Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Un sonido infernal me despierta a las siete y media de la mañana.

Lanzo la mano fuera de la cama para apagar la alarma de mi móvil, que debe estar en la mesita de noche, pero en su lugar me golpeo con un trozo de madera y el dolor me recorre el brazo en sentido ascendente desde la punta de los dedos.

Me incorporo de inmediato y otro golpe sordo, esta vez en la cabeza, me hace ver las estrellas.

«¿Dónde narices estoy?». Está claro que esta no es mi mullida cama de matrimonio, de hecho, al dolor de mano y cabeza se suma el de riñones, que se quejan tras haberse pasado la noche clavándose los muelles del colchón.

—¿Qué cojones…? —exclamo en voz alta, percatándome de la escalerilla de madera anclada a mi cama contra la cual he estrellado la mano.

Una voz que proviene de por encima de mi cabeza me contesta:

—Es la corneta de buenos días. ¡Bienvenida a tu primer día oficial en el Campamento White Yarrow, novata!

«¡Ni que estuviéramos en el ejercito!», replica mi voz interior . Perdón. « Lia » .

Es entonces cuando por fin me ubico: esto no es sueño.

Vuelvo a tener dieciséis años, estoy en un campamento de verano («¡qué digo en un , en el campamento de verano!

») y ahora mismo maldigo las horas que me quedé despierta charlando con las chicas tras la cena de bienvenida.

Bueno, eso, y la mierda de litera donde he pasado la noche.

«Era necesario reconocer el terreno», me recuerda Lia.

Tiene razón. Anoche estaba muy interesada en todo lo que mis compis de cabaña pudieran contarme porque el cerebro debe amoldarse a la nueva situación y volver a pensar como una adolescente.

Parece mentira todo lo que ha cambiado la sociedad en los últimos (próximos) diez años y la facilidad que tiene la cabeza para desechar los recuerdos que no van a aportar nada en la edad adulta y a los que tengo que intentar aferrarme ahora mismo si no quiero que me descubran.

«Porque, lógicamente, se van a dar cuenta enseguida de que eres una persona que ha llegado del futuro para resarcirse de sus actos pasados».

«Gracias por tu sarcasmo, Lia, pero ¿por qué no? ¿Tú sabes la de pelícu las que nos tragábamos en esta época? No habría tenido ningún problema en creerme algo así por aquel entonces».

—¡Buenos días, chicas! ¡Empieza la diversión! ¡ Rise and shine !

Kennedy irrumpe en la cabaña con una sonrisa de oreja a oreja, animándonos a todas a levantarnos y brillar, aunque dudo que pueda hacerle sombra por mucho que me esfuerce. A pesar del madrugón, luce fresca como una lechuga con el uniforme puesto.

—¿De dónde sales tan temprano? —inquiere Violet.

—Oh… es que… no podía dormir —contesta la rubia—. Así que me he ido a los baños a darme una ducha energizante y a arreglarme bien. ¡Me muero por descubrir qué nos depara la jornada! ¿Se encargarán de los deportes acuáticos los mismos monitores buenorros del año pasado?

Violet, que ya ha descendido de las alturas, sonríe satisfecha con la respuesta, pero mientras examina la bolsa de aseo en busca de su maquillaje, a mí me parece que Kennedy, que no deja de montar un pie sobre el otro nerviosa, acaba de lanzar una bomba de humo para salir al paso.

Decido no darle más vueltas. Fijo que serán cosas de adolescentes. De momento, debo centrarme en mi misión: Devon. ¿Lo veré hoy? Estoy segura de que sí, al fin y al cabo, en el tercer periodo tendré mi primera clase de guitarra.

—Tenis, remo y danza clásica. Esas son las actividades de la mañana para tu primer día —me recuerda Nicky, nuestra Hermana Mayor.

Para mi disgusto, estamos desayunando en el comedor interior del pabellón porque hemos tenido que esperar a que cierta señorita terminara de arreglarse y, por supuesto, el porche exterior se ha llenado.

—Esas niñatas se van a enterar en el próximo turno de quién manda aquí —refunfuña Violet por lo bajini.

—¿Cómo has dicho? —preguntamos Nicky y yo al mismo tiempo.

Ella en respuesta a la grosería de mi compañera y yo porque mi cerebro acaba de procesar sus palabras de hace un momento, cuando me ha entregado mi horario definitivo.

—¡Debe haber un error! —replico, indignada—. Elegí practicar un instrumento a tercera hora, guitarra para ser más exactos.

Nicky se lleva dos dedos hacia los ojos y a continuación señala a Violet con ellos, en un claro gesto de advertencia. No obstante, lo deja pasar y procede a retirarse el bolígrafo de la oreja para prestarme atención a mí y comprobar lo que le digo en su amado portafolios.

—No, estoy bastante segura de que tú eres la que ha cometido el error —me rebate—. Tus padres insistieron en que continuaras con tu instrucción de ballet. Eres bailarina desde muy pequeña, ¿me equivoco?

¡Mierda! ¡No , no, no! Esto no puede estar pasando, mis padres siguen jodiéndome la vida incluso volviendo atrás en el tiempo.

—¡No! ¡Eso no es así! —exclamo en voz más alta de la que pretendía.

La gente que pasa por nuestro lado se gira alarmada, pero no bajo el volumen.

