Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 11
27%

CAPÍTULO 11

—Respecto a lo que ha pasado en Tiro con arco, no tienes que contarme nada si no quieres —tantea Minnie cuando la alcanzo.

—Genial, yo tampoco voy a preguntarte por tu escaqueo de Supervivencia y naturaleza —contesto, sonando más borde de lo que pretendía.

Mi amiga pone una mueca, pero no me rebate: no replica, no vuelve a insistir y ni siquiera cambia de tema.

Casi me duele más su silencio que si hubiéramos discutido.

Todavía tengo los nervios crispados por todo lo que acaba de ocurrir y lo he pagado con quien no debía.

Últimamente olvido que no soy la otra Cece de dieciséis. O que Minnie no es Devon.

—Creo que a ambas nos vendrá bien la clase de yoga, ¿no crees?

—intento arreglarlo. Mi compañera se encoge de hombros y le paso un brazo por encima—.

Y si no, siempre nos quedará el postre, he leído que hoy hay Rice Krispies Treat , ya sabes, esas barritas de arroz inflado con malvaviscos fundidos.

Se me hace la boca agua solo de pensarlo.

Minnie sonríe.

Objetivo cumplido.

—Yo solo espero que pronto hagamos alguna fogata, los malvaviscos saben aún mucho mejor cuando se asan a fuego lento —señala.

—¡No puedo estar más de acuerdo!

Cuando llega la hora de Equitación esa misma tarde, casi agradezco que toque clase teórica para no cruzarme con Devon, pues todavía me escuece lo de Supervivencia.

Sin embargo, para cuando acaba la lección de guitarra del miércoles siguiente y él me ignora hasta tal punto que incluso las pequeñas se dan cuenta, la rabia empieza a consumirme.

—Creo que no le caes muy bien al profe —susurra Kiara cuando nos dirigimos hacia el pabellón a comer.

—¡Él se lo pierde! —exclamo guiñándole un ojo, disfrazando mi frustración de indiferencia.

Pero la realidad es bien diferente y me cuesta seguir disimulando delante de Minnie.

—¿No te alegra que por fin hayamos encontrado mesa fuera? —pregunta dando un buen mordisco a un taco. La salsa se le escurre por los dedos. Hoy toca comida mexicana y he elegido un arroz con frijoles, al que doy vueltas, distraída, antes de contestar.

—Sí, claro que sí, solo estoy… cansada.

Desvío la mirada hacia la mesa de los monitores, donde Devon come junto a sus compañeros; su risa llega hasta nosotras. ¿Por qué tiene que ser tan majo con todo el mundo excepto conmigo?

«¿Quizá porque eres un p elín tocanarices ?».

«Ahora no, Lia. No estoy de humor».

«Como quieras, pero el reloj sigue corriendo. Tic, tac».

—¿Quieres que hablemos de ello? —me sorprende Minnie, que se limpia la cara llena de salsa con una servilleta y me observa con la mirada llena de afecto y curiosidad.

—No sé de qué me hablas —disimulo, rompiendo el hechizo que ejercen sus ojos sobre mí.

En ocasiones como esta, me recuerda al gato con botas de Shrek. Con esa carita de pena que lo ayuda a conseguir sus propósitos. Pero no pienso caer.

Aunque vamos progresando, todavía no tengo la confianza suficiente como para abrirme en canal con ella.

No sé si la Cece del pasado lo habría hecho a estas alturas, pues los adolescentes todavía conservan ese don de los niños de hacer amigos con facilidad que se va perdiendo con los años. Así que opto por dejarlo pasar.

—Ya, yo tampoco, no me hagas caso —concluye Minnie mirando en la misma dirección que yo, por si me quedaba alguna duda de que intuye acertadamente quién es el foco de mi cansancio.

Esa es una de las cosas que más me gustan de Minnie y que no han empañado los recuerdos que tengo de ella: una chica callada, empática y buena persona.

