CAPÍTULO 6
Me despierto y siento un pinchazo en el cuello.
Me habré quedado dormida en mala posición tras el maratón de películas.
Abro los ojos al tiempo que me froto las cervicales, dolorida, y pego un brinco de la impresión.
No estoy en el sofá, ni siquiera estoy en mi nueva casa de Beakend, sino sentada en la parte de atrás de un coche de lujo en movimiento.
Los asientos son de cuero negro y hay un espacio demasiado grande entre la zona trasera y la delantera, donde un desconocido maneja el volante.
Espera, reconozco esa nuca, la he visto toneladas de veces: pertenece a Edgar, el chófer de mis padres.
Pero ¿por qué estoy subida en un coche con Edgar?
Si no recuerdo mal se jubiló hace tiempo y, además, hace mucho que no tengo mi propio servicio de transporte y…
«Hazme un favor y obsérvate un poquito, anda».
Mi voz interior sigue aquí, pero no comprendo a lo que se refiere hasta que bajo la mirada hacia mi cuerpo.
Llevo un ligero vestido floreado con tirantes sobre una camiseta blanca de algodón de manga corta y, para mi asombro, no tengo frío, a pesar de que ya estamos en noviembre.
Un segundo, ¿desde cuándo se vuelven a llevar las superposiciones? Es como si hubiera vuelto a…
De repente, unas imágenes acuden en tropel a mi mente: el ritual supuestamente fallido de Renata, la noche de Halloween, Zoltar, el agua girando en círculos en mi vaso, mi caída sobre la máquina, el golpe en la cabeza y…
¿Entonces ha funcionado de verdad? O a lo mejor estoy en una especie de coma.
Me pellizco de nuevo la mano, tal y como hice la noche anterior.
«¡Auch! ¡Qué manía tienes ! Eso duele. Y no fue la noche anterior, fue una noche de aquí a más de diez años».
—¿Va en serio? —no puedo evitar preguntar en voz alta.
—Por supuesto, señorita —me responde Edgar—, creo que ya lo hemos hablado hace unos minutos.
Sus padres lo hacen por su bien, el Campamento White Yarrow tiene más de medio siglo de historia en lo que a campamentos femeninos se refiere.
Son una referencia a nivel nacional y solo escogen a cien estudiantes por cada mes de verano. Debería sentirse muy afortunada.
Vale, si esto es un sueño, se me hace muy realista.
Decido volver a echar un vistazo a mi figura.
Es cierto que estoy mucho más delgada, mi cuerpo todavía parece anclado en ese proceso entre la adolescencia y la adultez y mi pelo…
¡Dios mío! ¿Dónde está mi media melena castaña ondulada y voluminosa?
En su lugar, unos mechones de pelo rubio me caen lacios hasta casi media espalda.
Ahora lo recuerdo, en 2002 éramos unas esclavas de la plancha del pelo y…
Me llevo las manos a la cabeza. Como sospechaba, me topo con dos ganchitos que sujetan un mechón de cabello en el lado izquierdo y que, si mal no recuerdo, serán rosas y con estampado de margaritas, a juego con mi vestido primaveral.
«Eres como una Barbie en miniatura».
«¿Por qué no te callas de una vez, voz interior? Podrías haberte quedado en ٢٠١٢».
«Al menos, parece que ya has asumido que has viajado en el tiempo de verdad».
Es cierto, he viajado en el tiempo. ¡Qué fuerte!
He retrocedido más de diez años y eso significa que ahora vuelvo a tener dieciséis.
Después de todo, el ritual de Renata sí funcionó, aunque como todo en la vida, se tomó su tiempo.
Sonrío al recordar la filosofía slow life que ella predica.
Hasta su magia está impregnada de su esencia.
«O al igual ha sido cosa del Zoltar ese . A mí me dio muy mal rollo».
Quizá, pero una cosa tengo clara: ¡ha sido cosa de magia! ¡La magia existe!
—Me alegra que esté sonriendo por fin, señorita —me felicita Edgar, satisfecho. Ha detenido el coche y se ha girado para mirarme—. ¡Esa es la actitud! Ha entrado usted en razón justo a tiempo porque acabamos de llegar.
Miro por la ventanilla y reconozco el portalón de madera, abierto de par en par esta vez para dejar paso a los vehículos, que da acceso al recinto del Campamento White Yarrow.
Edgar vuelve la mirada al frente y avanza, atravesando la entrada para detenerse de nuevo un poco más adelante, en una zona habilitada para el aparcamiento.
Después, apaga el motor, se apea y me abre la puerta.
Cuando pongo los pies en el inestable terreno, las piernas me tiemblan.
Mientras el chofer da la vuelta al vehículo y empieza a sacar mis pertenencias una a una, me empapo de todo lo que veo a mi alrededor.
Los tonos de las hojas de los árboles han cambiado sus tonalidades otoñales por un verde exuberante y el ambiente es tan cálido que una gota de sudor se me escurre por la nuca.
Me sorprendo al avistar a una ardilla de cola listada, que me mira con sus redondos ojos negros antes de encaramarse al tronco más cercano.
El ruido que hace al colarse entre las ramas rompe con el silencio.
Respiro profundamente, como si quisiera impregnarme de cada nueva sensación que estoy experimentando, porque así es como lo siento, como si fuera la primera vez.
