CAPÍTULO 10
La corneta de buenos días me encuentra hoy con energías renovadas, dispuesta a afrontar el segundo día de campamento. Violet no está en la cabaña, así que eso ya es un buen comienzo, supongo.
—Ha ido a la enfermería a que le den algo, le ha bajado la regla y no se encontraba muy bien —me aclara Kennedy desde su cama, con los rizos demasiado marcados para acabar de despertarse.
«Después de todo, parece ser que la diva es tan mortal como las demás», apunta Lia, y no puedo evitar reírme.
—¿Acaso te hace gracia? —me pregunta Kennedy levantándose de golpe. La imito y me coloco a su altura. Ella arruga la nariz, recordándome por un momento a nuestra otra compañera.
«¡Dios! ¡Son como clones!».
—La misma que te hizo a ti cuando tú y tus amiguitas nos expulsasteis de la mesa del comedor ayer —le contesto, sintiendo como mi buen humor se va esfumando por momentos. Para mi sorpresa, parece dolida.
—¡Yo no os eché! —se defiende.
—Tampoco dijiste nada en nuestro favor, te callaste como una pu…
—¡Cece! —me regaña Minnie, que en un momento se planta entre nosotras dos.
—¡Tú no eres mejor que ella, que lo sepas! —me acusa Kennedy antes de coger un puñado de ropa que tiene en una silla y largarse de la cabaña dando un portazo.
«La he cagado, ¿verdad, Lia?».
«¿ Tú que crees? » .
¡Joder! Y eso que el día prometía. Por suerte, Minnie no parece enfadada.
—Vamos a desayunar, ¿vale? No hay nada que unos buenos gofres no puedan arreglar.
Minnie tiene razón, a medias. Es cierto que los gofres del campamento saben a gloria, no sé si es por la mermelada casera (hacía años que no comía más que la prefabricada del super) o por la miel que nos aseguran que hacen sus propias abejas (mejor no quiero averiguarlo en persona), pero su dulzura contrasta con la pesadez con la que me caen en el estómago.
Y así se lo hago saber a Minnie cuando caminamos juntas hacia nuestra primera clase del día: Tiro con arco.
—Son los nervios, a mí siempre me pasa, aunque en mi caso me dan ganas de hacer pis —me contesta—. Bueno, o a lo mejor me he pasado con el zumo de naranja, pero por lo que veo somos las primeras en llegar, así que voy al baño y vuelvo enseguida, ¿vale? No te muevas de aquí.
Puede que el enfrentamiento con Kennedy haya sido ligeramente distinto a la otra vez, pero recuerdo aquella mañana con claridad. Minnie se marchó al baño, yo me quedé ahí sola y entonces…
—Vaya vaya, Cece, nos volvemos a ver. ¿Me estás acosando?
Me sonrojo hasta las orejas al ver aparecer a Devon.
Está más guapo que nunca con el pelo todavía mojado sobre los hombros.
Acaba de salir de la ducha y el aroma marino de su gel de baño me inunda las fosas nasales y por un momento siento que estoy en la playa y no en mitad de un bosque perdido en el culo del mundo.
—¡Más quisieras! Ni en tus mejores sueños podrías imaginarte a alguien como yo muriéndose por tus huesos —suelto.
«¡Alerta roja! ¡Alerta roja! ¡Estás volviendo a ser…!» , me avisa Lia, pero no me apetece escucharla.
—Ahí te doy la razón. A mí me pasa lo mismo. ¿Por qué iba a fijarme yo en una pija engreída?
«Tocada y hundida» .
—O yo en un mindundi como tú.
«Estamos perdidas…» .
—Eres insoportable.
—¡Tú más! —grito en un tono tan infantil que solo me falta sacarle la lengua.
¿Cómo me ha podido pasar otra vez? ¡¿Por qué parece que la Cece de entonces se apodera de mí cada vez que Devon entra en escena?!
—¡Tregua!
Los dos nos giramos, asombrados. Minnie ha regresado del baño y, al ver que ambos la estamos mirando, se pone colorada como un tomate, murmura una disculpa y me agarra del brazo, arrastrándome lejos de Devon.
—¿Te has vuelto loca? Has insultado a un profesor.
—Solo tiene dos años más que nosotras…
—Pero ¡es un monitor!
—Él ha empezado primero —me defiendo.
—¿Qué? ¿Me he perdido algo?
—Luego te cuento —le contesto entre dientes.
Pero no tengo ocasión de ponerla al día porque Devon no nos deja res pirar en toda la clase, aunque, para variar, pasa de mí descaradamente. Para cuando acabamos el primer periodo, y sin darnos cuenta, ya estamos metidas de lleno en el segundo.
El campamento entero acude a Supervivencia y naturaleza, pues es requisito indispensable para nuestra formación campestre.
Nos hemos reunido en las inmediaciones del bosque para dividir los grupos según los niveles de experiencia y estoy empezando a ponerme nerviosa.
Me muerdo el labio: Devon es uno de los monitores de los grupos más avanzados y, a pesar del pique que acabamos de tener, necesito ir con él esta vez.
No pienso volver a ir en el grupo de las «patosas».
Para sorpresa de nadie, Kennedy es de las primeras en ser elegidas y no se me escapa cómo me mira por encima del hombro cuando le asignan el grupo avanzado, el de Devon. Por desgracia, Violet no tarda en seguirla.
—Es porque han sido Girl Scouts —me chiva una de las chicas que hay a mi lado. Tiene pinta de veterana, así que me lo creo.