Ahora sé que nunca te presionará. Que es especialista en no juzgar y concederte tu espacio siempre que lo necesites.

A veces me gustaría parecerme un poquito más ella.

«Podrías empezar por ser más amable, y quizá enterrar el hacha de guerra», me sugiere Lia.

Y con esta idea en la cabeza y nuevas energías fluyéndome por el cuerpo, llego esa misma tarde a clase de equitación.

—¿Necesitas ayuda? —pregunta Devon cuando me ve peleándome con los aparejos de mi caballo. Quizá él también se haya cansado del tira y afloja, como yo… Y bueno, incluso si no es así, no tengo intención de desaprovechar la situación.

—¡Sí! —grito sin poder reprimir mi renovado entusiasmo—. ¿Me ayudas a ensillar a Spirey? Todavía no le he pillado el truco a este arnés que utilizáis aquí.

Devon pica el anzuelo y entra en el box de Spirey con el ceño fruncido, como si fuera lo último que quisiera hacer, pero no tuviera más remedio.

Vale, a lo mejor no me ha concedido una tregua todavía.

La verdad es que ni siquiera me dirige la palabra mientras ensilla al caballo con brusquedad y sin contar conmigo.

—Disculpa —carraspeo, pero él ni siquiera me deja continuar.

—Cece Ross disculpándose, esto sí que es nuevo.

Me armo de paciencia e ignoro su comentario.

—Quizá si me enseñaras a hacerlo, no tendría que molestarte el próximo día —contesto con acidez.

«Mira que eres de mecha corta … », me recrimina Lia. Pero rectifica cuando a Devon le cambia la cara al escucharme. «Se lo está pensando el muy c… ».

«No te pases, Lia, luego me dices a mí».

Pero la sonrisa satisfecha de Devon ante la perspectiva de perderme de vista le da la razón. Escuece, por cierto.

—Pon la montura sobre el sudadero —empieza a explicar con paciencia, y noto c ó mo relaja el rostro.

Es de las pocas veces que lo he visto tan tranquilo conmigo—.

Es importante asegurarse de que este deja espacio en la cruz del caballo.

Si entra en contacto con la cruz, puede que el animal se sienta incómodo por el roce. ¿Ves cómo lo hago yo?

Imito los gestos de Devon y, sin querer (o queriendo un poquito), le rozo la mano con la mía.

—¿Así está bien? —pregunto.

Él da un respingo y lo imito al sentir la electricidad estática que nos recorre las manos.

«¿Qué ha sido eso?».

—Bien, bien —dice recomponiéndose rápido y, para mi desgracia, apartándose un poco—. Ahora vamos a abrochar la cincha.

Cuando Spirey está listo, el skater boy se apresura a marcharse sin preocuparse por ayudarme a subir al animal. Si no me odiara tanto juraría que está turbado.

«No necesitas que nadie te ayude a subir. Eso ya habría sido excederse».

«Bueno, pero no he estado mal, ¿qué opinas, Lia?».

«En realidad no. Buena maniobra, soldado».

Esa noche me voy a la cama un poco más contenta de lo que estaba hace unas horas.

—Buen trabajo, Cece —me felicita la profesora Williams el jueves por la tarde—. Si quieres puedes tomarte el resto de la hora libre, has trabajado muy bien esta semana.

Felicity Williams, la directora del White Yarrow y mi monitora en dibujo y pintura, me da una suave palmadita en el omoplato y su amable sonrisa se abre paso entre los surcos de arrugas que se dibujan en su rostro manchado.

Los restos de pintura están por todas partes, especialmente en los brazos y las manos, que asoman bajo su camiseta de tirantes, cuyo estampado (un atrapasueños de colores vivos) queda semioculto bajo un viejo delantal que se ha llevado la peor parte.

Esta es una de las clases que no he cambiado de la línea original precisamente por esto: Felicity no se dedica a dar instrucciones, sino que su lema es predicar con el ejemplo.