El ruido que hace el capó al cerrarse me saca de mi ensoñación y doy un respingo.
—A partir de aquí deberá continuar sola, señorita Ross. Tengo que marcharme enseguida. Solo debe seguir por este camino de tierra y alguien la recibirá al final.
Esas palabras rompen mi serenidad y acaban con lo que me quedaba de estabilidad emocional, pues sé muy bien lo que vendrá a continuación.
Una parte de la letra de Crush , de Mandy Moore, una de mis ídolos musicales en la adolescencia, me viene a la cabeza. Esa que repite en bucle aquello de que estaba colgada por el chico y que solo esperaba que él sintiera lo mismo. Casi había olvidado que esa canción existía.
«Considéralo un empujoncito. Tu crush te está esperando. ¡Vamos, Cece! Podemos hacerlo. La vida difícilmente concede segundas oportunidades y contigo ha hecho una excepción. No podemos echarlo a perder».
Esta vez estoy de acuerdo con mi voz interior. Es hora de dejar el pasado, o… el futuro, atrás. Tengo que olvidarme de Maddox y de todas esas personas que me hicieron, que me harán («¡Ay, esto es complicado!») daño.
«Y sobre todo debes hacer esto por ti. Nunca lo olvides».
Sí. Suspiro. Debo aprender muchas cosas para evitar mi futuro actual; para empezar, tengo que aprender a ser una adulta funcional que no se pase el día luchando por no ahogarse en sus traumas emocionales del pasado.
«Del presente».
«¡Lo que sea!».
Avanzo por el sendero con una decisión renovada, aunque estas malditas maletas y estas estúpidas sandalias me lo están poniendo difícil.
—¿Necesitas ayuda? —pregunta alguien al que no puedo ver porque mis maletas me bloquean la visión. Las rodeo muy despacio y tengo la tentación de cerrar los ojos de puro miedo. ¿Y si no…?
Pero resulta ser y si sí . Me trago un suspiro de alivio al ver a Devon al otro lado.
¡Está mucho más guapo de lo que recordaba!
A sus dieciocho años es un chaval desgarbado, pero sumamente atractivo.
La melena castaña le da su característico look desaliñado, con los mechones lacios a ambos lados del cuello donde luce un cordón negro del que cuelga una tuerca que seguro que habrá sacado de un viejo monopatín: toda una declaración de principios.
Sus ojos brillan con la luz de altas horas de la mañana y me recuerdan al color verde de las hojas de menta.
Viste el polo de los monitores del campamento, el tradicional de color granate con el logo estampado al frente, y unos pantalones cortos estilo cargo llenos de bolsillos.
Me fijo en una pulsera negra con pinchos y otra de cáñamo trenzado deshilachada que le rodean la muñeca.
Sin pensarlo, meto la mano en el bolso que llevo colgado al hombro para sacar mi teléfono móvil, como si no pudiera evitar la tentación de hacerle una foto.
—Buena suerte si esperas que te funcione ese cacharro aquí —me dice al verme.
Echo un vistazo al aparato. ¿En serio este era mi móvil? Ya lo había olvidado. ¡Ni siquiera tiene cámara! Este ladrillo solo puede hacer y recibir llamadas y SMS. En fin, algo malo debía tener este pasado que tanto he idealizado.
«¡Presente!».
—¡Que sí, pesada!
—¿Cómo me has llamado? —Devon me mira con cara de pocos amigos.
«¡Mierda! Tengo que controlar esta bocaza».
—Yo no…
—Típico de la gente como tú, te ofrezco mi ayuda y tú me insultas.
—No te he insultado y… ¡Oye! ¿Qué es eso de la gente como yo? Eso sí suena a insulto. Además, yo soy diferente —aclaro, pensando en todo lo que he cambiado y en lo que Cora siempre dice de mí.
—Sí, claro, eso habrá que verlo.
—En lugar de faltarme al respeto, ¿por qué no me ayudas con todo esto? O si no…
—Déjame adivinar, se lo contarás a mis superiores.
Vale, lo pillo, no es la primera vez que me lo dicen esta mañana —hace una pausa y suspira—.
Perdona, es mi primer trabajo. ¡Venga, va!
Pelillos a la mar. Dime cuál es tu cabaña y te lo llevo todo allí.
Mientras, debes ir a aquel edificio grande de ahí, tenéis asamblea de bienvenida en…
—se mira el reloj de pulsera que lleva en la muñeca—, diez minutos.
Vale, ¿cuál era el número de mi cabaña? No consigo recordarlo.
—No te acuerdas, ¿verdad? —intuye Devon, arqueando una ceja—. No es tan complicado… Solo hay veinticinco cabañas para estudiantes, cinco por cada grupo de edad. Todos los detalles venían en la carta que os enviaron hace semanas.
¿Carta? ¿Y no sería más práctico enviar un email? Así podría consultarlo a través del navegador y… Claro, este móvil no se puede conectar a Internet tampoco.
—¿No deberías llevar tú una lista con nuestros nombres o algo así? —Me pongo a la defensiva—. Si estás aquí para acomodar a los huéspedes… ¡qué menos!
«Eso ha sonado muy a la vieja tú, o sea, a la de ahora».
¡Mierda, otra vez! Por ahí no voy bien. ¿Qué me está pasando?