Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

La miro con cara de póker, pero cuando empieza a sacar vestidos y a colgarlos uno tras otro lo recuerdo: ese espacio fue motivo de diversas disputas porque todas queríamos colgar allí nuestros vestidos para que no se arrugaran (o porque nos daba pereza doblarlos para meterlos en los cajones).

Sin embargo, pelear por eso es una tontería porque…

—¡Relaja, Violet! ¡Hay espacio para todas ahí adentro! —Kennedy se acerca a ella—. Pero ¿ cuántos vestidos te has traído este año, tía? Dudo que puedas usarlos todos. ¿O es que acaso te has olvidado de que llevamos uniforme todo el tiempo?

—Lo sé, pero en nuestro tiempo libre podemos llevar lo que nos dé la gana, ¿no? —contesta la morena—. Este año no pienso bajar al pueblo uniformada como si fuera una colegiala. Quién sabe cuándo me cruzaré con algún chico guapo…

Pongo los ojos en blanco, pero me aseguro de hacerlo una vez le he dado la espalda a Violet: tengo que elegir bien mis batallas con ella y esta no va a ser una de ellas.

Abro la primera de mis maletas dispuesta a usar mi cajonera y un mar de rojo y blanco me inunda la vista.

El uniforme que mencionaba Kennedy, el que llevaremos a diario, consiste en una camiseta blanca (con el logo del campamento en rojo) y un pantalón rojo (con el logo del campamento en blanco en un lado) y, al contrario de lo que pueda parecer a simple vista, no iremos todas como clones, pues la variedad es inmensa.

El mismo estilo se reproduce en camisetas de algodón clásicas de manga corta con el cuello redondo, un poco más ajustadas con el cuello en pico, o de estilo deportivo tipo fútbol americano.

De la misma manera, las tenemos de tirantes ajustadas, de tirante ancho o deportivas al estilo baloncesto.

También hay un par de sudaderas y otro par de camisetas de manga larga.

Sucede lo mismo con los pantalones: cortos de algodón con un cordón en el centro o más deportivos, otros largos tipo chándal…

Y no nos olvidemos de los clásicos bañadores rojos de una pieza o los chubasqueros y gorras del mismo color.

Queda bastante claro por qué el Campamento White Yarrow está considerado un campamento de élite, ¿no? Aquí no se deja nada al azar.

Cuando acabo con la primera maleta, vacío las otras dos y mis cajones van adquiriendo un poco de variedad al añadir mi ropa y enseres personales.

Tardo más de lo previsto en organizarlo todo porque me paro cada dos por tres a observar los conjuntitos que llevábamos en la época: ¿Chándal de terciopelo?

¿Y de verdad necesitábamos tantos accesorios?

Bandas para el pelo, millones de ganchitos, gomas y pincitas de colores, cinturones de cuentas, gargantillas ajustadas… Estoy abrumada.

—¿Decidiendo qué ponerte para cenar?

Pego un respingo al descubrir a Kennedy junto a mí.

—Pues… ¿Sí?

—Tranqui, yo te ayudo: escoge una camiseta y un pantalón del uniforme. Listo. Y así cada día. Te acostumbrarás rápido.

—¡Ay! ¡Qué gargantilla más adorable! ¿Me la prestarás algún día? —me pregunta Violet, acercándose por el otro lado.

—Pero Kennedy ha dicho…

—Kennedy no ha dicho nada sobre los accesorios, podemos llevar los que queramos.

—Bueno, sí, pero, aunque adoro mi colección de cinturones no se me ocurriría ponerme ninguno de ellos por encima de los pantalones del uniforme —responde la aludida.

—¡Uy no, Dios nos salve! Estarías francamente ridícula, querida, pero unos bonitos pendientes…

Violet se aparta para revolver en sus propios cajones hasta que da con unos aros enormes.

—¡Perfectos! —exclama.

Ahora es Kennedy quien pone los ojos en blanco. ¿O me lo he imaginado?

Unos minutos más tarde, las cuatro estamos listas para la cena, perfectamente uniformadas, pero cada una fiel a su estilo.

Violet con su camiseta de tirantes más ajustada, se ha puesto los pendientes de aros y se ha retocado el maquillaje (otra vez).

Toso cuando las toneladas de perfume de vainilla que se he echado crean una nube tóxica a mi alrededor.

Kennedy, por el contrario, se ha desprendido de su imagen de niña pija rebelde recogiéndose los rizos en una coleta y, aunque no va maquillada, luce un rostro tan natural que lo parece.

La veo con el uniforme más deportivo en las manos, sin embargo, parece pensárselo mejor y acaba en un punto medio, escogiendo la camiseta de tirantes anchos.

No intimé mucho con ella en mi anterior estancia, pero algo me dice que, si rasco un poco, encontraré una Kennedy diferente a la de mis recuerdos.

Minnie y yo hemos optado por la camiseta clásica de manga corta y cero maquillaje.

Intento recordar si en su día llevaba, y es probable que sí, pero en estos momentos estoy tan cansada de tonterías adolescentes que lo que menos me apetece es perder el tiempo frente al espejo con una brocha en la mano.

«¿Ya te has hartado? Pues anda que no te queda por aguantar».

«Ni me lo recuerdes, solo de pensarlo me da dolor de cabeza».

«Paso a paso».

«Te repites, voz interior».

«Y tú podrías ponerme un nombre . Creo que vamos a estar juntas mucho tiempo».

Suspiro. Sí, si algo tengo claro es que no me voy a librar de ella ni con agua caliente.

«Está bien. Te llamaré Lia. Seremos Cece y Lia. Cecelia, ¿lo pillas?».

«Lo dicho, juntas mucho tiempo…».