Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Remo debería ser una actividad relajante, pero pocos saben el esfuerzo que supone; apenas he empezado y ya estoy sudando.

Por suerte, parece que este cuerpo recuerda cada movimiento que debo hacer con las palas y me encanta comprobar que estoy en forma y con mucha más energía de la que suelo tener normalmente.

Me siento tan segura a bordo que me permito relajarme mientras mi cabeza ya está anticipándose a la hora siguiente: ¡por fin veré a Devon!

Y debo maquinar un plan para ganármelo de nuevo.

—¡Ojo, Cece, que nos vamos a pique! —grita Minnie.

Estamos practicando en kayaks dobles, los llamados sculls , con dos palas cada una, y me ha faltado poco para volcar nuestra embarcación. ¡Pero si me he distraído solo un segundo!

«Ya, claro, un segundo. ¡Llevas como diez minutos en la mona de Pascua!», me acusa Lia.

Para mi desgracia, Minnie no ha sido la única que se ha percatado de mi despiste.

Nuestro monitor de remo, Jonah, cuya piel bronceada, pelo rubio y grandes bíceps podrían hacerlo pasar por el nieto del famoso Hulk Hogan, me acaba de echar la bronca del siglo.

Será todo lo guapo que las chicas quieran, pero tiene una mala hostia de manual y, por cierto, no era necesario que lo hiciera desde la orilla y con su enorme megáfono.

Hasta Violet y sus amiguitas, que practicaban vela no muy lejos de aquí, se han enterado.

Y aunque me cuesta distinguirlas desde la distancia, estoy segura de que deben estar partiéndose el culo de mí. Otra vez.

Con este panorama, llego al tercer periodo de clases herida física y emocionalmente. Por eso, me olvido de todo lo que había estado planeando para causar una buena impresión y entro al estudio de Devon dando un portazo.

—Quien rompe, paga, aunque seguro que no tendrás ningún problema en hacerlo. Siempre puedes acudir a tu papaíto y listo —me espeta a modo de saludo.

«Pues sí que empezamos bien».

—Cíñete a hacer bien tu trabajo y no tendré que quejarme a mi papaíto —replico tan rápido que ni siquiera me reconozco, como si mi yo adolescente me hubiera poseído por un momento.

Devon me fusila con la mirada.

«¡Cece!»

«¡Joder! Lo siento, Lia. Se me ha ido la pinza. Vale, respiro hondo y vuelvo a empezar».

Tomo aire y me dispongo a intentarlo de nuevo, pero antes de volver a hablar, la llegada del resto de alumnas me interrumpe.

Como bien ha dicho Nicky, la clase no es muy popular porque solo son dos.

—¡Cece! —exclama un remolino de pelo zanahoria que se estrella contra mi pecho.

Ahora, Devon nos observa con curiosidad.

—¡Hola, Kiara! ¿Qué tal? ¿Encontraste tu cabaña anoche? —le pregunto a mi compañera de banco en la asamblea.

—¿Estás de broma? Pero ¡ si la que estaba perdida eras tú! Si no llego a acompañarte, habrías pasado la noche a la intemperie.

Veo de reojo que Devon quiere reírse, pero acaba haciendo solo una mueca rara.

De buen grado me reiría yo también ante el desparpajo de la pequeña (¿qué clase de cría utiliza la palabra «intemperie»?), pero en su lugar me sonrojo porque acaba de dejarme en evidencia.

—¡Ay, qué niña más graciosa! A lo mejor deberías apuntarte a teatro en lugar de a guitarra. Eres una actriz de primera —salgo al paso, alborotándole el pelo como si acariciara a un cachorrito perdido.

Kiara me fulmina con la mirada y está a punto de replicarme cuando Devon nos llama para poder comenzar la clase.

Pensándolo mejor, la niña se sienta lo más alejada que puede de mí, con la guitarra delante de ella.

Es tan grande que casi oculta su diminuta figura, y al segundo me siento mal por haberme metido con ella.

Hasta la tercera estudiante que completa el grupo, una chica de unos trece o catorce años que se presenta como Theresa, parece mirarme mal (y eso que esconde parte del rostro tras una cortina de pelo castaño).

«¡Olvídalo! Solo es una cría, de aquí un rato se le habrá olvidado todo. Ahora, céntrate en la misión», me recuerda Lia.

