CAPÍTULO 12
La semana ha sido confusa como poco. Así que cuando el viernes amanece con la promesa de que el fin de semana está a la vuelta de la esquina y de que dispondré de tiempo libre para replantarme mi estrategia con Devon y, con suerte, provocar un acercamiento que no desemboque en pelea o lástima, me despierto de un humor excelente.
Miro mi reloj de pulsera y me sorprendo al comprobar que todavía son las seis y media de la mañana, pero, incapaz de volver a dormirme, salgo de la litera con cuidado de no despertar a Violet.
La habitación está en penumbra, pero consigo echarme una sudadera por encima y me escabullo hacia el exterior.
Afuera, los primeros rayos de sol bañan el bosque al fondo y me siento irremediablemente atraída por su presencia.
Echo a andar en esa dirección, con el único sonido del crujir de mis pisadas sobre el terreno como compañía.
El aire, aún fresco, huele a la humedad del primer rocío de la mañana, que en breve desaparecerá, cuando el ambiente se vaya caldeando.
Sin dejar de caminar, doblo la esquina de una cabaña con los ojos cerrados, intentando beberme las sensaciones y conectar con la naturaleza.
Entonces siento un golpe violento en el pecho que me tira de culo al suelo. Abro los ojos, desconcertada. Enfrente de mí, también tirada sobre la tierra, hay una chica rubia, sudorosa y con las mejillas sonrojadas por el esfuerzo que se lleva una mano al pecho, dolorida. Yo imito su gesto.
«¡Auch! ¡Duele!».
—¿Qué narices estabas haciendo caminando con los ojos cerrados? ¿Acaso eres sonámbula? —me recrimina Kennedy, enfadada.
—Yo solo… he salido a dar un paseo… no podía volver a dormirme y… Espera, ¿de qué ibas huyendo tú? Venías corriendo, por eso nos hemos chocado. ¿Ha pasado algo?
Mi compañera de cabaña desvía la mirada.
—He ido a ver si había recibido correo.
—¿A las seis de la mañana? No creo ni que el cartero haya salido del pueblo aún.
—Es que ayer estaba ocupada y no me pude pasar a comprobarlo, quería hacerlo antes del desayuno.
—¿Con el uniforme deportivo?
—Vale, vale, me has pillado, ¿contenta? —admite al final, a regañadientes.
—No, ¿por qué habría de estarlo? Imagino que acudirás al fitness opcional de las siete de la mañana. Lo que no entiendo es por qué te estás esforzando tanto en ocultarlo.
—¡No se lo digas a Violet, por favor! —me implora nerviosa.
—No voy a hacerlo —la tranquilizo, cambiando de tono. Ni siquiera sé por qué me he puesto en plan borde tan rápido. Estas hormonas adolescentes me están matando—, pero no sé qué tiene de malo.
—Tú no lo entiendes.
—¿Y qué tal si intentas explicármelo? —la animo, levantándome del suelo y ofreciéndole la mano para que ella haga lo mismo. Kennedy se lo piensa un segundo, pero finalmente acepta mi ayuda y se pone en pie. Juntas caminamos por las inmediaciones del bosque.
— Fitness empieza a las siete, todavía es pronto —me confiesa— y yo ni siquiera estoy apuntada.
Me levanto más temprano para que nadie me vea: salgo a correr, hago algunos ejercicios y antes de las siete me meto en la ducha y luego…
—duda, pero prosigue— me vuelvo a meter en la cama para que no sospechéis, porque casi me pilláis el primer día.
Eso aclara algunas cosas, pero…
—Sigo sin entenderlo. ¿Por qué te escondes? —pregunto—. ¿Qué tiene de malo hacer deporte?
—¿Estás de broma? Aquí o encajas o te marginan, así es como funcionan las cosas.
—¿Y si haces deporte no encajas? No lo pillo. El White Yarrow promueve el ejercicio.
