Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

Ambas nos reímos (aunque mi risa es un poco histérica) y luego ella opta por cambiar de tema. Nos pasamos un buen rato charlando de cosas menos transcendentales y, menos mal, ni Devon ni las chicas vuelven a salir a colación. Solo somos Renata y yo, como en los viejos tiempos.

El domingo por la noche por fin puedo poner al día a Minnie de todo lo que ha ocurrido en las últimas horas y, casi sin darme cuenta, ya es lunes de nuevo y empieza la segunda semana de campamento.

Estamos en clase de guitarra y a pesar de que Devon prometió darme la tabarra, hasta ahora lo único que ha hecho ha sido ignorarme, incluso con más descaro que en las clases anteriores, y eso ya es decir.

—¿Estás enfadada con el profe? —me pregunta Kiara cuando acabamos la lección y salimos juntas de clase.

—No, ¿por qué dices eso?

—No lo sé, porque no os habláis.

—La gente no habla cuando no tiene nada que decirse —digo, y Kiara frunce el ceño.

—Sigo pensando que estáis enfadados. ¿Sabes? El otro día yo también me enfadé con mis compañeras de cabaña; Clare y Diane me pintaron un bigote con boli mientras yo estaba durmiendo. ¿Te lo puedes creer? Son muy malas.

—¡Cielo, eso es bullying ! ¿Se lo contaste a tu Hermana Mayor?

—No. Me fui al bosque y luego ya se me pasó.

—¿Te fuiste al bosque tú sola? ¡Kiara, no debes hacer eso! Es un lugar peligroso y podrías haberte perdido.

—No te preocupes, estoy en el grupo avanzado de Supervivencia y soy la líder de las girl scouts de mi barrio.

—¡Estupendo! Hasta una cría de nueve años me refriega por la cara mi torpeza—.

Solo fui a dar una vuelta y, cuando volví, las chicas me pidieron perdón.

No pasa nada, mi mamá dice que todos cometemos errores. Ya las he perdonado.

—Perdonar está muy bien, pero prométeme que me lo contarás si vuelven a molestarte y, por favor, no vuelvas a ir al bosque sola. Nunca se sabe lo que puede pasar.

—Está bien, te lo prometo, pero porque me caes bien para ser tan vieja, ¿eh?

¿Vieja yo? Será posible la mocosa esta… Pero para cuando quiero replicar, Kiara ya se ha ido dando saltitos. Me quedo ahí parada, preocupada por lo que me ha contado.

« Eso ha estado genial, Cece: has demostrado una gran empatía. Estás madurando», me felicita Lia.

«¿De verdad lo crees?».

Ahora sí, una sonrisa me llega a la boca. Si mi psicóloga viera lo mucho que estoy avanzando…

Una sombra se desliza a mi lado. Devon se esfuerza por pasar desapercibido y, con la mirada en el suelo, ni se despide de mí. No puedo evitar preguntarme si lo habrá oído todo y qué opinará al respecto.

Por suerte, no tardo en averiguarlo porque cuando estamos recogiendo los restos de la comida, se me acerca con disimulo.

—Cece, ¿puedes acompañarme, por favor? Me gustaría aclarar algo sobre la clase de hoy.

—Te veo luego —me susurra Minnie, escabulléndose cual traidora.

—¡No he hecho nada malo! —me defiendo, pero la mirada severa de Devon me obliga a morderme la lengua y seguirlo.

Me escolta de vuelta al aula de música, vacía durante la sobremesa. Cuando me invita a pasar delante de él y cierra la puerta tras nosotros, empiezo a ponerme nerviosa. ¿Qué clase de encerrona es esta?

—He escuchado lo que te ha dicho Kiara —comenta.

¡Claro! Ahora me echará la bronca por no haber dado parte de lo que me ha confesado la pequeña.

—Escuchar conversaciones privadas es de muy mala educación —me defiendo.

—No cuando eres un monitor —ataca.

—¿En qué quedamos? El sábado decías que no le pidiera peras al olmo porque solo eras dos años mayor que yo y…

—Has sido muy amable con la niña —me interrumpe—. Buen trabajo, Ross. Le echaré un ojo, pero si te enteras de que algo así se repite, promete que me lo contarás.

«Vaya, eso no me lo esperaba».

—Si le hacen algo a Kiara, yo misma ajustaré cuentas —aseguro.

—Tampoco te excedas, Superwoman . Podrías acabar en el aula de castigo.

—¿Es lo que estás haciendo ahora? ¿Castigarme? Porque se supone que estoy en mi hora libre.

—En realidad, quería compensarte. Kiara tiene razón, quizá te haya estado ignorando un poquito a propósito.

—Lo suelta sin más, pero algo dentro de mí se altera y se pregunta por qué.

Y ese algo se decepciona cuando Devon cambia de tema—: ¿Te apetece que te enseñe unos acordes?

Alguien me dijo hace poco que quizá no esté siendo buen profesor y me pesa en la conciencia. ¿Qué me dices?

«Eso aún me lo esperaba menos».

—De acuerdo —cedo.

Devon me invita a sentarme en el taburete junto al suyo y toma su guitarra.

La luz del sol, que penetra inclinada a través de la ventana, se derrama sobre el instrumento, creando juegos de luz sobre la madera mientras él acaricia las cuerdas con devoción, reproduciendo la última secuencia que nos ha enseñado en clase.

Para que luego digan que la magia no existe…

—¿Recuerdas los acordes? ¿Dónde te trabas exactamente? —pregunta, alzando el rostro al tiempo que se aparta los mechones castaños que le caen sobre la cara.

«¡Es como un semidios bajado a la Tierra!», suspiro.