Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Nicky se detiene cuando alcanzamos el pabellón.

Alzo la cabeza ante su imponente estructura y tengo que esforzarme mucho para que la mandíbula no se me descuelgue.

Es una de las construcciones más grandes de todo el campamento y alberga diferentes estancias: el gran comedor, la sala común, el estudio de danza, el teatro e incluso un pequeño consultorio médico.

Está hecho del mismo tipo de madera anaranjada que el resto de instalaciones, aunque destaca por encima de todas ellas porque está construido sobre una plataforma elevada.

Cuando subimos las escaleras que llevan a la entrada principal, mi Hermana Mayor se desvía hacia la derecha y yo me quedo atrás, fijándome en los diáfanos ventanales que reflejan los rayos del sol de la tarde.

Este ha iniciado ya su descenso y siento que estoy observando una postal.

Una cálida sensación me envuelve el pecho: es como regresar a casa.

Para entonces, Nicky ya ha alcanzado la zona lateral, donde una serie de mesas alargadas y bancos de madera se alinean bajo un rústico porche, así que me apresuro a seguirla.

—La asamblea es en el comedor interior, pero como debe estar a punto de comenzar, si no lo ha hecho ya, mejor entramos por detrás —me informa.

Al cruzar el porche exterior, recuerdo que era el espacio más cotizado durante las comidas.

Reunirse allí casi equivalía a hacerlo en pleno bosque debido a la vegetación circundante.

Esa es una de las maravillas del Campamento White Yarrow: se funde con la naturaleza.

Los edificios que lo componen, incluidas las cabañas dormitorio, están desperdigados aquí y allá entre los árboles y para llegar a cada uno de ellos debes desviarte del camino principal y tomar diferentes senderos.

Es hermoso, aunque un poco laberíntico, así que solo espero recordar lo suficiente para moverme con soltura sin parecer despistada.

«¡Es que lo eres! Pero siempre puedes acudir a Devon si te pierdes. Lo de la joven en apuros es una buena baza», apunta mi voz interior.

No tengo tiempo de replicarle porque justo entonces llegamos a la puerta acristalada que conecta con el interior. Nicky la abre de par en par para mí y me insta a pasar delante. Maldigo bajito cuando el ruido hace que cientos de cabezas se giren en mi dirección.

El comedor interior es una amplia habitación alargada de techos altos donde la mayoría del espacio está ocupado por un conjunto de mesas y bancos idéntico al que hemos visto en el exterior.

En el hueco sobrante hay un grupo de islas donde se expone la comida cada día y que, ahora mismo, están recubiertas de bandejas metálicas vacías.

Delante de ellas se encuentra una anciana que viste todos los colores del arcoíris: la camiseta desteñida, los vaqueros amarillos ajustados y las zapatillas rosas estilo Converse que calza contrastan con su rostro arrugado.

No lleva ni una pizca de maquillaje y se ha recogido el pelo gris sin mucho cuidado, con una enorme pinza en la nuca.

La reconozco de inmediato y, al recordar que en mi presente ella ya no existe, me da una punzada de tristeza en el pecho.

Renata me lo contó: Felicity Williams, la legendaria directora del campamento, falleció en 2010.

Sus hijos, el hombre y la mujer que ahora la flanquean a izquierda y derecha, continuaron con su legado, al igual que la propia Felicity lo hizo en su día al heredarlo de su madre.

Grace Williams, la fundadora original, construyó el Campamento White Yarrow en los años 40 del siglo pasado y le dedicó toda su vida.

No en vano, es uno de los campamentos con mayor solera del país.

La anciana, que no me ha quitado el ojo de encima desde que he llegado, carraspea porque al parecer llevo un buen rato paralizada en la puerta.

—Por aquí delante queda algún sitio, bonita —me indica—. Acércate, apenas acabamos de comenzar.

«Vamos, princesa, mueve el culo», me insta mi voz interior.

«¡Por el amor de Dios! ¿ Es necesario pasearme por el comedor entero? ¡Todo el mundo me está mirando! Y además en las primeras filas solo se sientan…».

Nicky me da un empujoncito por detrás y yo rechino los dientes.

No me queda otro remedio que obedecer, así que suspiro, levanto el mentón al estilo de mi madre y avanzo con pasos decididos.

Las chicas cuchichean a mi alrededor, pero intento hacer oídos sordos y de tripas corazón hasta que llego al lugar donde me indican y tomo asiento, tragándome la vergüenza.

—Tranquila, mi mamá siempre dice que lo importante es que hablen de ti; no importa si bien o mal —susurra una vocecita a mi lado.

Me giro hacia la derecha y tengo que inclinar la cabeza para observar a mis compañeras de banco, pues ninguna llega al metro treinta.

¡Me han sentado con las pequeñajas! La que me ha hablado, una niña de enormes ojos castaños y nariz pecosa a la que le faltan un par de dientes de leche, me estira de la manga.

—Me llamo Kiara. ¿Y tú?

