CAPÍTULO 6 #2
Devon me mira con el ceño fruncido. Esto está resultando ser más difícil de lo que había imaginado.
Es como si mi yo del futuro estuviera luchando contra mi yo del presente, que, por cierto, debe estar aquí dentro de mi cuerpo en alguna parte, ¿no?
¡Ay, madre! ¿Soy como una especie de alien intrusivo?
Un carraspeo corta mi espiral de pensamientos.
—¿Algún problema?
Es una chica no mucho más mayor que Devon.
Es alta, robusta, lleva el pelo rubio oscuro recogido en una coleta alta y viste el polo granate de los monitores.
No obstante, ella sí lleva un portafolios en la mano y un bolígrafo asoma por encima de su oreja derecha.
Nos mira alternativamente a Devon y a mí con cara de malas pulgas: el ceño fruncido y la mandíbula tan apretada que parece que va a partirse un diente.
Está esperando una respuesta y no oculta su cabreo, pero yo no sé qué decir y él, de repente, parece muy interesado en su propio calzado.
Entonces, una bombillita se enciende en mi cerebro y hace la conexión. Es Nicky, nuestra…
—A juzgar por la fotografía que veo en la ficha, tú debes ser Cecelia Ross —dice, y yo asiento mientras miro de reojo a Devon, que parece estar aguantándose la risa.
¿Acaso le parece divertido mi nombre? Siento como una furia repentina me quema por dentro—.
¡Perfecto! Yo soy Nicky Jones, la Hermana Mayor de tu grupo de edad: chicas de quince y dieciséis.
Tus compañeras ya están todas en la asamblea y tú llegas tarde.
No toleramos la impuntualidad en el Campamento White Yarrow.
Es uno de nuestros principios básicos, los aprenderás todos muy pronto.
—Pero yo… —intento defenderme, muerta de la vergüenza.
Hace tiempo que no acepto órdenes de nadie y esta situación me está frustrando mucho.
«¿Qué esperabas? Al fin y al cabo, solo tienes dieciséis años».
«Ni me lo recuerdes… Estoy empezando a ver más inconvenientes que ventajas a todo este rollo del viaje al pasado».
—Tú, ¿qué? —insiste Nicky.
—¡Ha sido todo culpa de este chico! ¡Me ha distraído! —exploto.
«¡Muy maduro, Cece! E ideal para nuestro plan, por cierto».
—¿Qué? —exclama Devon, indignado—. Es ella la que no es capaz ni de recordar su número de cabaña. Yo solo quería ayudar.
—¡Mentiroso! Eso no ha sido del todo así.
—¡Pija! —bufa él entre dientes.
—¡Devon! —Nicky lo señala con el dedo y luego masculla entre dientes—. ¿Es que no recuerdas lo que nos explicaron en la reunión? —Devon se calla, pero no aparta su mirada fiera de mí—. Lleva todo esto a la cabaña veintidós, luego hablamos tú y yo.
—¿Se lo dirás a Felicity? ¿Hablarás con sus hijos? —pregunta Devon, preocupado de repente—. Sabes que este es mi primer trabajo, lo necesito y…
—Aquí no, Devon, no delante de ella —sisea Nicky— ¡Vamos, Cecelia! O nos damos prisa o acabarán amonestándonos a las dos.
No me queda otro remedio que seguir a Nicky y dejar a Devon atrás.
De camino a la asamblea, me llevan los mil demonios. Intento evadirme observando con atención todo lo que me rodea.
Mi Hermana Mayor me guía a través de un camino, esta vez asfaltado, que discurre alrededor de una serie de construcciones de madera con los clásicos tejados a dos aguas que permiten que las hojas y las gotas de lluvia se deslicen sobre el verde césped perfectamente cuidado.
De hecho, el olor a hierba recién cortada todavía permanece en el ambiente y me trae recuerdos de mi infancia, cuando jugaba en el jardín trasero de nuestra mansión en los largos y calurosos días de verano.
Salvo que allí el aire sabía a sal y, si te detenías un momento, podías escuchar las olas del mar chocando contra las rocas.
Aquí, la humedad pegajosa es sustituida por la ligera capa de rocío que se forma cada mañana y que se evapora con los primeros rayos de sol que caen sobre los árboles.
El penetrante olor a resina inunda las fosas nasales de la misma manera que la madera envejecida de las cabañas cuando se recalienta conforme el astro rey avanza en el cielo; al caer la noche, ya no es la resina sino el humo de alguna hoguera el que te alcanza.
Al pensar en las nubes derretidas que podremos tostar en ellas se me hace la boca agua, aunque ahora mismo la visión viene acompañada del sabor amargo de algún borde requemado.
Y es que lo que acabo de vivir se repite en bucle en mi cabeza.
Esto no tenía que haberse desarrollado así.
He cambiado ligeramente lo que sucedió en la línea original, pero al final he acabado siendo una pija impertinente.
Otra vez. ¡Joder! Es todo demasiado complicado.
Nunca voy a conseguirlo, no voy a poder cambiar el pasado.
¿Cuándo me permití creer que yo, una metepatas oficial, iba a ser capaz de hacerlo?
«Ahora sí vas bien».
«¿Disculpa?».
«Estás siendo toda una drama queen , típico de adolescentes. Parece que ya te vas metiendo en el papel».
«Salvo que lo que pretendo es convertirme en una adulta funcional, y no creo que vaya por el buen camino de momento».
«Paso a paso. Roma no se construyó en un día».
«Espero que tengas razón».
«¿Cuándo no la he tenido?».
Definitivamente, tengo la voz interior más engreída de la historia.