CAPÍTULO 13 #3
—Acabemos con esto —me interrumpe y, sin más dilación, empieza su lección—.
Te voy a enseñar a hacer un ollie sencillo.
Es la base del resto de movimientos. Consiste en un pequeño salto que eleva la tabla del suelo sin tocarla.
No debes usar las manos, el movimiento de los pies y el cuerpo es la clave. Empezaremos en parado, en la explanada.
Devon me cede su monopatín y se sitúa a mi lado. Yo subo, un tanto insegura, pero consigo mantener el equilibrio.
—Bien, apoya la punta o la mitad de un pie sobre la cola de la tabla. El otro pie debe estar cerca del centro y un poco inclinado. No te olvides de flexionar las rodillas y mantener la espalda bien recta —me indica.
Su rostro está relajado mientras habla; ha dejado atrás cualquier resquicio de enfado.
Eso es algo que me fascina de Devon: da igual cuánto lo presione o lo mucho que lo irrite…
siempre acaba siendo amable conmigo. Y ahora está claro que se encuentra en su elemento, así que me esfuerzo por registrar mentalmente cada una de sus instrucciones para intentar llevarlas a la práctica.
A continuación, deslizo los pies hasta colocarlos en posición y hago lo mismo con el resto del cuerpo. Por ahora, voy bien.
—Perfecto. Ahora llega el momento clave: con el pie de atrás pisa la cola hacia abajo para que esta golpee el suelo y la parte delantera de la tabla se eleve.
Cuando oigas el pop , desliza el pie de delante un poco, hacia la punta, y prepárate para saltar.
¿Lista? —pregunta Devon y yo asiento, no muy convencida esta vez—. Tres, dos, uno… ¡Ya!
Trato de copiar los movimientos que me ha indicado, pero la minifalda vaquera no ayuda y la tabla se inclina hacia la derecha antes incluso de que me plantee saltar.
Devon extiende el brazo, pero consigo mantener el equilibrio y caer limpiamente de pie en el suelo.
Él lo retira de inmediato sin apenas rozarme.
«¡Lástima!».
—¡Bien salvado! —me felicita—. Vuelve a probar, pero esta vez recuerda que no debes mirar al suelo, sino al frente, y no olvides deslizar el pie delantero o podrías…
Pero ya no lo escucho: la adrenalina se ha apoderado de cada nervio de mi cuerpo y, antes de dejarle terminar, lo intento de nuevo con renovada confianza.
«Demasiada , diría yo», interviene Lia.
Y, como si hubiera previsto lo que va a suceder, esta vez sí pierdo el equilibrio y me voy de cabeza al suelo. Por suerte, Devon es de reflejos rápidos y me recoge entre sus brazos.
—… caerte de morros —concluye.
Debería despegarme de él, pero soy incapaz. Con el rostro enterrado en su pecho, aspirando el aroma marino que lo acompaña siempre, estoy en el paraíso. Así que no, gracias, de aquí no me muevo.
—Oye… ¿Cece? Me estás aplastando. Si no te importa, los seres humanos necesitamos respirar para vivir —dice y entonces sí me aparto por fin, sintiendo c ó mo se me incendian las mejillas.
Es la primera vez que estamos tan cerca. En mis recuerdos del pasado este escenario nunca tuvo lugar, y desde que Renata me mandó aqu í no había conseguido nada parecido. También es la primera vez que el corazón me va tan deprisa.
—Suficiente por hoy, gracias —digo, nerviosa, retrocediendo un paso hacia atrás, con tal mala suerte que me tropiezo con el skate tirado en el suelo y casi me caigo otra vez.
Devon me agarra del brazo para estabilizarme y su rostro queda ahora a escasos centímetros del mío. Siento su respiración, tan entrecortada como la mía. Y parece que él también se ha dado cuenta, porque se separa inmediatamente y recoge el monopatín.
—En fin, será mejor que me vaya —decido de repente, empezando a sentirme un poco incómoda—. Debo estar de vuelta en el campamento antes de la cena.
—Vale. Nos vemos por allí entonces —me contesta.
—Seguro.
—Y, por cierto, Cece. No comentes nada de esto a nadie.
—¿No te dejan tener amigos o qué?
—Tú y yo no somos amigos —dice muy serio—. Te recuerdo que tenía mos un trato.
—Sí, y yo te recuerdo que no he aprendido a hacer el ollie , así que no has cumplido con tu parte.
—¡Qué culpa tengo yo de que seas tan torpe!
—A lo mejor es que no eres tan buen instructor como te crees.
—Hay gente que no quiere aprender.
—Ese es tu problema —bufo—. Tu trabajo es conseguir que lo haga, profe.
—Pienso seguir haciéndote la puñeta durante las clases, que lo sepas —me advierte.
—¡Qué maduro por tu parte!
—No le pidas peras al olmo. Solo soy dos años mayor que tú.
—Y lo demuestras muy a menudo. Eres todo un ejemplo a seguir como monitor.
—Bueno, solo es un trabajo de verano.
—Pensaba que para ti era importante.
Lo digo con sinceridad. Sé que Devon se toma esto muy en serio y, aunque me estoy comportando como una niñata, es obvio que no pienso hablarle de esto a nadie. No quiero que se meta en problemas.
—Lo es, por eso voy a hacer como que esto no ha ocurrido. —Y, malinterpretando mis palabras y sin darme opción a réplica, echa a andar de vuelta a Beakend.
Me apresuro a seguirlo.
Cuando llegamos a las inmediaciones del pueblo, él se despide con un gesto de mano y se interna entre sus calles.
Me quedo quieta, observando cómo se aleja.
Cuando por fin me doy la vuelta para tomar la dirección contraria, hacia el campamento, me doy de bruces contra alguien.
—¡Vaya! ¡Hola, Cece! Te he visto muy bien acompañada.
Violet me sonríe de oreja a oreja.
«¡ Maldita sea! ».