Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

—Sí, se está muy bien aquí —reconoce con timidez Minnie—.

Pensaba que añoraría el caos de mi hogar, pero la verdad es que se siente fenomenal tomar distancia —confiesa poniendo voz a mis propios pensamientos—.

Tengo tres hermanos pequeños, ya sabes —concluye, haciendo una mueca a la que acompaña con un gesto de mano.

Pero no, no lo sé, porque crecí en un hogar silencioso, sin otros niños a mi alrededor.

Y la relación con mi familia siempre ha sido distante.

Criada por una niñera, mis padres fueron unas figuras de autoridad a las que veía durante la cena y poco más.

Nunca estaban, pero me exigían el máximo respeto simplemente por haberme traído al mundo.

« Si todo sale bien, podrás demostrarles lo que vales y entonces no tendrán más remedio que darte la razón».

Doy un respingo al escuchar a Lia. No había vuelto a saber de ella en toda la tarde.

Supongo que cuanto más me relajo, menos la oigo, si es que eso tiene algún sentido.

Y en ese momento sus palabras me han devuelto la inquietud: «Si todo sale bien…

». Porque ahora mismo las cosas no es que vayan sobre ruedas.

Se me encoge el estómago al acordarme de que el fracaso de la misión es una posibilidad factible.

—¿Estás bien? —me pregunta Minnie, percibiendo mi cambio de humor.

—Sí, es solo… mi coco dándole vueltas a todo. Me suele pasar a menudo. —Es una verdad a medias, pero le tendrá que servir.

—Se llama envenenamiento por adrenalina. Ya sabes, esos pensamientos intrusivos que aparecen de repente y desatan toda una espiral de procesos químicos negativos en el cuerpo.

Abro un poco la boca.

—¡Ay, no! —exclama Minnie malinterpretando mi gesto—. Ahora sí que debes pensar que soy una friki de manual.

—Yo no…

—Tranquila, no te molesto más. Me voy a dar una vuelta, lo siento si he sido un estorbo —dice, poniéndose de pie y echando a andar por las inmediaciones del campamento.

—¡Ey, espera! —La alcanzo justo a tiempo y me interpongo en su camino—. Has mencionado eso del envenenamiento por gasolina y creo que te está pasando lo mismo. ¿Quieres que lo hablemos?

—Gasolina no, adrenalina. ¡Ups! He vuelto a hacerlo. ¡Soy una bocazas! —exclama.

—Deja de hacer eso, ¿vale? Creo que estás sacando conclusiones precipitadas.

No me pareces una friki, pero sí pienso que eres muy inteligente.

Solo quiero entenderte. ¿Volvemos al banco y me lo cuentas?

—Mi cerebro empieza a cortocircuitar por culpa de los cambios de humor adolescente tan repentinos.

Aunque en todo este lío, ni yo me libro de ellos. Es desconcertante.

—Quizá después de la cena, ¿te parece?

Entonces lo comprendo, necesita espacio. Así que se lo doy y la dejo marchar.

Después de la cena más triste del mundo, en la que he acabado cenando sola unos espaguetis a la marinara que estaban tan sosos que ni el crujiente pan de ajo ha servido para animarme, acudo a la asamblea nocturna con los ánimos por los suelos. Todo se está complicando.

«No llevas ni un día aquí. Tú también debes darte un tiempo. Deja que las cosas sigan su curso» , me aconseja Lia.

«Pero es que eso es justo lo que debemos evitar, Lia. Para eso estamos aquí; para alterar las cosas, no para que fluyan y acabemos en el mismo punto otra vez».

«Te exiges demasiado y tiendes a ponerte la tirita antes de la herida. ¿Acaso Renata no te enseñó nada?».

«¿Qué Renata?».

«¡La bruja! ¿ No te habrás olvidado de ella tan pronto?», Lia se revuelve en mi interior.

Me doy una palmada en la frente.

«Ha sido un lapsus, ¿vale? Por supuestísimo que me acuerdo de mi amiga Renata, solo que ahora mismo estoy un poco sobrepasada».

Quizá debería irme a dormir.

—¿Te apetece dar un paseo?

O quizá no.

—¡Claro! —respondo al ofrecimiento de Minnie, que ha venido en mi busca justo al acabar la asamblea y parece estar lista para hablar.

El campamento es mágico a estas horas de la noche.

