Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

—Ahora decidme, ¿cómo ordenaríais estos elementos por orden de importancia? —continúa Paul. Esta vez, soy más rápida que mi compañera cuando alzo a la mano. ¡Esto va a estar chupado!—. ¿Cecelia?

—El primero de ellos es la comida, obvio —digo sonriendo con superioridad—. Y soy Cece —lo corrijo—, por favor.

A mi lado, la rubia pone los ojos en blanco y mueve la cabeza de izquierda a derecha.

«¡Chúpate esa, listilla! No te lo esperabas ¿eh?», pienso para mí, interpretando su gesto como una derrota. Orgullosa de mí misma, espero las felicitaciones de mi monitor, pero en su lugar Paul chasquea la lengua.

—Lo siento, pero estás muy equivocada.

Oigo cuchicheos, pero los ignoro.

—Pero si no comes, te mueres —insisto—, cosa que no sucede si no encuentras un refugio o si no haces un fuego, sobre todo en verano. Con el calor, te morirías más rápido sin comer que echándote una siesta a la intemperie.

Las chicas a mi alrededor prorrumpen en risas y noto cómo me suben los colores, lo cual solo demuestra que tengo razón, porque aquí hace un calor asfixiante. ¿Qué les hace tanta gracia?

—Calma, chicas. El razonamiento de Cece no es malo —perfecto, ahora Paul se disculpará y…

—, pero es incorrecto. —«¡Mierda!»—. Comer, en la supervivencia a largo plazo, es clave, como has apuntado, pero sin un refugio estar ía s expuesta a las inclemencias climáticas e incluso al ataque de algún animal, así que podrías morir muchísimo antes que por inanición.

—Y, aun así, por encima de todo eso está el agua. Si no bebes, te mueres en uno o dos días —interrumpe Savannah, subiendo un escal ón en mi lista de archienemigas.

—Muy bien —la felicita Paul, y la chica me vuelve a mirar de reojo con una sonrisa ladeada. Yo rechino los dientes—. Aunque, llegados a este punto, debo confesaros que no hay un orden estricto, pues todo depende del lugar en el que os encontréis.

Un murmullo de sorpresa recorre la audiencia.

—En un clima invernal extremo —prosigue—, donde no nos faltaría la nieve (que podríamos usar para hidratarnos con la precaución de derretirla primero, aunque sea en la boca, para no bajar nuestra temperatura corporal de golpe), lo primordial sería el refugio.

Pero en la jungla, por ejemplo, donde las aguas contienen una gran variedad de patógenos que nos podrían hacer enfermar, lo primero sería preparar un fuego para hervirla.

A Savannah se le borra la sonrisa de la cara al instante y me anoto un punto invisible. No subiré tan rápido de nivel, pero al menos ella tampoco.

« Mal de muchos, consuelo de tontos», recita Lia.

«¡Cállate!», le exijo, más avergonzada que enfadada.

No tardo en desconectar del todo cuando la lección prosigue y Paul pasa a ilustrarnos sobre los útiles básicos que deberíamos llevar en la mochila antes de salir a la naturaleza, entre los cuales no figura el desodorante (algo que, francamente, él debería reconsiderar).

Observo a Devon, al fondo. Está dando instrucciones a su grupo y, aunque no alcanzo a escuchar sus palabras desde mi posición, sus dotes de líder no me pasan desapercibidas: desde su espalda envarada a los gestos que acompañan a su discurso.

La seguridad y la confianza en sí mismo emanan desde cada poro de su piel, como si derramara su esencia sin temor a ser juzgado.

Comprendo entonces que Devon siempre ha sido una de esas personas que pisan fuerte por la vida, que opinan y luego preguntan.

Resuelto, decidido, pero amable. No me extraña que consiguiera convertirse en una estrella del rock con medio mundo comiéndole de la mano.

Su pareja fue muy afortunada de encontrarle.

Su pareja, su futura esposa, Violet.

Me fijo en mi compañera de cabaña, que lo mira con devoción, apoyada ligeramente en el tronco de un árbol. ¿Estará empezando a colarse ya por él? ¿Y él de ella? El sudor me empapa la nuca al considerar la posibilidad. Debo darme prisa si no quiero que se me adelante.

—¡Cece! —Savannah hace pedazos mi ensoñación con un codazo justo entre las costillas que me hace ver las estrellas. Estoy a punto de explicarle el mal del que tiene que morir cuando me doy cuenta de que quien me ha llamado no ha sido ella, sino Paul.

