CAPÍTULO 13 #2
Menos mal que el resto no la ha escuchado, pero aun así me hierve la sangre. Estoy tan enfadada que casi se me pasa por alto otro dato que me ha llamado más la atención que su mala baba.
«¿Su tía?», me pregunto.
Pero no hace falta que Lia me responda. Acabo de unir los cables yo solita: Felicity se apellida Williams, como Kennedy y Angela. ¡Son familia!
«Eso significa que quizá Kennedy no sea una mandada de Violet después de todo, sino una enchufada con información privilegiada. Por eso te acusó de ser una “grácil bailarina” », deduce Lia, acordándose de la discusión que mantuvimos cuando la pillé saliendo a correr temprano.
« Bueno, también puede saberlo porque lo grit é a pleno pulmón el primer día en el comedor cuando le pedí a Nicky que me cambiara de clase».
«Quizá…» .
«En cualquier caso, eso no la salva de la quema de brujas. Todavía no sé de qué pie cojea esta chica. No me fio de ella».
« Podríamos darle una oportunidad, por lo del grupo, ya sabes ».
«Pero ¿ tú la has escuchado, Lia? Es una bocazas y de no ser por Minnie…».
«Pero Kennedy no ha gritado para hacerse oír por encima de tu amiga. En la práctica, diría que hasta ha bajado el tono de voz cuando se ha percatado de la bomba que estaba a punto de soltar».
« Mmm, me lo pensaré».
—¿Y qué hacemos? —pregunta Renata, sacándome de mi discusión mental—. He estado con la encargada de la biblioteca esta mañana y me ha dicho que ya había hablado con los responsables del campamento y que no había ningún problema, pero si esto supone un conflicto de intereses…
—No habrá ninguno porque renuncio al club, Renata —la interrumpe Devon—. No quiero rollos. Necesito conservar este trabajo. ¡Pasadlo bien!
—Pero, pero… —tartamudea Renata.
Pero Devon ya se ha alejado del grupo.
— ¡No pasa nada! ¿Qué tal si nos tomamos algo en la terraza de la panadería y hablamos de posibilidades de lectura para esta primera quincena?
—sugiere Minnie—. Cece y yo estuvimos allí el otro día y está todo riquísimo.
Aprovechemos el día ya que estamos aquí.
¡Qué más da ser siete que seis! Lo importante son los libros.
Todas le dan la razón, incluso Renata, que sabe que no le queda más remedio si quiere que su querido club siga en pie.
—Por cierto, Cece. ¿No tenías que ir a llamar a tu familia porque solo puedes pillarlos a todos juntos en casa los sábados por la tarde?
—añade Minnie—. El locutorio de la biblio debe estar abierto.
Ve, no te preocupes. Luego te cuento qué hemos decidido si se enrollan tus padres.
¡Ya sé que tu madre es un poquitín pesada!
—«¡No sabe cuánto!»— . Es por allí. —Señala con una mano la callejuela por la que acaba de desaparecer Devon.
Me sorprende la camaradería de Minnie. Últimamente no deja de hacer cosas por mí. ¡Incluso soltar esa pedazo de trola! Está irreconocible, pero se lo agradezco con una leve inclinación de cabeza y me prometo hablar seriamente con ella más tarde . Quizá haya llegado el momento de abrirme del todo.
Sin pensármelo dos veces, doy media vuelta para ir tras Devon. Kennedy me mira con suspicacia cuando me adelanta para seguir al resto del grupo, pero, gracias al cielo, no hace ningún comentario.
No tardo en alcanzarlo.
El sonido de mis pasos a su espalda hace que se detenga y se dé la vuelta. Cuando ve que soy yo, resopla.
—Antes de que me acuses de algo, no te estoy persiguiendo cual psicópata —me apresuro a decir—. Te juro que es casualidad. Llámalo destino si quieres.
—Destino, ¿eh? —Sonríe de lado—. Mi amiga Renata cree en esas cosas, yo siempre he tenido mis dudas, pero está claro que lo que está ocurriendo aquí se escapa a mi conocimiento.
Casi me atraganto al escucharlo. ¿Sospechará algo? ¡No! ¡Imposible! Devon no me puede recordar porque el futuro aún no ha llegado. Estoy actuando como una paranoica, ¿no?
—Es broma, Cece —aclara él—. Te has puesto verde.
«¡Maldita sea!».
—Estoy aquí por una apuesta —miento por si las moscas—. Angela me ha retado a hacer una pirueta con el skate sin partirme la crisma. Quedaré como una pringada si no lo consigo. Además, ya sabes que ella y Kennedy son veteranas, me harán la vida imposible si fallo. ¿Me ayudas?
Devon frunce el ceño.
—¿No te estarán haciendo alguna novatada? ¡Están prohibidas en el campamento! Si Felicity se entera, se va a liar una gorda y se disgustará muchísimo cuando descubra que sus sobrinas están implicadas.
—Espera, ¿sabías que estaban emparentadas?
—Pues claro, ¿quién no? En todas partes hay jerarquías.
—¡Exacto! Por eso comprenderás que no puedo fallar y que tú no te puedes chivar. Necesito encajar y no querrás darle un disgusto a la pobre anciana, ¿no?
— ¡Puf! Felicity es de todo menos una pobre anciana — dice, aunque se nota que está dudando—. Además, ¿Cece Ross teniendo problemas para encajar? ¡Esa sí que es buena! No he conocido a nadie que tenga tanto morro como tú.
—¡ Por fiii ! Te prometo que dejaré de molestarte si accedes a ayudarme.
« Mmm, ¿estás segura de que eso es lo que queremos?», pregunta Lia.
«¡Calla! Es un truco y…».
—De acuerdo, trato hecho —dice Devon tendiéndome la mano.
Dudo un segundo. Después se la estrecho, nerviosa, pero en lugar de provocarme cosquillas me da hasta un poquito de asco; está sudorosa. Aunque lo importante es que…
« … ¡ el pez mordió el anzuelo!».
«Eso mismo».
—Un solo truco y me dejarás en paz, ¿prometido? —añade Devon desafiante, apretando mi mano más fuerte. Me está empezando a doler—. Como le he dicho a Renata, necesito este trabajo y una pija como tú no me hará perderlo.
—¡Oye! —exclamo indignada, soltándolo por fin.
Devon se parte de risa.
—¡Era broma, chica de ciudad! —No sé si con ese término lo arregla—. Venga, vamos a un sitio que conozco, te va a flipar.
Si por « flipar » se refiere a ponerme los pelos de punta, lo ha conseguido.
Devon me lleva a las afueras del pueblo, donde un almacén municipal se alza sobre una explanada que desemboca en una rampa para carga y descarga de camiones.
El asfalto aquí no está empedrado, sino que es relativamente liso.
A un lado hay una acera que conduce a la puerta principal del edificio, cuyo bordillo es casi inexistente; al otro hay un murete que delimita el espacio.
A estas horas de un sábado por la tarde, el perímetro está desierto.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunto, temiéndome lo peor.
—¡Bienvenida a mi pista de prácticas! —exclama Devon con una sonrisa tan amplia que casi parece maligna.
—Estás de coña, ¿no?
—¡Para nada! No esperarías que fuera a enseñarte en medio del pueblo, ¿no? Te estoy salvando de hacer el ridículo. No hay de qué, por cierto.
—¡Claro! Porque no lo haces por temor a que alguien nos vea juntos. No vaya a ser que peligre tu empleo.
—¡Tú nunca lo entenderías! —me acusa. Su tono burlón se ha agriado un poco. Creo que he metido la pata.
—Oye, no pretendía…