CAPÍTULO 14 #3
«¿Semi qué? ¡Hay que ver cómo se las gastan tus hormonas, bonita!» , me contesta Lia.
—No me trabo —me apresuro a decir—. ¡Mira!
A continuación, tomo mi guitarra y reproduzco la secuencia, pero no tardo en meter la pata.
«Sí , señor, lo has clavado».
Pero Devon no se ríe, ni siquiera parece molesto porque haya salido a la defensiva. En su lugar, suelta su instrumento, acerca su taburete al mío un poco más, paciente, y me rodea la mano. Yo siento la mía estallar en llamas, pero no me muevo. Casi ni respiro.
—Es este dedo de aquí —me indica—. Está bien colocado, pero llega un pelín tarde.
Trago saliva. Intento mover los dedos, pero ni siquiera puedo asimilar lo que está pasando. Y Devon tampoco me da mucho margen porque se retira bruscamente y retoma la lección con su propia guitarra. Toca el mismo fragmento de nuevo, pero un poco más despacio.
—¿Lo ves? Fíjate en mis dedos. Pasamos de aquí, aquí, pero deslizándo nos, sin prisa, pero sin pausa. El movimiento debe ser natural. ¿No funciona igual el ballet?
— ¡Por favor! Bailar es un arte, no me lo compares con aporrear una guitarra.
«¿A qué ha venido eso?», me recrimina Lia.
«¡Yo qué sé! Estoy nerviosa, y cuando estoy nerviosa me reboto, ¿vale?».
Está claro que cuando pierdo el control de mis emociones, la vieja Cece aparece y me fastidia los planes.
—Lo siento —me disculpo, sincera—. No quería meterme con lo que te gusta.
—Cualquiera lo diría…
—¡Vamos! No te hagas el ofendido ahora. Tú lo haces todo el tiempo, y me he disculpado ¿no? ¿Qué más quieres?
«Y ya está la vieja Cece aquí de nuevo».
—Está bien. —Devon deposita su guitarra con suavidad en el suelo en un claro ejercicio de contención que no le dura mucho—. ¿Por qué no me cuentas quién es Cece Ross en realidad, aparte de una niña caprichosa y respondona?
— ¿Lo ves? ¡Has vuelto a hacerlo! Y y o ni siquiera me he metido contigo.
—Quizá no hayas llegado a insultarme, pero el listón está alto.
Vale, acaba de desarmarme. Me río y é l se contagia de inmediato. El ambiente se va caldeando y no es porque los rayos de sol incidan cada vez más sobre nosotros.
—Vale, puede que lo tenga merecido —reconozco—, pero no puedes recriminarme nada cuando tus formas tampoco es que sean las mejores la mayoría del tiempo.
—Soy de mecha corta —me confiesa.
«Vaya , vaya, tal para cual», interviene Lia, recordándome que así me describió ella a mí misma no hace mucho.
—Venga, empiezo yo si quieres —dice él.
Y entonces Devon me habla de su vida tranquila en Beakend, donde casi nunca ocurre nada, de sus padres, del instituto, y de sus ganas de ver mundo.
—Por eso acepté este trabajo —concluye—.
Se me dan bien los caballos, me conozco el bosque como la palma de la mano, mi padre me enseñó a tirar con arco de niño y algún día espero vivir de la música.
Mi intención es ahorrar lo suficiente para poder ayudar a mi familia y también abandonar este pueblucho cuanto antes.
—A mí me parece un lugar encantador —opino.
—No sé si creerme esa afirmación viniendo de una chica de ciudad.
—Precisamente porque he vivido en el otro lado, debes creerme. No te pierdes nada. Las grandes ciudades son abrumadoras. La vida allí es asfixiante; te pasas el día en piloto automático, corriendo de arriba abajo, cumpliendo con tus obligaciones sin pararte a respirar ni un segundo.
—Hablas como una adulta.
«¡Cuidado!» , me advierte Lia.
—Bueno, me refería a que, si te paras a tomar una gran bocanada de aire, es posible que la polución te haga toser, ja, ja.
Mi risa ha sonado tan falsa que Devon no me acompaña; sigue mirándome con su característica ceja alzada.
—Quiero decir que, bueno, ya sabes… —bajo la voz e intento ser sincera—. Mis padres siempre están diciendo esas cosas. Apenas paran en casa. Solo se quejan del trabajo, pero por culpa de sus puestos de responsabilidad no nos vemos mucho, excepto para cenar y poco más.
—Eso debe ser muy triste —reflexiona Devon—. Ahora entiendo muchas cosas.
« Ey, lo he salvado, ¿no, Lia?».
—Y supongo que ser hija única no ayuda mucho —añade, pasando los dedos por las cuerdas.
— ¿Hija única? Pero si Micah es mi…
« Es tu mejor amigo, Cece », completa Lia.
Me quedo quieta un segundo, concentrada en la mirada confusa que me está devolviendo Devon.
«¿Qué me acaba de pasar?».
«Eso es justo lo que iba a preguntarte ».
—O sea, no, no tengo hermanos —rectifico—, pero sí tengo un buen amigo, Micah. Que es como si lo fuera. Él me ayuda a llevarlo todo mejor.
—Ya… entiendo —concluye Devon.
El silencio se apodera del aula y empiezo a sentirme un poco incómoda.
«¿Acaso he dicho algo malo?» , le pregunto a Lia.
Pero mi voz no tiene tiempo para responder porque entonces suena la campana que marca el inicio de las actividades de la tarde.
—Será mejor que te vayas si no quieres llegar tarde a tu próxima clase. Siento haberte entretenido —se disculpa Devon.
—Tú no me has… Yo…
—¡Qué tengas buena tarde, Ross!
«¿ Ross otra vez? ¿Nada de Cece? ¿Ni siquiera “chica de ciudad”? ».
«Y así es como volvemos a la casilla de salida de nuevo », sentencia Lia.