Nuestros pies resuenan contra los caminos pavimentados y acompañan al sonido de los grillos como banda sonora de fondo.

Las chicas se mueven aquí y allá, visitando a compañeras o atendiendo sus últimas tareas antes de que suene el toque de queda.

Un grupito pasa por nuestro lado como una exhalación, entre risas y bromas, con esa complicidad única que solo te dan los momentos compartidos a lo largo del tiempo.

—Nunca se me ha dado muy bien encajar —me confiesa Minnie—. Esta mañana, durante la comida, estaba segura de que pasarías de mí después de lo que ha dicho Savannah, u Olivia. —Se rasca la cabeza—. No consigo diferenciarlas.

—Son como clones, ¿verdad? Me recordaron a las gemelas de El resplandor —añado para destensar el ambiente.

Minnie se ríe y unos hoyuelos se le dibujan en las mejillas. Me contagio al momento y en un segundo pasamos del drama al jolgorio.

«¡Hormonas!».

—Gracias —dice mi compañera cuando conseguimos calmarnos.

—No se dan. Yo tampoco soy muy buena encajando, no dejo de meter la pata —confieso.

—¿Estás de coña? Desprendes magnetismo. Estoy segura de que alguien como tú no debe tener ningún problema para hacer amigos —asegura.

No sé muy bien por qué, pero su comentario me molesta.

« Alguien como tú». ¿Qué narices significa eso?

—No soy como Kennedy o Violet, si es eso lo que insinúas —contesto con acidez—. Solo quiero…

Me interrumpo. ¿Qué es lo que quiero en realidad? Hasta ahora el único objetivo que me había fijado era conquistar a Devon. Él es mi billete a una vida diferente: fuera novios idiotas, padres exigentes y deudas inesperadas. Pero ¿y si no lo consigo? ¡Me muero!

«¡Ya salió otra vez la drama queen ! ¿Por qué no te haces un favor a ti misma y te relajas un poquito?», me acusa Lia.

Minnie me salva de soltar una frase mordaz en voz alta.

—Lo siento, tienes razón. Odio que la gente me juzgue y yo estoy haciendo lo mismo contigo. ¿Me perdonas?

—Te perdono si dejas de disculparte todo el rato. La vida es demasiado corta como para estar arrepintiéndonos a cada segundo. —Le golpeo el hombro suavemente con el mío y le guiño un ojo. Los de Minnie se iluminan en la oscuridad y asiente conforme.

Reanudamos nuestro paseo en silencio, pero esta vez no es incómodo, sino cómplice.

Minnie y yo llegamos a ser amigas en el anterior pasado, pero creo que ahora estamos pisando un nuevo terreno.

Quizá exista la posibilidad de cambiar más de una cosa, de construir relaciones más fuerte s.

Si algo he aprendido hoy, es que no todo es blanco y negro, pero muchas veces, perdidos en nuestro mundo, no vemos más allá de las propias narices y nos cuesta distinguir los matices de gris.

La vida fluye tan rápido que es más sencillo dejarnos llevar por impulsos y que nos arrastre la marea.

«Como tú misma llevas haciendo… ¿ cuántos años?», apunta Lia.

Y entonces lo veo: es como si nunca hubiera dejado de ser adolescente.

Parece que mi proceso de madurez se detuvo aquí mismo, entre estos mismos árboles.

Fui cumpliendo años, pero nunca dejé de comportarme como una cría y puede que esa fuera la razón por la que mi vida se convirtió en un auténtico fiasco.

« Pero, por eso estoy aquí, ¿no? Nunca es tarde. Centrémonos en el ahora», reflexiono.

«Buen momento para retomar nuestro propósito. A las nueve » , me contesta Lia.

«¿A las nueve? ». Consulto mi reloj de pulsera, al que ya me he acos tumbrado a recurrir en lugar de al móvil. « Pero ¡ si ya son casi las nueve y media! ».

Entonces, oigo un molesto ruidito metálico a mi izquierda.

Devon pasa no muy lejos de nosotras, en dirección al parking exterior.

El sonido procede del llavero que hace girar entre los dedos, del que cuelga una guitarra en miniatura.

Lo sigo con la mirada hasta que desaparece dentro de un viejo coche marrón oxidado y pone rumbo a Beakend, al tiempo que suena el toque de queda.

« El día ha acabado, pero todavía me quedan veintinueve más».