Devon empieza la lección con unos conceptos básicos sobre la postura del cuerpo, la posición de las manos y nos indica cómo sujetar el instrumento.

A pesar de su tamaño, Kiara se las apaña bastante bien, pero Theresa, que no se aclara demasiado, quiere desaparecer en su silla cuando Devon se arrima para ayudarla.

Intento hacerme la despistada para ver si acude también a mi rescate, pero debo de ser una actriz horrorosa porque Devon pasea la mirada de la chica a mí y luego me ignora por completo.

—Quizá eres tú la que debería ir a teatro —me susurra Kiara al oído, que no sé en qué momento se ha cambiado de sitio y está ahora a mi lado.

«¡Será posible la niñata esta!», exclamo en mi interior.

Lia se parte de risa y acabo sacándole la lengua a la cría, que me devuelve el gesto haciendo una mueca todavía más forzada. Ambas estallamos en risas y Devon, que todavía seguía ayudando a Theresa, alza la cabeza en nuestra dirección con una expresión que no sé descifrar.

—Tomároslo en serio, chicas —nos amonesta a la par que tuerce el gesto, como si se hubiera dado cuenta de la posición en la que está y el papel que debe desempeñar—. Acércate, Kiara —añade—. Te enseñaré cómo afinar tu instrumento.

«¿Y yo qué?», pienso. Pues el descaro con el que me ignora es asombroso hasta viniendo de él.

«Tampoco es que se lo hayas puesto fácil de momento».

Quizá Lia tenga razón, así que redoblo mis esfuerzos por ser amable, aunque ni por esas consigo captar su atención.

Intento que no me afecte y lo observo mientras guía a las chicas para que aprenden los primeros acordes sencillos.

Devon se inclina sobre su guitarra, con el pelo cubriéndole un poco sus preciosos ojos verde menta, mientras rasga las cuerdas casi con devoción, como si las acariciara.

Me muerdo el labio inferior y procuro que no se me caiga la baba.

—Te estás esforzando mucho, ¿a que sí, Cece? —me pregunta Kiara—. Lo sé porque te estás mordiendo el labio. Yo lo hago cuando mi profesora nos pone problemas difíciles en matemáticas. No se me dan muy bien los números.

— Las operaciones matemáticas tan solo requieren práctica, Kiara —le contesto—. Y estoy segura de que, con un pelín de paciencia y el empeño que le pones a todo, no tardarás en entenderlas.

«Eso ha sido muy amable por tu parte», me felicita Lia.

—¿Tú crees? —pregunta la niña, no muy convencida.

—Palabra. Mi hermana pequeña era como tú y ahora es de las mejores de clase.

Kiara me sonríe con su boca desdentada e incluso me da un abrazo de despedida enorme en cuanto suena la campana que pone punto final a las clases de la mañana. Sin guardarme rencor, como había predicho Lia.

Theresa sale tras ella sin dirigirme la mirada y soy más consciente que nunca de que Devon y yo nos hemos quedado a solas, por fin.

Me aterra darme la vuelta y encontrarme con su ceño fruncido, pero me armo de valor y al final me giro.

Para mi sorpresa, lo encuentro mirándome fijamente de nuevo, como si estuviera analizándome.

—Tú no tiene ninguna hermana—dice. Pero su tono de voz no es acusatorio, sino curioso, así que no siento la necesidad de saltar a la defensiva esta vez.

—Yo lo sé, tú lo sabes, pero ella no. —Sonrío—. ¿Qué hay de malo en decir una mentirijilla piadosa si con ella puedes hacer feliz a un niño?

Devon no me contesta, pero, aunque se esfuerza por evitarlo, una media sonrisa le pinta la cara.

—¡ Ciao ! Nos vemos por aquí, supongo —añado.

Sé que lo veré por la tarde en los establos.

—Supongo —me contesta, sumido en sus pensamientos.

Agrando mi sonrisa, me aparto el pelo del hombro con un gesto de mano y doy media vuelta para marcharme.

«¿Está coqueteando, señorita Ross?», insinúa Lia.

«Todavía no, solo estoy esforzándome más, como tú misma me has recomendado».

Y, aunque es tan solo mi voz interior, en este momento me la estoy imaginando como una yo en miniatura, en forma de dibujo animado y guiñándome un ojo cómplice.