—Claro, ¿cómo lo vas a pillar tú? ¡L a maravillosa Cece Ross! La grácil bailarina, la experta amazona, la que consigue llamar la atención hasta de los monitores con su simple presencia…
« Espera, stop , ¿qué está diciendo? ¿Y por qué parece que ha cambiado de tema? ».
—Rebobina, no sé a qué te refieres.
—Vamos, Cece, te vi el otro día en Supervivencia. Ese rollito raro que te llevas con cierto monitor melenudo no es normal. ¿Es que te van los punks ?
—¡Guau! ¡Para! No sé qué estás insinuando, pero no tengo ningún rollito raro con ningún… melenudo. En realidad, nos llevamos a matar. Y para que te enteres, no sé quién te habrá informado, pero lo ha hecho mal, porque no voy a Ballet. Voy a…
Estoy a punto de confesarle que cambié Danza por Guitarra, pero eso no hará más que confirmar sus sospechas de que voy detrás de Devon. Pero es que, aun así, por mucho que me esfuerzo no logro comprender el porqué de su comportamiento. A no ser…
«¡Bingo para la señorita! Kennedy es íntima de Violet . Seguro que está evaluando a la competencia para dejarle vía libre a su amiga. Te apuesto algo a que a estas alturas Violet ya ha fijado la diana en Devon», concluye Lia por mí.
Pues si eso es cierto, lo mejor es huir de aquí cuanto antes y escurrir el bulto.
—Bueno, mira, piensa lo que quieras. Estados Unidos es un país libre. ¡ Ciao , bonita!
—¡Espera! —Kennedy me agarra de la muñeca, haciéndome girar para encararla de nuevo. Ha bajado los humos y ahora solo veo el miedo en sus ojos—. Olvida lo que te he dicho, ¿vale? No diré nada si tú me prometes que no le contarás a nadie que me has visto.
—No dirás nada porque no ha ocurrido nada —matizo—. Tus fuentes están equivocadas. Punto. En cuanto a tus salidas al amanecer, no me la pueden traer más al pairo. Haz lo que te dé la gana. Al contrario que tú, no voy a juzgarte por ello y es muy triste que pienses que alguien vaya a hacerlo.
Kennedy me suelta como si mi piel quemara. Tiene el rostro desencajado, pero no me quedo a escuchar su réplica. Me doy la vuelta de nuevo y, esta vez sí, me largo por donde he venido.
« Mmm, lo que me gusta a mí un buen salseo. ¿Tienes palomitas, Cece? ».
Camino por las calles empedradas de Beakend con el corazón en un puño, evocando mi estancia allí hace apenas unos días (o unos años, en realidad) y no me sorprende comprobar que todo sigue igual.
El pueblo continúa anclado en el pasado con sus casitas de cuento de hadas en tonos tierra, con sus tejados a dos aguas sobre los que destacan las chimeneas de piedra apagadas en esta época del año pero que todavía puedo recordar humeando e invitándote a refugiarte en el interior de los hogares, junto al fuego.
Casi todas comparten las mismas ventanas diminutas con marcos de madera desgastados por el paso del tiempo y las inclemencias climáticas: el calor húmedo del verano culpa del lago y el frío cortante del invierno.
Es curioso ver que algunas puertas comparten timbres eléctricos y aldabas de hierro sobre sus enormes cerraduras.
Me echo la mano al bolsillo automáticamente, como si sintiera la pesada llave de mi casa en él, pero no encuentro nada.
Me pregunto si mi futuro hogar estará vacío o alguien vivirá allí.
Mis pasos me guían a través de las serpenteantes calles, siguiendo un patrón conocido, pero me detengo al encontrarme frente a un viejo callejón donde apenas llega la luz del sol.
No, no tiene ningún sentido seguir por aqu í a pesar de que sé perfectamente a dónde lleva ; no es la opción que escogería alguien que pisa por primera vez ese pueblo.
—Quizá podríamos montar un club de escritura creativa —dice Minnie, rompiendo el silencio.
Las Hermanas Mayores nos han sugerido que pensemos en nuestras propuestas de clubes estudiantiles durante la tarde libre—.
