CAPÍTULO 15
—¿Qué quería Devon? —me pregunta Minnie, horas más tarde.
Esta noche por fin hemos disfrutado de una fogata y, después de hartarnos de comer nubes, todas estamos demasiado llenas como para acostarnos temprano.
Así que, mientras Kennedy y Violet se pintan las uñas la una a la otra y ojean el último número de la revista Seventeen que se compraron el domingo en el pueblo, Minnie y yo nos sentamos en el porche de la cabaña.
Es como si conmemoráramos nuestro primer aniversario, pues hace justo una semana estábamos en este mismo lugar.
Quiero pensar que hemos ganado en confianza desde entonces.
—Me ha echado la bronca por algo que ha pasado en clase —digo. Es una verdad a medias y Minnie lo sabe, lo puedo leer en su cara. Así que creo que ha llegado la hora de abrirme un poco más—. Bueno, y enseñarme unos acordes que se me trababan.
—¿En serio? ¡Clases particulares! ¡Chica afortunada! —exclama, emocionada.
—Por favor, no seas Violet —la recrimino, pero sonrío.
«¿Sabes? Para ser nuestra archienemiga , te acuerdas de ella muy a menudo», señala Lia.
«Bueno, es lo que toca, ¿no? Ese es nuestro objetivo secundario: acabar con ella».
«Ya , bueno, aunque yo juraría que últimamente te hace más gracia que darte rabia».
Lia se refiere a que, desde que me pilló en el pueblo, Violet ha pasado de amenazarme a hacerse la enrollada.
Esta noche, durante la fogata, incluso ha bromeado conmigo sobre lo estirada que es Savannah, que no ha dejado de quejarse de que en lugar de nubes podríamos tostar picatostes, que sería más sano.
—Tendrías que ver lo que se pone en el plato, parece comida de cobayas, ¡puaj!
—¿No era supercool comer con ella? —le he echado en cara.
—A ratos —ha admitido, moviéndose un poco incómoda—. Sabes, podríais sentaros con nosotras algún día.
Reconozco que me ha pillado fuera de juego.
—¿Podríais?
—Tú y Minnie, ya me entiendes. No me hagas repetirlo, novata.
—Quizá cuando lo cerdos vuelen —le he contestado con acidez, sin pasar por alto eso de «novata».
Casi me ha parecido ver dolor en la expresión que me ha devuelto, pero todo rasgo de afectación ha desaparecido al momento, reemplazado por una mueca de disgusto.
—Tú sabrás lo que escoges —ha dicho, antes de «escoger» cambiarse de sitio.
« Comportarte como una adolescente estúpida no entraba en nuestros planes, por mucho que Violet no pueda evitar, bueno, ser Violet. ¡ Esa bocaza tuya te está perdiendo! », me riñe Lia, regresándome al momento presente.
Minnie sigue parloteando a mi lado, pero he dejado de prestarle atención hace rato y ahora me pregunto si Lia tendrá razón, para variar. Estoy intentando conseguir lo contrario, pero ¿me estoy comportando como mi antigua yo?
—Pero bueno, qué sé yo, no se me dan muy bien los chicos —confiesa Minnie, recuperando mi atención y haciéndome olvidar el asunto de Violet—.
Voy a un instituto femenino y lo poco que sé de ellos es que son unos pesados de tomo y lomo.
Ya te conté que tengo tres hermanos pequeños: Seb y Theo tienen doce años y Ray, ocho, y su único objetivo es hacerme la vida imposible.
Casi sonrío ante su inocencia, pero en el último momento decido morderme el labio. No quiero que piense que no me tomo en serio sus sentimientos.
—Yo nunca me casaré —continúa—. Los tíos son infieles por naturaleza y si no que se lo digan a mi madre: mi padre nos abandonó hace años, se fue con otra.
Mis hermanos ni siquiera lo saben; mi madre les vendió una patraña para no hacerles más daño, pero yo era lo bastante mayor como para enterarme de todo.
Siento solidaridad con la madre de Minnie; hay tíos que solo piensan en una cosa, pero no puedo confesarle que he sufrido una infidelidad en mis propias carnes. De hecho, es raro, porque siento que esas vivencias pertenecen a otra persona.
«Además, también has conocido a tíos legales en tu vida, piensa en Micah».
¡Ay, Micah ! Mi único amigo en la ciudad, de no ser por él estaría todavía más sola.
—Es posible que todavía queden chicos buenos por ahí, ¿sabes? —digo con tacto.
—¿Como Devon? —Minnie vuelve a la carga.
—Todavía no lo he decidido. É l… me desconcierta. Pero bueno, lo que quiero decir es que he conocido a chicos guais en… el instituto que me han hecho ver que no todo está perdido —añado, desviando el temita.
—A lo mejor, si hubiera tenido más oportunidades para relacionarme con chicos de mi edad, no los odiaría tanto —reflexiona en voz alta.
—¿Sabes? En eso puede que tengas razón —opino viniéndome arriba—. ¡ Este campamento está tan chapado a la antigua! ¿Por qué siguen existiendo sitios como este? ¡Hace doce años que entramos en el siglo XXI, por favor!
—Querrás decir dos años —me corrige Minnie.
«¡Cagada!».
—Eso, ¡qué lapsus! Doce, dos, ya sabes… —Trago saliva, nerviosa—. Creo que ya va siendo hora de que nos vayamos a dormir. El cansancio me está pasando factura.
«Sí, achácalo al cansancio. ¿Es que quieres que nos pillen?», Lia me echa la bronca.
