CAPÍTULO 13
—Resultado erróneo, Cece. Recuerda el orden de las operaciones combinadas: PEMDAS (Paréntesis, Exponentes, Multiplicación, División, Adición y Sustracción).
Ignorar esta norma lleva a resultados equivocados, incluso si los cálculos básicos son correctos.
Es un error de principiante. ¿Dónde tienes la cabeza esta mañana? —pregunta el profesor Carson.
« Las operaciones matemáticas tan solo requieren práctica », me recuerda Lia, utilizando en mi contra las mismas palabras que le dije a Kiara hace unos días.
La cuestión aquí es que, a Carson, más conocido entre las chicas como Dawson por su gran parecido con el personaje de Dawson crece , no le falta razón: mi cabeza está lejos del aula de repaso donde asisto a la primera clase formal de los sábados por la mañana.
La tengo, concretamente, en Beakend y en lo que puede pasar esta tarde cuando asistamos a nuestra primera reunión extraoficial del club de lectura.
Al final, a Nicky le pareció bien nuestra idea. Pero no nos dio tiempo a celebrar nada porque, aparentemente, se necesitaban cinco personas para poder autorizar la propuesta.
Y como si el destino quisiera que todo volviera a su lugar, Kennedy nos escuchó y se ofreció, según ella (y después de que Violet la llamara «rata de biblioteca»), porque «ellas van a tener una tarde extra en el pueblo gracias a su gran idea.
Piensa en las posibilidades: puedo echar un vistazo al ganado, escaparme para hacer algunas compritas… ».
Por suerte, Violet ya se había unido a las animadoras, o también tendríamos que cargar con ella.
Así que ahora no dejo de hacerme preguntas: ¿Encajaremos con la amiga de Renata? ¿Chocarán Renata y Kennedy como en el pasado anterior?
— ¡ Shhh, Cece! —me chista Violet, volviéndose con discreción desde el pupitre de delante cuando el profesor está lejos de nuestro alcance—. Entiendo que te distraigas, yo no puedo dejar de babear ante semejante portento de la naturaleza, pero sé un poco más discreta.
Se ríe y yo pongo los ojos en blanco. Carson podría definirse como agraciado, mono incluso, pues las mechas rubias que destacan entre la despuntada melena castaña y los rasgos angulados que le marcan el mentón y le alzan los pómulos no pasan desapercibidos, desde luego, pero le fallan esos ojos diminutos que me recuerdan a los de un pequeño roedor curioso.
«Ay, Lia. Pero ¿ qué estoy diciendo? ¿Por qué estoy analizando a un profesor como si fuera un nuevo candidato en el que fijar mi objetivo? ¡Es asqueroso!».
«Son las hormonas. Bueno, eso y la mala influencia de la bruja . Cuánto más lejos de ella, mejor. Extiende sus tentáculos y su pegajosidad es contagiosa».
«¿La bruja? ¿Qué tiene que ver Renata con todo esto?».
«Me refería a tu compi de cabaña, ya sabes, nuestr a rival a batir».
« Sí, Violet es peligrosa hasta cuanto intenta integrarme en su juego, pero no va a funcionar, ¡ es tan superficial…! ».
«Tanto como lo eras tú en esta época», apunta Lia.
Puede que mi voz interior tenga razón, pero eso me llena de ganas de demostrarle que he madurado, que puedo cambiar todo esto. Y esta tarde es definitiva para ello.
Me tengo que tragar mis propias palabras cuando, después de comer, me sorprendo a m í misma escogiendo con mimo las prendas que voy a llevar al pueblo porque, después de todo, sí me importa causar una buena impresión.
Tras desordenar mi cajonera, me decido por una camiseta de cuello redondo y una gargantilla ceñida. La acompaño con una minifalda vaquera que en 2012 hubiera funcionado por s í sola, pero a la que ahora siento la necesidad de añadir una cadenita sobre el cinturón.
Tras pensármelo un rato, me recojo el pelo en dos moños, perfectamente descuidados, a ambos lados de la cabeza. Remato el conjunto con una diadema a juego.
«¿Serán demasiado accesorios?», pienso mirando alrededor.
Pero cuando me percato de que Minnie se está recogiendo el pelo corto con decenas de pincitas de colores en forma de corazón, más incluso que las que llevaba el día que la conocí, confirmo que no me he excedido.
Kennedy, por su parte, opta por una especie de túnica estilo boho , cruzada por encima de unos vaqueros ajustados.
Me da calor solo de verla, pero ella parece muy satisfecha cuando se gira frente al espejo.
Me pregunto por enésima vez que se traerá entre manos.
«No la pierdas de vista, pero tampoco olvides que es gracias a ella que tenemos club», opina Lia.
Muy a mi pesar, tengo que reconocerle ese mérito a la rubia, pues ha sido ella la que ha traído a las chicas que nos faltaban para completar el grupo de cinco: su hermana Angela, de catorce años, y la mejor amiga de esta, que no es otra que Theresa, mi tímida compañera de clases de guitarra.
—Me encanta leer —me confiesa esta mientras nos dirigimos al punto de encuentro donde hemos quedado con Renata. Y creo que es la frase más larga que me ha dirigido hasta la fecha. Ya es un avance.
—¡Mirad! ¡Cómo mola! ¿Creéis que nos dejaran unirnos?
