CAPÍTULO 9
—¿Alguna vez habías visto tanta variedad junta? —me pregunta Minnie.
Es la hora de comer en el Campamento White Yarrow y, aunque el campamento tiene cocineros, toda la comida está expuesta estilo buffet en las diferentes islas que se encuentran en el comedor interior.
Allí afuera está todo abarrotado, como suponía, pero para nuestro alivio, Violet, que ha llegado mucho antes que nosotras, nos hace gestos desde una de las mesas para que nos acerquemos.
Kennedy es la primera en llegar y se acomoda a su lado, pero cuando Minnie y yo estamos a punto de dejar nuestras bandejas, un bolso se entromete en nuestro camino.
—Lo siento, novatas. Este sitio está reservado —nos indica su dueña: una rubia de huesos marcados que lleva el pelo recogido en una perfecta trenza de espiga y que juraría que practica vela con Violet.
—¡Hola, Savannah! ¿Qué tal, Olivia? —saluda Violet incluyendo también a la chica que acompaña a la rubia con cara de haber chupado un limón: una quinceañera cortada por el mismo patrón que tiene la decencia de mostrarse un poco cohibida.
—Bien, hasta ahora —replica Savannah mirándonos de reojo a Minnie y a mí—. Cada año es lo mismo. La gente no sabe acatar las normas.
—Disculpa —intervengo—. ¿A qué clase de normas te refieres? Porque si lo dices por la mesa, nosotras hemos llegado primero y además Violet estaba…
—Estaba diciéndoles justo lo mismo, Savannah —me corta mi archienemiga—. Que está mesa est á ocupada. Pero no se lo tengas en cuenta, Cece y Minnie son nuevas y todavía están en proceso de adaptación. No conocen las normas sociales.
«¿Normas sociales? ¿También hay de esas en un campamento que ya de por si es pijo que te cagas?», pregunta Lia haciéndose eco de mis pensamientos.
—¿Has dicho Minnie? —se burla Savannah—. ¿Acaso eres la novia de Mickey Mouse?
Todas las chicas, menos Kennedy, que remueve su ensalada con incomodidad, estallan en risas. La sangre se me agolpa en la cara y estoy a punto de soltar una burrada cuando la tal Olivia añade:
—Savannah, deja que se quede la rubia. Al menos es mona. —Me señala con un tenedor. Minnie, a mi lado, agacha la cabeza: parece estar a punto de echarse a llorar.
—Gracias, pero creo que sé escoger a mis propias amigas —contesto—. Vamos, Minnie, hemos olvidado la bebida.
—No tienes porqué… —murmura mi compañera, pero ya la estoy arrastrando hacia el interior de nuevo.
Ninguna de las dos habla hasta que nos situamos delante de la Isla de los snacks , junto a la máquina de bebidas.
Escojo un té sin azúcar y Minnie, que ha conseguido controlar las lágrimas, se llena un vaso de los grandes de Pink Lemonade y añade una cookie de azúcar a su bandeja.
A continuación, nos sentamos en la primera mesa vacía que encontramos en la zona interior.
—No tenías por qué hacer eso —me dice al cabo del rato con el queso de los macarrones estirándose desde su boca al plato, como un chicle.
—¿Estás de broma? No podría sentarme con ellas, aunque quisiera. La media de neuronas en esa mesa era de cero con cinco. Mi profesora de mates avanzadas iba a disgustarse mucho si se enterara.
Minnie sonríe de medio lado.
—¿Eres de números? Yo soy más de letras, pero la verdad es que no se me dan mal las mates tampoco. ¡Ay, lo siento! —añade—. Debes de estar pensando que soy un friki.
— I’d rather be smart than cool —le contesto citando una de las frases típicas de la serie Lizzie McGuire, que me encantaba en esta época.
Mi voz interior me guiña un ojo y mi compañera agranda la sonrisa. Ahora recuerdo mejor por qué señalé a Violet como mi enemiga. Incluso para la Cece de entonces, ella era demasiado cruel. Al menos, he consegui do salvar la situación, pero aún nos queda la jornada de tarde.
No recordaba lo que se siente al montar a caballo.
Subida a lomos del animal, la altura me confiere una nueva perspectiva de la realidad que me rodea: una extraña mezcla de nervios y anticipación, de ansias de exploración y anhelos de libertad.
Ahí arriba soy yo la que lleva las riendas de mi destino, y que este sea aciago o afortunado depende solo de mí misma y de mi conexión con el caballo, y eso me llena de seguridad.
Acaricio las crines del animal con delicadeza, permitiéndome sentir todas esas cosas y el vínculo es tan mágico que noto c ó mo cada célula de mi cuerpo se relaja, obviando el mundo a mi alrededor y todo lo acontecido hasta ahora.
—¿Cómo te sientes? ¿Lo ves adecuado?
Por un momento casi me he olvidado de que estoy junto a Devon.
He llegado de las primeras para que me aconsejara sobre qué caballo elegir.
« Más bien para evitar que te toque ese caballo maldito que te tiró la última vez, sellando así tu destino», me recuerda Lia.