—Precisamente porque soy una bailarina experimentada no necesito una práctica extra —añado—. ¡Quiero probar cosas nuevas! Además, ¿para qué nos hacéis elegir si luego nos asignáis lo que os da la gana?

Por un momento pienso que todo esto de viajar en el tiempo ha sido una locura y que quizá sea imposible cambiar el pasado después de todo.

Sin embargo, lo he apostado todo y no pienso rendirme tan pronto, así que saco un as de la manga; el mismo que pareció funcionarme con Devon cuando se puso en plan gallito ayer.

—Mis padres tienen muchos contactos —insinúo— y no les hará ninguna gracia enterarse de que no estáis tomándoos en serio los deseos de su querida y única hija.

Nicky pone los ojos como platos y se muerde el interior de la mejilla. Está sufriendo alguna especie de debate interno y escanea su alrededor en busca de apoyo.

Sigo su mirada y ahí está él: Devon. Forma parte del grupito que se ha girado al oír mis gritos. ¡ Justo tenía que elegir este momento para hacer acto de presencia! Me fijo en él: parece muy interesado en nuestra conversación.

—¿Es que no recuerdas lo que nos explicaron en la reunión, Nicky? —dice, y se acerca a nosotras. Siento la inquina en su tono de voz: se la está devolviendo por su último enfrentamiento.

Pero mi Hermana Mayor, que ya parece haber vuelto en sí, no se amilana.

—¡Genial, Devon! No podías ser más oportuno. La señorita Ross está superinteresada en tu clase de guitarra, así que me apresuraré a pedir el cambio.

—Espera, ¿qué? —pregunta él , confuso.

—Seguro que no te importará recibir a una nueva alumna en tu clase, que de por sí está bastante vacía, por cierto. Además, la señorita Ross es una chica con unos modales exquisitos. No te dará ningún problema. ¿A qué no, Cecelia?

Devon se sonroja, pero creo que es más bien por combustión interna que por estar de acuerdo con el comentario de mi Hermana Mayor. Me dan ganas de estrangularla, pero si monto otro numerito ahora que ha accedido a modificar mis clases, igual consigo justo lo contrario. Así que me muerdo la lengua.

—Por supuesto, solo ha sido un malentendido. Por norma general soy muy tranquila y… —me interrumpo al comprobar que estoy hablando sola.

Devon se ha largado dando zancadas y Nicky ha hecho lo mismo, con paso seguro mientras silba, feliz de haberse salido con la suya.

«¡ Madre mía! ¡Adolescentes!», pienso para mí misma recordando que estos dos apenas me llevan un par de años.

«Bueno, hemos conseguido lo que queríamos, que es lo importante», me contesta Lia.

«Pues Devon no parecía muy feliz de contar con mi presencia».

«Un aliciente para esforzarte más».

Suspiro. Creo que este primer día va a ser más largo y complicado de lo que me imaginaba.

Confirmado. La mañana no hace más que complicarse a cada periodo.

—¡Ha mordido el polvo! —mi contrincante se burla m í y choca los cinco con su compañera.

Es primera hora y acabo de descubrir que no soy mejor en tenis de lo que era en lacrosse , que fue mi opción en el pasado. Es más, me he caído al suelo intentando devolverle el golpe a mi rival de pista (y de vida).

—¡Basta, Violet! —la riñe Caddy, nuestra monitora de tenis, antes de girarse hacia mí—.

Debes fijar la vista en la pelota, Cece, y no en el otro lado de la red —añade calándose la visera granate, a juego con la camiseta de tirantes ceñida que le deja al descubierto la piel morena y le marca la ancha espalda.

«Para ella es fácil decirlo, no se está enfrentando a su archienemiga», apunta Lia.

Mi sentimiento de odio ancestral hacia Violet resurge con más fuerza que nunca.

«En todos los sentidos», respondo frustrada , agachándome a comprobar los daños. Me he pelado la rodilla y estoy sangrando. Las lágrimas me acuden a los ojos sin poder evitarlo, aunque me duele más la humillación que la herida.

—¡ Time out ! —exclama Caddy cuando llega a mi altura—. ¿Estás bien, Cece? ¿Quieres ir a la enfermería?

Veo por el rabillo del ojo cómo Violet y su compañera ocultan sus risitas con la mano.

—No, tranquila, solo necesito limpiarme un poco —contesto, tragándome las lágrimas.

Caddy asiente y me señala el banquillo, donde me siento y echo mano de la pequeña mochila que llevo conmigo.

Prepararla esta mañana ha supuesto todo un flashback , sobre todo cuando he añadido mi botella de agua reutilizable: una cilíndrica de color morado hecha de plástico rígido semitransparente cuyo ancho tapón naranja está unido al cuello de la misma mediante una lengüeta para evitar que se pierda.

Lo desenrosco para tirarme agua por encima del rasponazo.

Escuece, pero ni de broma pienso quejarme.

En remo la cosa no mejora, a pesar de que mi humor sí lo hace cuando llego al lago.

El sol brilla sobre las mansas aguas de color azul verdoso que reflejan el cielo despejado de principios de verano.

Pasan de las diez de la mañana y el calor está empezando a hacerse notar, invit ándonos a zambullirnos, aunque no estoy aquí para eso, sino para surcar el agua en canoa.