Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Tardo en darme cuenta de que es nuestra tarde libre y que medio campamento debe de rondar por el pueblo. Siento que he sido una irresponsable, aunque en realidad no haya hecho nada malo.

—¿Tienes algo que contarme? —inquiere, la muy...

«Ojo con lo que vas a decir», me advierte Lia. Me conoce bien, porque he estado a punto de soltarle una burrada, pero en su lugar opto por hacerme la despistada.

—No sé de qué hablas.

—De ti y de ese monitor, por supuesto. Se os veía muy cómplices.

—Solo me lo he encontrado y nos hemos saludado. No te flipes. Y ahora, si me disculpas, llegamos tarde —añado dándome la vuelta, pero Violet me lo impide cogiéndome del brazo.

—Cece, Cece, Cece —repite chasqueando la lengua—. Está muy feo eso de mentir a tus amigas. Piensa en las normas que podrías estar infringiendo y, lo que es peor, qué pasaría si alguien se enterara. Desde luego sería catastrófico para el pobre chaval; perdería su trabajo como mínimo.

Se me pone la carne de gallina; eso es justo lo que Devon quería impedir.

—Y en cuanto a ti —contin ú a—, sería una lástima que te enviaran de vuelta a casa cuando no llevamos ni una semana en el campamento.

Además, ¿es que te has vuelto loca? ¿Qué haces relacionándote con ese papanatas?

¡Es un simple pueblerino! —lo dice con expresión de asco, pero yo solo puedo pensar que esa parte me suena, solo que la otra vez la dijo en otro contexto.

Cuando me insistió para que pasara de Devon—.

Demuestras muy poco respeto hacia ti misma yendo detrás de él. Te mereces a alguien mejor.

«¡Cuidado, Cece ! Ya sabes a quién te estás enfrentado. Juega tus cartas con conocimiento de causa. Si se chiva, estamos perdidas», me advierte Lia. Pero yo no puedo morderme la lengua esta vez.

—Lo dice la que no deja de comentar con Kennedy que bajáis al pueblo para… ¿c ómo dijo ella? ¡Ah, sí! Echar un vistazo al ganado.

—Una cosa es echar un vistazo, coquetear un poco, hacerles ilusiones incluso…

—dice, encogiéndose de hombros. Y me pregunto si eso es justo lo que acabo de hacer yo con Devon—, pero ahí se quedará todo.

En menos de un mes no los volveremos a ver.

¡Y ninguno de ellos es nuestro monitor! Estos chicos no pertenecen a nuestro mundo, Cece, baja a la Tierra. Por el bien de ambos.

¿A nuestro mundo? ¿Yo también sonaba así antes?

Con la ira trepando por mi garganta estoy a punto de replicar de nuevo, pero decido tomar aire y me decanto por quitarle hierro al asunto.

—Mira, Violet ¡te estás montando películas!

No sé qué crees haber visto, pero éramos dos personas saludándose, nada más.

No saques las cosas de contexto. —Hago una pausa–.

De todas formas, no te preocupes, no tengo ningún interés en él.

Me cae fatal, nos llevamos a matar, puedes preguntarle a cualquiera.

Solo lo he saludado por educación. Venga, vámonos antes de que nos castiguen por llegar tarde a cenar.

La morena se lo piensa, pero al final asiente, conforme con mis palabras. Puede que esta vez haya ganado la batalla, pero la guerra no ha hecho más que comenzar. Y lo peor es que a partir de ahora voy a ciegas. La última vez, Violet me convenció, pero ahora… a saber lo que me espera.

Desde nuestro encuentro, Violet no me ha dejado a sol ni a sombra, así que no he tenido oportunidad de hablar con Minnie sobre lo que ocurrió ayer, ¡si es que hasta en los talleres de esta mañana me ha tocado sentarme con mis compañeras de cabaña!

El domingo por la tarde estoy tan agobiada por la situación que ideo un plan.

Al ser el primer fin de semana, no tenemos demasiados deberes de las clases de repaso, así que me esfuerzo por terminarlos rápido y anuncio que me voy a dar una vuelta para despejarme.

Obviamente es solo una excusa, lo que en realidad pienso hacer es bajar a Beakend a ver si me cruzo con Devon otra vez.

Todavía me debe un ollie , ¿no? Es una cuestión de justicia.

Sin embargo, el tiro me sale por la culata.

Minnie insiste en acompañarme cuando me sonsaca que voy a pueblo; ella necesita llamar a casa y Violet y Kennedy, que la escuchan, se acoplan también.

¡No me creo mi mala suerte! Total, que al final acabo dándome una vuelta, pero con una a cada lado, mientras Minnie está en el locutorio.

—¡Cece, Kennedy! ¡Hola! —nos llama una voz a nuestra espalda.

Las tres nos giramos para ver a Renata, que viene hacia nosotras, contenta, gesticulando con el brazo en el aire.

—Ya estamos otra vez —murmura Kennedy por lo bajini. Le propinaría otro codazo si no fuera porque Violet se interpone entre nosotras.

—¡Por todos los diablos! ¡Es la bruja! —exclama, exagerando una mue ca de disgusto y, para el mío, todas la oímos sin problemas. La pobre Renata no sabe dónde meterse y nos mira alternativamente a Kennedy y a mí. Su cara es un poema.

—¿Cómo sabes mi nombre? —pregunta Kennedy, haciéndose la despistada—. ¡Ay, Vi! Tenías razón. Esto es cosa de brujería. Mejor nos vamos.