¡ Lo llevo claro! Este campamento es mi primera experiencia con la naturaleza y, de hecho, acaban de cerrar el grupo de expertos y están formando otro de nivel ligeramente inferior con la mayoría de las campistas que asisten a Cuerdas (escalada, tirolina y esas cosas).
Pero si echase mano de otra pequeña mentirijilla piadosa, quizá…
—¡Shhh! ¡Oye, Nicky! —le siseo a mi Hermana Mayor, que está de pie no muy lejos, bolígrafo en mano, anotando cosas en su portafolios. La aludida me mira, extrañada, pero se acerca a mí, curiosa por mis gestos desesperados para llamar su atención.
—¿Qué te ocurre, Ross? ¿Tú también tienes la regla y te sientes indispuesta? —me pregunta, señalando a Minnie, que se ha apartado del grupo y me saluda con un gesto tímido de mano.
¡No puedo creer que se haya hecho con la excusa de Violet para salir del paso! Aunque ahora que lo pienso, mi archienemiga no parecía muy enferma cuando la han escogido hace un momento…
—No, es solo que me preguntaba si os habéis olvidado de mí. Yo también he estado muchos años en las Girl Scouts y eso. —Nicky se rasca la cabeza con el bolígrafo antes de pasar las hojas de su portafolios a la desesperada hasta encontrar esa información.
—Bailarina, pintora, amante del yoga… No, no nos hemos equivocado. Estarás en el último grupo. Tranquila, no se les ha pasado llamarte. Espera tu turno junto al resto.
—Pero soy muy buena en remo —insisto.
—No se practican deportes acuáticos en el bosque.
—Pero soy muy fuerte, doy unos reveses increíbles en tenis. Tendrías que haberme visto ayer cuando…
—¿Cuando besaste el suelo? —completa—. Caddy me lo contó. ¿Cómo está tu rodilla, por cierto?
« Será… ».
«Muérdete la lengua», me aconseja Lia. Así que respiro hondo y vuelvo a la carga.
—Pero monto a caballo y soy muy buena, eso no me lo puedes negar. ¡Pregúntale a Mary Anne!
—¡Cecelia Ross! —me llama una voz a nuestra espalda. Me giro, envarada—. Vente conmigo.
Es Paul, el monitor del último grupo: un pelirrojo delgaducho con el rostro quemado por el sol y, por lo que recuerdo, un terrible problema de olor corporal.
—¡Disfruta! —me desea Nicky guiñándome un ojo y dándome una palmada en la espalda tan fuerte que casi pierdo el equilibrio.
« Lia, te juro que algún día no voy a ser dueña de mis actos y se me va a escapar una…».
«La violencia nunca es la solución» , me riñe.
Suspiro. Lia tiene razón, pero es que Nicky no me lo está poniendo mucho más fácil que Devon. A veces pienso que están compinchados… ¡contra mí!
Tragándome el fuego que me sube por el torrente sanguíneo, me uno al grupo de Paul, que nos indica que nos sentemos delante de él para empezar con la primera lección.
Me lo pienso un poco antes de hacerle caso y al final me decanto por un hueco estratégico a una distancia prudencial de mi monitor (para evitar el tufo a sobaco), y desde el que además puedo espiar de lejos al grupito de Devon.
—Bien, empecemos. ¿Quién conoce los cuatro principios básicos de la supervivencia? —pregunta Paul
Reprimo un bostezo y, en lugar de prestar atención, desvío la mirada hacia el grupo avanzado, donde Devon se lleva los dedos a los labios para silbar y reclamar la atención de las suyas. Mmm, por un momento me gustaría ser…
La chica que está sentada a mi izquierda interrumpe mi hilo de pensamiento al levantar tan rápido la mano que casi me saca un ojo.
—¿Sí, Savannah? —pregunta Paul.
—Fuego, agua, comida y refugio —recita la chica de memoria y por primera vez me fijo en ella.
Es la rubia delgadísima que nos ech ó de la mesa exterior del comedor.
Su seña de identidad, la trenza de espiga, le estira tanto la piel de la frente que las venas se le acentúan bajo la piel pálida.
La voz de mi madre me viene inmediatamente a la cabeza: «Para presumir, hay que sufrir».
Y lo peor es que, por aquel entonces, le daba la razón.
Menos mal que en algún punto de mi madurez cortocircuité ante este tipo de mentalidad tradicionalista y sexista, como bien apuntaba mi amiga Carol.
Aunque, por lo que veo, por aquí todavía perduran algunos de estos pensamientos retrógrados.
«Cora», me rectifica Lia.
« Sí, Cora. Eso acabo decir».
«No, has dicho…», pero Lia no acaba su frase porque Paul sale al paso enseguida.
—¡Estupendo! Punto para Savannah. Aprovecho para recordaros que los grupos que acabamos de formar no son cerrados.
Esta clasificación inicial se ha hecho de acuerdo con los datos que tenemos de vosotras, pero si demostráis lo contrario o avanzáis más rápido que el resto, podríamos considerar un cambio.
« Odio a Violet número dos», pienso al ver cómo Savannah levanta el mentón, presumida.
«Te estás centrando en el dato equivocado, amiga. ¿Acaso has escuchado lo que tu monitor acaba de decir? Los grupos son abiertos, todavía tienes una oportunidad de cambiar. ¡Demuestra lo que sabes!», apunta Lia, y una llamita de esperanza se prende en mi interior.