—Sí, será mejor que nos vayamos a dormir, pero ¿ sabes qué? No me parece mala idea eso de que el campamento fuera mixto, aunque no sé si mi madre me hubiera dejado venir en ese caso. En realidad, sería de lo más lógico. Ya hay monitores, ¿no?
Minnie no se rinde, pero sé por dónde va, así que, en lugar de responderle, me levanto y me retiro a la cama. Necesito consultar muchas cosas con la almohada.
El miércoles por la tarde, el destino quiere que mi clase de equitación se suspenda porque Mary Anne ha tenido que atender un asunto familiar urgente.
Minnie aprovecha para irse a repasar materias a la sala común del pabellón, pues dice que, aunque el domingo pudo acabar los deberes, no tuvo tiempo de estudiar por ir al pueblo.
«¡Ya podría habérselo pensado antes de ir! Así igual hubiera tenido alguna oportunidad de encontrarme con Devon a solas», me lamento.
«¿No tuviste bastante con tu clase particular del lunes?», me pregunta Lia.
«La verdad es que no, me supo a poco» .
Y es verdad, no estuvo mal del todo, pero todo acabó…
raro. Desde entonces he coincidido con Devon unas cuantas veces: en Equitación y Arco e incluso, de lejos, en Supervivencia, pero no se ha producido ningún otro acercamiento.
De hecho, lo he pillado varias veces rehuyendo mi mirada.
Lo que le dije a Minnie el otro día es cierto: este chico me tiene desconcertada.
Para alejar todos estos pensamientos, decido ir a visitar a alguien que jamás me juzga: mi caballo Spirey. Estoy cepillándolo con cuidado, como me enseñó cierta persona, cuando…
— ¡Eso es! Así se cepilla, ¿ves? ¡ Sí que soy un buen profesor! —dice una voz conocida a mi espalda. Me doy la vuelta con el corazón desacompasado.
«Hablando del rey de Roma…» .
— ¡ Vaya, Devon! Has decidido volver a hablarme después de dos días. ¿A qué debo el honor?
«Cece…».
—Estoy muy aburrido y hace mucho calor —me contesta, otra vez con esa expresión extraña.
—Sí, ya decía yo, seguro que es porque te ha dado demasiado el sol.
«¡Cece! ¿Puedes dejar de ser como un grano en el culo?», insiste Lia.
—Est á bien, tú te lo pierdes —dice—. Con este calorazo había decidido aprovechar el rato libre para irme a bañar a una de las pozas del río.
Como soy más amable que otras —se asegura de darle énfasis a esa última palabra— había pensado que quizá estarías igual de aburrida que yo y te apetecería acompañarme, pero ya veo que no soy bienvenido, así que… ¡hasta luego, chica de ciudad!
«¡¡Cece!! ¡¡REACCIONA!!».
—Al río, ¿eh? —digo apartándome de Spirey y cerrándole el paso a Devon—.
Vale, tienes razón, hace demasiado calor para pasarme la tarde en los establos.
Pero solo te acompañaré si me enseñas algo de provecho por el camino.
No soporto a mi profesor de Supervivencia y quiero cambiarme de grupo, pero no me dejan porque, aparentemente, estoy muy verde.
¿Te lo puedes creer? Todo el mundo sabe que el verde es símbolo de naturaleza.
«Y de otras cosas…».
—¿Esta es otra de tus tácticas para pasar más tiempo conmigo? —pregunta levantando la ceja.
«¡Pillada!».
—Pero ¡si me has pedido que fuera contigo!
—Y tú has dicho que sí —responde con una sonrisa estúpida.
— ¡No te creas el ombligo del mundo , creído!
«Y aquí vamos otra vez…», se exaspera Lia.
—¡Mira quién fue a hablar! ¿Alguna vez te han dicho que te pierde la boca? —me acusa.
«Unas cuantas, pero nunca me escucha».
—¡Eso es porque sacas lo peor de mí! —protesto.
— ¡Disculpa por intentar ser amable contigo!
— ¿Amable? Pero ¡si no paras de atacarme!
—¿Y tú qué? ¿Te estás escuchando?
« Por lo que más quieras… ¡¡¡Cece!!!».
«¡Mierda! Mensaje recibido, Lia, perdona».
«No es a mí a quién debes pedir disculpas».
—Está bien, tú ganas —suspiro—. Lo siento, Devon. ¿Contento?
—Lo estaría más si te hubieras ahorrado la coletilla final, pero bueno, aceptaré tus disculpas.
—Gracias, supongo. Dame un minuto y voy a la cabaña a por el bañador antes de que me arrepienta.
—Eso está mejor, te espero en la linde del bosque.
Me siento como una furtiva cuando finalmente me reúno con él en el punto indicado, pero al parecer no soy la única que está paranoica, pues él no deja de mirar a nuestro alrededor. Por suerte, no hay nadie a la vista.
—Vestida así solo vas a conseguir atraer a los mosquitos —dice, mirándome de arriba abajo—. Y es superinadecuado para una excursión por el bosque.
—¿Qué dices? Si no voy de amarillo —me defiendo, señalando mi ropa.
He aprovechado mi fugaz visita a la caba ñ a para cambiarme el uniforme por un ligero vestido de tirantes.
Es de gasa de color negro y es posible que sea un poco corto y que transparente un poquito (ni confirmo ni desmiento que lo haya hecho a posta), pero ¿qué más da?
Debajo llevo el bañador y, para mi desgracia, no es el precioso biquini rosa que recordaba tener, sino el clásico rojo de una pieza del uniforme del campamento.
—Los colores que más atraen a los mosquitos son el rojo, el naranja, el negro y el cian, al contrario de lo que la gente cree.