Esa es Angela, que parecería un clon de su hermana si Kennedy dejara de pensar en las apariencias. La pequeña de los Williams se ha recogido sus rizos característicos en una coleta alta y viste un look completamente deportivo a pesar de ser fin de semana.
Cuando rodeamos la iglesia, comprendo a lo que se refiere. ¡Cómo no lo había pensado!
La plaza trasera es el lugar de reunión favorito de los chicos del pueblo y, en estos momentos, está llena de skaters que se pican unos a otros para ver qui é n logra la acrobacia más impresionante sin besar el suelo. El corazón me da un vuelco al reconocer a Devon entre ellos.
—Creo que es mejor que nos sentemos allí hasta que venga nuestra amiga, no creo que tarde —sugiero, dirigiendo a mis compañeras hacia un banco que está a una distancia prudencial de los chicos. Angela parece desilusionada, pero me sigue y el resto la imitan.
Cuando las cinco tomamos posesión del banco, Minnie, que es mucho más espabilada de lo que aparenta a simple vista y ha captado lo que está pasando, intenta distraer al resto con una historia absurda mientras yo no le quito ojo a Devon.
Es el prototipo de skater boy de los 2000, con la camiseta tres tallas más grande, hinchándose contra el viento mientras el cordón negro del que cuelga una tuerca de monopatín baila sobre su pecho con cada movimiento que hace sobre la pista improvisada.
Y, aunque se nota que posee un talento innato ( ¿ qué no sabrá hacer este chico?), sus giros y saltos, rápidos y precisos, no evitan que la ropa interior le asome por encima de los pantalones cargo que suele llevar, convirtiendo sus piernas contorneadas en todo un espectáculo.
«Deja de suspirar y mira quién viene, Cece ».
Lia se refiere a Renata, que llega corriendo por el callejón adyacente, haciendo que el nudo del estómago, que se me había aflojado ante el espectáculo, se me apriete con más fuerza que nunca.
—¡La bruja! —exclama Kennedy entre dientes, pero lo suficientemente alto para que la oiga. Le arreo un codazo entre las costillas, al estilo Savannah, y ella me mira mal, pero se muerde la lengua.
—Siento el retraso —se disculpa Renata, boqueando—.
A veces ayudo a mi madre en el hostal y se me ha ido el santo el cielo.
¡Vaya, chicas! ¡Habéis reunido a mucha más gente de la que me esperaba!
—añade al percatarse de la presencia del resto—.
¡Qué guay! Dejadme que avise a mi amigo y nos presentamos.
¿Ha dicho amigo? ¿Con o? ¿ Amigo y no amiga? Mi corazón se salta un latido cuando Renata se gira hacia la plaza.
— ¡ Oye, D! ¡Aquí! —exclama, moviendo los brazos con brío.
A mi lado, Kennedy se pinza la nariz con los dedos, visiblemente avergonzada por la manera en que Renata llama la atención del grupo de skaters .
«No puede ser», me digo cuando veo que Devon nos mira y niega con la cabeza. ¿Nos habrá reconocido desde su posición?
«Vaya , vaya, ya decía yo que la bruja escondía algo cuando nos habló de su pasado. Conocía al punk después de todo», reflexiona Lia.
«No seas Kennedy, por favor. Con una tenemos bastante. Además, Renata es nuestra amiga ».
« No lo he dicho con mala intención como tu coleguita. Y ya sabes que yo quiero a nuestra bruja, aunque nos haya ocultado cositas. Es gracias a su magia que estamos aquí. O al menos según tú, porque yo sigo pensando que el barbudo ese de la caja de cristal tuvo mucho que ver y…».
«Kennedy y yo no somos coleguitas y en cuanto a lo otro… », me interrumpo al ver que Devon está acercándose a nosotras. «¡Ay, Dios mío! Viene hacia aquí de verdad, ¿ qué hago, Lia?».
«Actúa con normalidad y límpiate la baba, por favor».
«¡Idiota!».
«Yo también te quiero».
Mientras estoy enfrascada en mi diálogo interno, Devon llega a nuestra altura.
—Os presento a mi amigo, Devon. ¡Nos conocemos desde niños! Es el otro componente del club de lectura. Devon, estas son nuestras nuevas incorporaciones, te presento a…
—No te molestes, Renata —la interrumpe—, ya las conozco a todas. Theresa, Kennedy, Angela, Minnie, Cece, ¿qué tal?
A pesar de su educado saludo, el rostro de nuestro monitor refleja todo lo contrario: está claramente incómodo y, por cierto, ¿soy yo o me ha dejado la última a posta? Además, ahora que lo analizo, lo ha dicho con un retintín que no me hace ni pizca de gracia.
—¡Oh, vaya! A veces olvido que trabajas en el campamento… —se lamenta Renata.
—¡Es nuestro profe de Supervivencia! —exclama Angela, señalando a su hermana.
—Guitarra —murmura Theresa bajando la vista al suelo.
—Sí, sí, creo que ha quedado claro, chicas —interviene Minnie. Y gracias a Dios que lo hace en voz bien alta, ahogando las palabras que suelta Kennedy al mismo tiempo.
—La que más lo conoce es Cece. Va a Tiro con arco y hasta ha cambiado sus clases de danza por las de guitarra para estar con él, ¿a qué sí, compi? —Me devuelve el codazo y yo gruño—. Lo que no s é es qu é haces en pintura con mi tía, eso no te hará parecer guay si lo que quieres es impresionarlo.