Este lugar tiene la ambientación ideal para un cuento, aunque no por ahí —apunta el callejón—, no me van las historias de terror. ¿Seguimos por allí mejor?
Minnie señala justo al lado contrario de la calle, donde un enorme arco de piedra da acceso a la que reconozco como la plaza mayor del pueblo.
—¿Tú también lo hueles? ¡Es el olor de la libertad! —exclama extasiada, arrastrándome en esa dirección.
Sé a lo que se refiere. En Beakend, lejos de las instalaciones del campamento y la supervisión de los monitores, una se siente sin ataduras.
Y la sensación es más fuerte ahora que soy adolescente.
Tu familia tampoco puede controlarte aqu í, así que el tiempo libre te pertenece, dejas de medir las horas según el estricto horario del White Yarrow y solo tú decides a dónde te llevan los pies.
En el caso de Minnie, se dirigen hacia el horno del pueblo, la panadería de la señora Rivers.
No ha podido escoger mejor. Algunos negocios locales han cambiado en el futuro, pero se conservan los más emblemáticos, y este es uno de ellos.
Después de comprarnos dos trozos de tarta de manzana que nos sirven acompañados de una bola de helado, nos sentamos en la terracita improvisada que solo montan en verano.
—A lo mejor podríamos proponer un club de cocina —sugiere mi amiga, llevándose un buen pedazo de tarta a la boca.
Me encojo de hombros. Nunca se me ha dado muy bien cocinar, pero ahora mismo estoy remodelando mi futuro así que, ¿por qué no? Quizá así me salve de vivir a base de ultraprocesados, que es lo que hacía desde que lo dejé con Maddox.
—Mmm, esto es vida. Sí, señor —añade Minnie, probando ahora un poco de helado—.
Aunque la receta se podría mejorar con algunos retoques: chispitas de chocolate, virutas de colores o algo por el estilo.
¡Ay, ya lo tengo! En lugar de un club de cocina podríamos hacer algo más específico : de repostería y dulces, por ejemplo.
¿Hay alguna tienda de golosinas por aquí?
Quizá allí podríamos encontrar buenos ingredientes.
—Sí, hay una, pero está un poco escondida —se me escapa.
—¿En serio? ¿Cómo lo sabes?
«Alerta. Alerta», me advierte Lia, pero lo tengo controlado.
—Se lo oí decir a mi compañera de guitarra, ya sabes, Kiara, la niña que me acompañaba el otro día cuando nos reunimos en el pabellón para comer.
—¿Esa cría? ¿Qué sabrá ella?
—Aunque no lo parezca es su segundo año aquí. Es bajita para su edad —aclaro, haciéndome eco de sus propias palabras.
—¿Y a las pequeñas también les dejan venir al pueblo? —pregunta, asombrada.
Yo me rasco la cabeza con disimulo.
«Sí, ¿no, Lia? Los sábados por la tarde todas tenemos libre», le consulto a mi voz interior.
Pero ella no me contesta y dudo. ¿Estaré confundida? No consigo acordarme con exactitud.
—¡Pues claro! —exclamo, y cruzo los dedos por debajo de la mesa esperando no equivocarme.
—Bueno y si no es así y se lo ha inventado siempre podemos crear un club de niñeras, como los libros del Club de las Canguro —resuelve Minnie feliz.
No la contradigo, pero estoy segurísima de que Kiara se negaría en redondo, sabe cuidarse sola perfectamente.
Un rato más tarde, mientras seguimos deambulando por el pueblo en busca de nuevas ideas, damos con la vieja biblioteca, que hace a su vez de locutorio.
Me sorprende verla tan desmejorada, pues en mi futuro, ha sido remodelada.
Ahora, su fachada gris parece la entrada a una mansión del terror.
El musgo y otros hierbajos se asoman entre las piedras del muro, y las desvencijadas ventanas que presiden el primer piso parecen los múltiples ojos de alguna de esas arañas monstruosas que aparecen en Pesadillas .
Minnie acaba de confesarme que odia las historias de terror, pero se le iluminan los ojos cuando ve el edificio.