Toda la clase está en pie; al parecer nos trasladamos de lugar y soy la única que todavía sigue sentada en la tierra. Me levanto como un resorte. Un momento, ¿cómo ha podido Savannah pegarme un codazo si está a un metro de mí? ¡Seguro que se ha apartado a toda prisa para que me llamen la atención!

Agacho la cabeza y la veo atándose un cordón. ¡Menuda listilla! La elevo otro peldaño en mi clasificación del mal. A este paso superará a Violet, que ya es decir.

Procuro no pensar más en ello porque ahora mismo tengo otras prioridades: mi grupo se ha desplazado hacia el interior del bosque y Paul lo detiene a escasos metros del de Devon.

—Hay muchas maneras de construir un refugio, pero, de nuevo, todo dependerá del lugar en el que os encontréis —recita—.

En un clima frío y ventoso necesitaréis aislaros al menos por tres de cuatro sitios y aseguraros de conservar el calor de un fuego sin intoxicaros, pero en una jungla lluviosa deberíais priorizar un techo.

—¿Y qué hay de los bichos? —intervengo sin pensar. Violet se encuentra ahora mismo a escasos metros de mí y, por alguna razón, la imagen de una víbora me ha venido a la cabeza.

—Buena pregunta. Priorizar un techo es importante, pero quizá lo sea tanto o más construir una plataforma elevada para evitar el contacto con insectos y reptiles peligrosos.

No es Paul el que ha contestado, sino Devon, que se ha acercado a nosotros al escucharnos.

—Estaba a punto de decir lo mismo —se defiende Paul, al que no parece haberle hecho mucha gracia la intervención.

El skater boy da un par de zancadas y se sitúa tan cerca de mí que casi podría rozarme el brazo. Levanta una ceja, divertido, y por un segundo nuestras miradas se cruzan, aunque desvía la suya tan rápido que apenas puedo procesarlo.

—Genial, compi —Devon le da unas palmaditas en la espalda a Paul—, pero quizá a tus alumnas les interesaría más conocer el tipo de refugio que deben construir en un bosque como este, pues veo poco probable que se extravíen en la nieve en pleno julio. Y tampoco es que esto sea el Amazonas.

Las orejas de Paul adquieren un tono que compite seriamente con su rostro quemado.

—Solo estaba dándoles unas instrucciones generales básicas —murmura.

— ¡ Oh! Cierto, lo olvidaba. Tu grupo es de principiantes. —Y ahora sí que me mira a mí con toda la intención.

Cualquier admiración que hubiera sentido por él un minuto antes se evapora cual charco de agua al sol.

Devon no ha intervenido en mi favor, como yo pensaba, sino que ha aprovechado la situación para ridiculizarme delante de los dos grupos.

Los murmullos crecen a nuestro alrededor e incluso se escuchan algunas protestas por parte de mis compañeros de grupo, que intentan defenderse de las risas de los contrarios.

—¡Eres un gilipollas! —lo insulto, esforzándome por no elevar demasiado mi tono de voz, pero sí lo suficiente para que él me oiga.

«¡Cece, para!», me advierte Lia.

Pero es demasiado tarde. La Cece adolescente ha tomado las riendas de la situación.

—Cuidado con esa lengua, Cece, podría chivarme y acabarías castigada por tu insolencia —me contesta él casi al mismo tiempo.

—Insolencia, ¿eh? ¡Vaya! Me sorprendes, Devon. Desconocía que una palabra tan culta formara parte del diccionario de un pueblerino.

—¿Cómo me has llamado, pija?

La campana que marca el cambio de clase resuena a lo lejos, como un látigo que corta el viento, y la réplica muere en mi boca.

No tengo más remedio que seguir a mis compañeras de vuelta al campamento base.

Al menos parece que el conflicto entre ambos grupos se ha sofocado al mismo tiempo que el nuestro, aunque cuando paso frente a Paul, este me dirige una mirada cargada de resentimiento.

¿Por qué tengo la sensación de que haga lo que haga todo el mundo piensa que soy la culpable de todo?

«Estarás contenta con la que has liado», me amonesta Lia.

¡Genial! Hasta mi voz interior me odia. P ero en honor a la verdad, no, no me siento bien y el sentimiento no mejora cuando me reencuentro con Minnie, que me está esperando al final del sendero para asistir a yoga.