Bueno, puede que por eso también. Aunque sé muy bien que fue exclusivamente culpa mía, no puedo evitar mirar con resquemor al enorme ejemplar marrón que espera a ser escogido en el box de al lado. Devon me sigue la mirada y malinterpreta mis pensamientos.
—¿Te llama más la atención el señor Brown? Es un caballo singular, pero solo se lo recomendaría a jinetes expertos que empleen movimientos precisos.
«¡A buenas horas, mangas verdes! Si me hubiera avisado de eso en su momento, otro gallo hubiera cantado».
—No, solo lo miraba por curiosidad. Es… muy bonito, pero creo que me quedaré con el blanco, se le ve muy tranquilo. Gracias.
—Sí, Spirey suele ser bastante manso y creo que se ajusta a tu tamaño.
—¿Me estás llamando bajita? —protesto, una vez más, sin pensarlo—. Porque no es que tú seas Michael Jordan precisamente.
—Joder, Cece, ¿es que siempre te lo tienes que tomar todo tan a la tremenda?
No hace ni veinticuatro horas que te conozco y cada vez que hablamos tengo la sensación de estar obligado a escoger cada palabra con pinzas —dice, molesto.
«Sí, eso me suena…»—. Me refería a que no es el caballo que ofrecería a una de las niñas más pequeñas.
Me quedo callada porque: primero, me ha llamado Cece (eso ya indica cierto grado de confianza, ¿no?) y segundo, no quiero que me encasille como la chica insoportable de último curso que no deja de tocarle los cojones (aunque en mi defensa diré que siempre me lo pone a huevo).
Además, no tengo ocasión de disculparme porque alguien reclama su ayuda al otro lado del establo y desaparece chasqueando la lengua.
«Otra oportunidad desperdiciada».
«¡Cállate, Lia! Concédeme tú también un respiro para variar. ¡Me agobias!».
Para mi sorpresa, y alivio, mi voz no replica y puedo concentrarme en guiar a Spirey hacia el picadero, donde ya me espera la profesora.
Me bajo del caballo para saludarla.
Estoy muy feliz de volver a ver a Mary Anne; ella era una de mis monitoras favoritas. Con su particular acento sureño y amabilidad infinita, siempre me hizo sentir como en casa. Bueno, como en casa no, que allí ya se sabe cómo están las cosas con mis padres, pero yo me entiendo.
—Bienvenida a la clase de equitación, soy Mary Anne y seré tu profesora.
La mujer, que ya estará cerca de la treintena, me envuelve en un cálido abrazo como si me conociera de toda la vida, aunque esta sea la primera vez que me ve realmente. Huele a cuero y a paja y el ala del sombrero vaquero, que le oculta el salvaje cabello trigueño, me hace cosquillas en el cuello.
—Has escogido muy bien —me anima—. Spirey es de mis caballos preferidos. ¿Empezamos?
Casi una hora más tarde, dirijo el caballo hacia su box, caminando a su lado en un intento de que las piernas se me desentumezcan.
La clase ha ido fenomenal y me ha servido para desconectar y acabar el día con una sonrisa en la boca que me hacía mucha falta.
Incluso he conseguido olvidarme de mi misión y de cierto melenas de ojos hipnóticos por un ratito.
Aun así, no puedo evitar buscarlo cuando estoy a punto de entrar en la cuadra, pero no hay suerte.
—Déjalo ahí dentro, no te preocupes, alguien vendrá a hacerse cargo de él enseguida —me indica Mary Anne desde la entrada antes de desaparecer hacia el exterior de nuevo.
No me queda otro remedio que hacerle caso, aunque me muevo a cámara lenta para darle margen a Devon , por si decide aparecer.
Desensillo al animal y guardo todos los aparejos, pero él sigue sin dar señales de vida.
Así que al final cierro el box con cuidado y me quedo apoyada en la portezuela de madera, muy interesada en mis uñas.
—¿Aún estás así?
Levanto la cabeza para encontrarme con Minnie, que ha tenido clase conmigo, pero que, al contrario que yo, ya se ha quitado hasta las botas de montar.
—¡Vamos! Tenemos una hora y media antes de la cena. Si nos aseamos pronto, podremos hacer algo juntas.
Al final me resigno y acompaño a Minnie hasta las duchas.
Cuando acabamos, nos sentamos en el banquito de madera que hay en el porche exterior de nuestra cabaña para hacer tiempo hasta la cena. Dentro, Kennedy y Violet, que nos han ignorado descaradamente al volver, están enfrascadas en una amplia disertación sobre los encantos de los nuevos monitores.
—Se está bien aquí, ¿verdad? —pregunto en un intento por romper el silencio que se ha instalado entre nosotras y que espero que pronto lo supla la confianza. Pero ella, con la mirada fija al frente, no contesta.
A nuestro alrededor el sol empieza a fundirse entre los árboles del bosque en una explosión de color que tiñe las verdes y exuberantes hojas de cálidos tonos rojizos.
Aunque pronto descenderá la temperatura, la promesa de que todavía quedan muchos días de verano por delante se lee en el brillo de los últimos rayos que asoman a través de las copas antes de hundirse definitivamente entre ellas.
Parece que no quieren decir «adiós», sino un « hasta luego » que me llena de paz.
¿Cuánto tiempo hace que no me sentía así?