—¡Shhh! —la chista su compañera al otro lado, y la niña se sonroja tanto que el tono que adquieren sus mejillas compite con el pelirrojo de su cabello.

Aprovecho el momento para volver la mirada al frente, donde Felicity ha retomado su discurso.

—Como iba diciendo, mis hijos, Kevin y Trisha, dirigen el campamento —señala a la mujer y al hombre a su lado—, aunque me veréis bastante por aquí. Me niego a jubilarme todavía por mucho que insistan algunos.

La mujer, Trisha, pone los ojos en blanco, pero sus gruesos labios, idénticos a los de su madre, se curvan en una cálida sonrisa al tiempo que los rizos rubios le rebotan contra el rostro cuando niega con la cabeza.

Su hermano, sin embargo, se pellizca el puente de la nariz, abochornado, y se apresura a recolocar la montura diminuta de sus gafas, que se desliza constantemente hacia abajo.

—Un año más, hemos cubierto el cupo —continúa Felicity—, así que sois noventa y nueve, digo cien, campistas.

—No se me escapa cómo me mira divertida.

«¡Genial! Ahora debo de estar tan roja como esta niña»—.

Os hemos agrupado por franjas de edad: siete y ocho, nueve y diez, once y doce, trece y catorce y quince y dieciséis.

Cada grupo estará capitaneado por una Hermana Mayor.

De izquierda a derecha os presento a Jessica, Danielle, Christina, Amber y Nicole.

—Señala a un grupo de chicas sonrientes que permanecen de pie al lado izquierdo del comedor, unas filas por detrás de mí. Todas deben rondar la veintena.

Espera. ¿C ómo ha llegado Nicky hasta ahí tan rápido?

—Como sois unas veinte campistas por franja de edad —prosigue la directora—, se os ha dividido en cabañas de cuatro, por lo que hay cinco en cada tramo.

Las cabañas de la uno a la cinco pertenecen al grupo de edad entre siete y ocho años y así sucesivamente hasta llegar a la cabaña veinticinco.

Pero bueno, no hace falta que me extienda mucho más en esto, a estas alturas cada una debería saberlo ya.

Siento un picor extraño en la nuca, así que me giro y veo que, efectivamente, Nicky está mirando en mi dirección. Los labios se le fruncen hacia la derecha en un claro gesto de reproche.

«Lo pillo, tía. Ni idea del puto número, ¿y qué? ¡Supéralo!», me dan ganas de gritarle.

«En realidad, sí lo sabes. Nicky ha ordenado a tu chico que lleve el equipaje a la cabaña veintidós », se inmiscuye mi voz interior.

«¡No es mi chico!», replico.

«De momento…» .

«Sí, gracias, no me lo recuerdes. Todo ha ido como el culo. ¿Tú recordabas que Devon fuera tan prepotente?».

«Solo lo conozco a través de tus idealizados recuerdos, así que…».

«Sí, tienes razón, para entonces todavía estaba cuerda».

«¡Oye! Y, además, no es entonces, es ahora».

«¡ Agh!».

Felicity continúa explicando el funcionamiento básico de la rutina diaria del campamento, pero ya no consigo seguir su discurso.

Siempre me ha costado concentrarme en las cosas, pero ahora es todavía peor.

No dejo de pensar en Devon, en cómo he metido la pata y en su actitud de skater boy flipado.

¿Cuándo volveré a verle? Tengo que tomar cartas en el asunto.

Después de lo que me parece una eternidad, la asamblea termina y todas las chicas se dirigen en tropel hacia sus respectivas cabañas para instalarse y prepararse antes de la cena.

En un segundo, el comedor se queda casi vacío, pero yo no me muevo de mi sitio.

Una mano diminuta vuelve a estirarme de la camiseta.

—En el hall hay un mapa del campamento, si quieres te acompaño y buscamos dónde está tu cabaña.

—Kiara me mira con los ojos relucientes, seguramente orgullosa por ayudar a alguien mayor que ella—.

O, si me dices qué número es, te puedo llevar hasta allí.

Este es mi segundo año en el campamento, así que me conozco las instalaciones de pe a pa.

—Espera, ¿has dicho segundo? —Esta niña apenas me llega un poco más arriba de la cintura.

—¡Sí! Tengo nueve años, aunque soy bajita. Mi mamá dice que aún no he pegado el estirón, pero que no me preocupe, que seguro que lo haré pronto. Aunque ella no es mucho más alta que tú. Dice que dejó de crecer cuando le bajó la regla, ¿a ti te ha bajado ya?

Me atraganto con mi propia saliva.

—Pues… sí, hace unos años.

—¿Y qué? ¿Duele mucho?

«Vale, stop . ¿Qué cojones hago hablando de menstruación con una cría de nueve años?».

«A mí me cae bien la chiquilla, y creo que ahora mismo es tu mejor opción si quieres llegar a tu cabaña antes de que anochezca. Porque , por lo que veo, de memoria vas mal».

«Ja, ja, muy graciosa, voz interior».

Aunque de nuevo tiene razón, así que no me queda otro remedio que dejarme guiar por esta mocosa entrometida.