¿no es obvio? No veas qué subidón de adrenalina. ¡Venga, sígueme! —me anima, tendiéndome una mano desde la rama más baja.
—¡Ni de coña! Deberías hacerte mirar esa obsesión tuya por meterte en situaciones donde hay altas probabilidades de partirse la crisma.
Devon se parte de risa.
—Lo dice la que estuvo a punto de romperse los dientes intentando un simple ollie . Si no te hubiera parado…
Una imagen mía estrellándome contra su pecho se vuelve nítida, solo que en esta versión él no lleva camiseta, justo como ahora mismo. ¡Uf, necesito un ventilador!
—Lo tenía controlado, ¡qué lo sepas! —replico.
Pero no parece que Devon me haya escuchado, pues ya ha empezado a encaramarse a lo más alto del árbol, dándose por vencido y deduciendo que no voy a acompañarlo.
Lo observo desde abajo con el corazón en un puño, pero he de reconocer que el chico tiene habilidades. Cuando alcanza la altura adecuada, no se lo piensa ni un segundo y se tira en bomba.
Cientos de gotas de agua fría me salpican y casi lo agradezco porque apagan un poco mi sofoco, pero el alivio no tarda en ser reemplazado por la preocupación cuando veo que él no vuelve a emerger a la superficie. Las pozas no parecen tan profundas a simple vista. Me llevo una mano al pecho.
— ¿ Devon? ¡Devon! —grito, nerviosa. Pero él no me responde y ni si quiera veo su cabeza por mucho que escaneo la superficie.
Asustada, me meto en el agua sin dejar de llamarle, subiéndome el vestido por encima de la cintura para evitar mojarlo. ¡Dios, sí que está helada! Debe ser porque la vegetación aquí es tan tupida que los rayos del sol apenas pueden atravesar las ramas de los árboles.
«Sí, el escenario ideal para que te ataque el monstruo del lago Ness», sugiere Lia.
«¡Esto es un puto río, so boba!», le recrimino mientras vadeo con los brazos .
«Pero desemboca en un lago, ¿no? ¡ A saber qué bichos podrían llegar hasta aquí! ».
De repente, algo me tira de las piernas y me hundo de cuerpo entero en el agua.
«¡Socorro, Lia! ¡Tienes razón!».
Estoy luchando por salir a la superficie para huir de lo que sea que me esté arrastrando cuando algo alargado, que bien podría ser un tentáculo en mi febril imaginación, me rodea la cintura y, por un segundo, creo que voy a hundirme de nuevo.
Sin embargo, ese algo me empuja hacia arriba, y por fin consigo sacar la cabeza.
Boqueo en busca de aire, escupiendo agua mientras me muevo hacia una zona donde pueda hacer pie.
Devon se parte de risa cuando reaparece a mi lado.
—Tendrías que haberte visto la cara. Lástima que no suela llevar la cámara encima —se burla.
—¡Eres idiota! Pensaba que te habías ahogado y que aquí había… —jadeo y Devon me mira con curiosidad y esgrime una media sonrisa ladeada—. Bueno, ¡ déjalo! La cuestión es que por poco me ahogo por tu culpa, imbécil.
— ¡Toma ya! ¡Dos insultos en menos de un minuto, nuevo récord! — Se sigue riendo. Si las miradas matasen, este idiota ya estaría muerto—. ¡ Venga, no te enfades! Ha sido divertido.
«En realidad, sí».
«Tú calla, traidora mentirosa».
— ¡ Uy sí, seguro! ¿No ves cómo me estoy riendo? Además, ¿sabes lo que cuesta este vestido? ¡Y me lo has estropeado!
«¡ Ya volvió la Spice pija! ».
Devon se me queda mirando. De repente, su semblante burlón se convierte en un par de mejillas rosadas y hace amago de apartarse de mí.
Desciendo la mirada hacia mi vestido: está tan empapado que se me ciñe al cuerpo como una segunda piel, marcando mis curvas y dejando entrever más de lo que podría considerarse decente, sobre todo considerando lo fría que está el agua y cómo mi cuerpo ha reaccionado a pesar del cutre bañador que llevo debajo.
—Será mejor que vayamos saliendo si quieres estar presentable para la cena —propone Devon, nadando hacia la orilla, sin esperarme.
—Es la idea más sensata que has tenido en toda la tarde —afirmo, siguiéndolo.
Una vez fuera, ninguno de los dos dice nada mientras nos secamos con las toallas.
É l se esconde entre los matorrales para cambiarse el bañador mojado por uno seco y ponerse algo de ropa encima, para alivio de mi corazón descontrolado.
Yo debería hacer lo mismo, pero la cuestión es que no he traído nada más salvo mi toalla.
Devon se percata enseguida cuando regresa y me ve temblando como una hoja bajo la tela húmeda.
—Déjame adivinar: no has traído una muda de recambio.
—Eres muy observador —contesto, intentando que los dientes me dejen de castañear.
—¿Es que no os enseñaron a preparar una mochila básica? Es una de las primeras lecciones de supervivencia. Debería hablar con Paul al respecto.
—Puede que sí lo hiciera, aunque un imbécil me distrajo aquel día dejándome en ridículo delante de todos.
—Yo no pretendía… —Devon se interrumpe cuando lo fulmino con la mirada—. Está bien —rebusca en su propia mochila—, toma. Te vendrá un poco de vestido, pero debería servir —dice tendiéndome una de sus camisetas—. Al menos está seca.
—Tendría ropa seca si alguien que yo me sé no me hubiera tirado de cabeza al río —gruño, pero acepto la prenda.
—¡No te he tirado de cabeza! Tan solo te he alentado a probar la temperatura del agua. No me dirás que no te has refrescado. —«¡Del todo!»— . De no ser por mí, no te habrías metido y, si quieres avanzar en Supervivencia y naturaleza, debes saber enfrentarte a un río.
Quien dice «a un río » , dice «a un estúpido provocador » , pero bueno… Estoy empezando a cansarme de tanto tira y afloja.
—¿Gracias? —digo en su lugar.
—Eso está mejor. ¿Vamos?
El camino de vuelta es bastante más incómodo .
No hay más lecciones de naturaleza, y, a decir verdad, hablamos lo justo y necesario (y con ello me refiero a que nuestra charla se limita a especificar la dirección a seguir o a esquivar algún obstáculo).
Nos separamos apenas alcanzamos el campamento para evitar ser vistos en compañía.
Merodeo por el exterior de la cabaña antes de entrar.
No hay luces dentro, así que supongo que las chicas estarán en las duchas o a lo mejor ya se habrán ido hacia el comedor.
Parece que se nos ha hecho un poco más tarde de lo previsto.
Abro la puerta principal aliviada y… me estampo contra Minnie, que sale justo en ese momento.
Está a punto de decirme algo cuando se percata de la camiseta que llevo puesta, la de los monitores del campamento.
La señala con un dedo tembloroso, demasiado impresionada para hablar.
—Luego te lo explico —le indico en un susurro.