—Todavía quedan veinte minutos, si quieres puedo ayudarte a recoger el aula —me ofrezco. El espacio está lleno de botes de pintura abiertos, pinceles sumergidos en agua y otros materiales desperdigados.

—No te preocupes, bonita. Me gusta hacerlo a solas, cuando todas os habéis ido. Me ayuda a relajarme. ¿Por qué no vas a dar un paseo antes de tu próxima clase?

—De acuerdo. Gracias, Felicity.

—No se dan —me contesta, tendiéndome la mano para que le devuelva mi delantal al tiempo que señala con la cabeza el lavabo que tenemos al fondo del aula.

«Ojalá mi abuela se pareciera un poco a ella», pienso mientras hago mucha espuma con el jabón y me froto con fuerza las manos para hacer desaparecer los restos de pintura.

«Pero tu abuela también pintaba, ¿no?», pregunta Lia.

Es cierto, no recordaba ese detalle. Uno de los veranos que pasé en Los Hamptons de niña, en la mansión de la playa, estaba tan aburrida que me puse a explorar la casa y acabé en el ático donde, entre otras cosas, encontré una colección de preciosos ó leos.

Mi abuelo, que todavía vivía por aquel entonces, me aseguró que la abuela los había pintado de joven.

Nunca supe si era cierto o si « chocheaba »; palabra que le oía decir a menudo a mi madre .

Lo más sencillo hubiera sido preguntarle directamente, pero siempre existió una barrera entre ellos y yo que no me atreví a franquear.

«Eso suena muy triste . Es tu familia », dice Lia.

«Los lazos de sangre no siempre implican vínculos emocionales, supongo», reflexiono.

Lia no añade nada más y es en ese silencio compartido donde descubro una nostalgia que nunca me había golpeado tan fuerte.

Me dejo llevar por ella, abandono el aula de dibujo y me descubro caminando hacia los establos media hora antes de mi clase de equitación; necesito un momento a solas con alguien que no me juzgue, para variar.

Cuando alcanzo el box de mi caballo, me apoyo contra la puertecita de madera y se me escapa un largo suspiro, como si hubiese estado reteniendo el aire en los pulmones durante horas.

Al menos, así me libro del pesar que se ha adueñado de mí hace tan solo unos minutos.

Spirey levanta la cabeza y sus grandes ojos castaños me taladran el alma.

Casi como si pudiera percibir mi tristeza, se acerca a mí.

Abro la puerta para hacer lo mismo y cuando ambos estamos a la misma altura, el caballo agacha la cabeza en un movimiento lento, sosegado.

Con dedos temblorosos le acaricio las crines y siento como si los latidos desacompasados de mi corazón se fueran regulando al mismo tiempo que la respiración.

¡Crac!

Un crujido sobre el suelo lleno de paja rompe el momento mágico y me llevo la mano al pecho, sintiendo c ó mo este se acelera de nuevo.

—Perdona —se disculpa una voz a mi espalda—. No pretendía asustarte, no sabía que había alguien aquí.

Me doy la vuelta, intentando no hacer movimientos bruscos, consciente de la cercanía de Spirey, y veo a Devon cargado con una cesta llena de cepillos. Vale, ahora el corazón se me va a salir por la boca.

—¡Eres t ú! —me acusa , reconociéndome—. ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en clase?

—Felicity me ha dejado salir temprano. Yo… —En ese momento una lágrima furtiva se me escapa, así que me apresuro a limpiarme con el dorso de la mano, fingiendo que me rasco la mejilla. No cuela.

—¿Estás bien? —pregunta Devon bajando la voz.

—¡Perfectamente! —contesto con rapidez—. Es la… paja. Creo que se me ha metido una brizna en el ojo.

Devon hace ese gesto tan suyo de levantar una sola ceja, pero no añade nada. En lugar de eso, cruza la portezuela del box de Spirey y me tiende un cepillo de la cesta.