Y dicho eso, agarra a Violet del brazo y tira de ella. Yo me quedo rezagada.

—¡Cece! ¡Venga, v á monos de aquí! —me insta Violet.

—O mejor ve a buscar a Minnie, que ya está tardando. Nos vemos en el campamento —replica Kennedy empujando a su amiga del alma, que no duda en seguirla apresurada.

No doy crédito a lo que acaba de pasar. Apenas he tenido tiempo de reaccionar y ahora Renata, con esos ojos morados de otro universo anegados en lágrimas, se cruza de brazos y me mira enfurecida. Si no la conociera, estaría muerta de miedo.

—No te cortes y haz caso a tu amiga, ¡vete! ¡Soy una estúpida! No sé cómo se me pasó por la cabeza que lo del club pudiera funcionar.

—No eres estúpida —intento apaciguarla—, ellas lo son, y el club va a funcionar porque ni Minnie ni yo somos así y estoy segura de que Theresa tampoco. Eso sí, no puedo hablar por las hermanas Williams. A mí me sorprendió más que a ti que se apuntaran .

—¿Porque ya sabías que eran idiotas?

—Desde luego, Kennedy lo es —digo. «Aunque hasta ahora se había comportado», apunta Lia, pero después de esto ya no puedo darle la razón—. Siento mucho el mal rato que te ha hecho pasar y no voy a excusarla. Es una maleducada y no debería haberte faltado al respeto de esa manera.

Renata relaja un poco la expresión y casi me duele lo que voy a decir a continuación.

—El problema es que, por desgracia, sin ella y su hermana no hay club. Nos obligan a ser cinco. Pero tranquila, ya la pillaré yo por banda. O se disculpa y cambia de actitud o pienso chivarme.

«Y ni se te ocurra replicarme, Lia » , advierto. Mi voz interior calla.

—Tiene más veneno en la boca que una víbora, pero en el fondo tiene un poco de razón. La gente teme a lo que no conoce —contesta Renata con un hilo de voz.

—Yo no soy una cobarde, eso te lo aseguro, y desde luego soy más abierta de mente que esas dos cabezas de chorlito. ¿Te apetece que charlemos un rato?

Renata accede y nos sentamos en uno de los bancos de la plaza de detrás de la iglesia, hoy desierta de skaters .

—Desde que pisé Beakend por primera vez me invadió como una sensación mágica —digo, y no me estoy refiriendo a mi visita de ayer sino a ese futuro que he dejado atrás—. Es como si todo el pueblo estuviera envuelto en una especie de hechizo. Me encanta.

«¡ Ojo con lo que dices! », me advierte Lia por enésima vez, pero sé lo que estoy haciendo.

—De mente abierta has dicho, ¿eh? Pues prepárate para alucinar —me contesta Renata y ahogo un grito de victoria.

No tarda en hablarme de la Wicca y, aunque ya me conozco toda la historia, intento fingir: presto atención y hago comentarios pertinentes cuando toca. Al cabo de un rato, Renata parece sentirse mucho mejor y una sonrisa brilla en su rostro pálido. Objetivo conseguido.

«Solo pretendías llevarla a su zona de confort, ¿verdad?», pregunta Lia.

«Sí, quiero recuperarla, ganarme su confianza. La echo de menos», confieso.

«Está bien, puedo entenderlo, pero no hables más de la cuenta, podría ser peligroso. Nuestro futuro pende de un hilo y debemos ser cuidadosas de no tirar del equivocado y provocar un descosido ».

«No exageres, Lia. Tan solo quiero que Renata tenga la adolescencia que se merece, eso es todo. Pero tranquila, llevaré cuidado», le prometo.

—Pero ya basta de hablar de mí —concluye mi amiga—. ¿Qué hay de ti y Devon?

El corazón me da un vuelco.

—No sé a qué te refieres —disimulo. A este paso voy a convertirme en una experta en ocultar cosas.

—Vamos, Cece, Devon y yo somos uña y carne, es como mi hermano, nos lo contamos todo.

Sé que ayer pasaste la tarde con él en el almacén de las afuera del pueblo —dice con una sonrisa traviesa.

«Pues vaya, menos mal que no debía decirle ni una palabra a nadie.

¡Ya podría cumplir él con el ejemplo! » —.

Es un buen chico, solo te pido que, por favor, no le hagas daño.

—¿Me tomas por Violet? —me pongo muy rígida.

—¿Quién?

—La morena que acompañaba a Kennedy. Es mi otra compañera de cabaña y esa sí que es una víbora. Puede que vengamos de mundos parecidos, pero te aseguro que no tengo nada que ver con ella. Puedes estar tranquila, tengo los pies en la Tierra.

«La mayoría de las vece s » .

—Está bien, no te conozco mucho, pero tienes un algo que…

—se calla y yo mantengo la respiración, tensa— …

pareces buena chica —reformula. Yo dejo escapar el aire retenido con disimulo.

Eso ha estado cerca—. Solo te digo que no lo metas en ningún lío.

Me fastidió que renunciara al club, pero lo entiendo.

Ese trabajo es su salvavidas. Su familia está pasando por problemas económicos bastante graves, ¿sabes?

—Vaya, no lo sabía, ¡ cuánto lo siento! —Y estoy siendo sincera. Ahora comprendo sus recelos, lo nervioso y tenso que se pone cada vez que estoy cerca. Para mí es solo un juego, pero para él podría acabar en un desastre, como me amenazó Violet el otro día.

—La vida no es de color de rosa y ¡menos mal! Odio ese color.