—¿Podemos entrar, porfi ? Me encantaría hacerme socia y tomar unos libros prestados. Podrías echar un vistazo tú también, a lo mejor se te ocurre alguna idea para el club en alguno de ellos. Estás muy callada desde que hemos llegado al pueblo.
—Claro, echaré un vistazo —afirmo, porque no puedo confesarle que mi falta de conversación se debe a que sé que viviré en este lugar en el futuro y que, si he jugado bien mis cartas, existe la posibilidad de que una de las personas que conoceré en él esté a punto de aparecer.
Las dudas me asaltan al recordar que en el anterior pasado Kennedy vino con nosotras, pero no en esta ocasión.
Espero que eso no altere el rumbo de los acontecimientos.
«Respira hondo. Estamos en la biblioteca después de todo, ¿n o?».
Lia tiene razón. Si hemos llegado hasta aquí, las cosas deberían salir según lo previsto y, por lo tanto, Renata tiene que estar ahí adentro.
Mientras Minnie merodea por las estanterías tan emocionada como un niño el día de Navidad, me paseo por la entrada con los dedos cruzados, ojeando el tablón de anuncios con la esperanza de…
—Veo que estás mirando nuestro cartel. ¿Te interesa unirte al club de lectura? Nos reunimos cada viernes y nos los pasamos genial.
«¡Bingo!».
Nunca he estado más feliz de encontrarme con la presencia fantasmal de Renata. Mi vieja (¿nueva?) amiga parece nerviosa y se limpia las palmas sudorosas en su vestido de rayas antes de tenderme la mano, temblorosa pero decidida.
—Me llamo Renata —añade. Sonríe tímidamente y yo le devuelvo la sonrisa, reprimiendo las ganas de estrecharla en un fuerte abrazo.
—Yo soy Cece —me presento con cautela, pero, obviamente, ella no muestra señal alguna de reconocerme.
« Aquí solo sois dos desconocidas», me recuerda Lia.
«Lo sé, pero voy a hacer que el cuento cambie» , le contesto y antes de que pueda replicarme le suelto a bocajarro:
—Estoy en el Campamento White Yarrow y mi amiga y yo estábamos dando una vuelta buscando alguna actividad que hacer los viernes. ¿Me explicas cómo funciona tu club?
Renata se muestra complacida y relaja el rostro.
— ¡ Claro! De momento solo somos dos miembros, pero la idea es elegir una nueva lectura cada quincena, fijar metas por capítulos y comentarlos cada viernes. —Señala hacia la derecha con el dedo—. Aquí en la biblioteca tienen pequeñas salas de estudio que se pueden reservar con antelación.
—Suena muy interesante. ¿Aceptáis miembros que no sean del pueblo?
Podría preguntarle a mi Hermana Mayor si esto cuenta como club estudiantil.
Se supone que debemos crear uno y reunirnos cada viernes por la tarde, así que no has podido ser más oportuna —le explico y rezo para que Nicky no rechace la idea.
—¡Por supuesto! Nuestro club está siempre abierto. Si estáis en el campamento, solo podremos leer uno o dos libros, pero será divertido contar con vosotras. En general, las campistas no suelen mezclarse mucho con nosotros —concluye con lo que me parece que es un deje de vergüenza.
—Pues no veo por qué no —la animo—. Voy a buscar a mi amiga y te la presento, seguro que ella también estará encantada.
Tras las presentaciones pertinentes no sé quién está más entusiasmada, si Renata o Minnie. Al final acordamos hablar con Nicky esta noche y reunirnos mañana por la tarde, cuando tengamos tiempo libre de nuevo, para contarle qué nos ha dicho.
—¿Y a tu amiga no le importará? —pregunto, dudosa de repente, al recordar que Renata ha dicho que eran dos en el club.
—¡Oh, para nada! Seguro que a D le parece una buena idea. Hoy no ha podido venir, pero solemos quedar los sábados por la tarde en la plaza que hay detrás de la iglesia. Mañana os presento.
—¡Perfecto! —exclamamos Minnie y yo a la vez.