—Ya que has llegado con antelación, ¿qué tal si me ayudas a cepillar a los caballos? Nunca viene mal una mano extra por aquí.

Su cambio de humor me desconcierta y mi vena rebelde se activa tra duciendo su amabilidad por lo que tiene más sentido: lástima.

Estoy a punto de replicar, pero me muerdo la lengua, sujeto con fuerza el mango de madera y empiezo a cepillar a Spirey.

El caballo aparta la cabeza con brusquedad al primer contacto, removiéndose inquieto de repente, y retrocedo con temor a que me chafe o me dé una coz.

—¡Shhh, tranquilo, amigo! No pasa nada.

Devon no se retira, al contrario, se acerca al animal, posa una mano sobre su cabeza con delicadeza y, como si recitara un conjuro silencioso, Spirey se calma de inmediato.

A continuación, deposita la cesta en el suelo, escoge otro cepillo y lo desliza suavemente por su piel, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Los caballos perciben y reaccionan a las emociones humanas, ajustando su comportamiento de acuerdo con ellas —me explica sin dejar de cepillar a Spirey—.

Si una persona se altera, ellos se inquietan.

Si, por el contrario, la persona está abatida pero tranquila, se muestran empáticos: se acercan con cuidado, agachan la cabeza…

—Y se dejan acariciar —completo.

—No todos, pero sí, Spirey es de esos —concluye.

Había oído hablar de la conexión entre jinete y caballo, de la importancia de la coordinación de sus movimientos. De hecho, la sufrí en mis propias carnes cuando aquel otro caballo selló mi destino, pero esto es otro nivel, y explica muchas cosas.

—¿Quieres probar? —me sorprende Devon tras unos minutos de silencio en los que solo se escucha el sonido del cepillo deslizándose por el lomo del caballo.

—Antes no le ha hecho mucha gracia —apunto, insegura.

—Acércate, yo te guío —me invita.

Trago saliva y acorto la distancia que nos separa. Devon me mira por el rabillo del ojo.

—Respira hondo, deja que todo el ruido que hay en tu cabeza se apague poco a poco, como si bajaras el volumen de una televisión.

«Si él supiera que es el causante de todo ese ruido…».

«¡ Lia! Se supone que debo concentrarme, acallar todas las voces y eso te incluye a ti».

Redoblo mis esfuerzos y lo consigo. Lia no me replica. Es el momento. Levanto el cepillo temblando y lo deposito con cuidado sobre las crines, deslizándolo de arriba abajo. Devon detiene su cepillado para posar su mano sobre la mía, rectificando mi movimiento. Se me encoge el estómago.

—Las crines se cepillan desde mitad o puntas, nunca desde la raíz. Pue des apoyar la otra mano aquí si quieres, así evitas tirones.

—¿Así? —Hago lo que me dice.

—Hazlo con cuidado, sección por sección, hasta llegar hasta la superior.

Devon se aparta antes de lo que hubiera deseado y me observa de cerca, sin intervenir esta vez. Me esfuerzo en seguir sus indicaciones.

—¡Perfecto! Lo has conseguido —me felicita al cabo de un rato—. Enhorabuena, te has ganado tu primera medalla scout , la del cuidado animal —bromea.

Spirey está tan relajado que aprovecha el momento para alzar la cola y…

—¡Agh! ¡Qué asco! —exclamo, dando un paso atrás al ver las bolas redondas salir por detrás de mi caballo.

—Sí, bueno, en cuanto a eso… supongo que no necesitas que te ilustre sobre ello. Ahí tienes una pala. Voy a cepillar al resto de los caballos antes de que llegue la avalancha de la clase. ¡Buena suerte, chica de ciudad! —Devon me guiña un ojo, recoge su cesta y sale del box de Spirey.

—Gracias por ser tan oportuno, colega —le digo al caballo. Él relincha suavemente, como si me contestara, y yo sonrío a pesar de todo mientras voy a por la pala.