CAPÍTULO 5 #2
Renata es demasiado buena persona, y me recuerda a otra personita a la que también le gustaba ayudar al prójimo y que vivía también en el pueblo.
Seguro que se criaron juntos. ¿Por qué no acabó Devon con ella en lugar de con Violet?
¡Oh, claro! Renata era una marginada entonces.
Una apestada gracias a gente como yo. Los adolescentes pueden llegar a ser muy crueles y yo contribuí a ello …
—No te preocupes, no es tu culpa, ya me advertiste que era demasiado complicado. Lo raro hubiera sido que funcionara. ¡Anda, vamos! Que ya se nos ha pasado la hora de la cena.
Unos días más tarde, el 31 de octubre, Renata aparece en mi casa cargada con un armatoste de cristal y madera con una extraña figura dentro.
—¿Qué es eso?
—¡Es Zoltar! ¿No lo conoces? —se extraña Renata, depositando en el suelo una vitrina de cristal con un maniquí barbudo que lleva un turbante en el pelo y tiene las manos alrededor de una especie de bola de cristal.
—Me quiere sonar de algo.
—¡Pues claro! Seguro que lo has visto en alguna película.
Es una máquina muy famosa. Mi madre y yo la encontramos en una venta de garaje —explica—.
Supuestamente, si introduces una moneda en la ranura, Zoltar te recita unas palabras y después imprime tu futuro en un tique que se dispensa por esta otra ranura.
Y esta máquina en concreto es aún más especial, pues según el dueño fue trucada para que funcionase sin monedas.
—¿Supuestamente?
—La verdad es que, por mucho que mi madre y yo la hemos intentado hacer funcionar, no lo hemos conseguido, ni con, ni sin moneda.
Así que bueno, he pensado que sería una decoración perfecta para tu nueva casa.
En mi familia tenemos la costumbre de regalar cosas por Halloween, no por Navidad, ya imaginas por qué.
—Ajá —asiento observando al tal Zoltar con más detenimiento.
«Da un repelús que te cagas», opina mi voz interior.
No se lo discuto. Un escalofrío me recorre de arriba abajo. Creo que Renata y yo tenemos opiniones muy distintas en cuanto a decoración se refiere, pero no quiero ser descortés.
—Es… original. Gracias —añado—. Lo dejaremos en esta esquina del salón.
«Cuánto más lejos de mi vista, mejor», podría añadir, pero me callo.
Renata asiente, satisfecha.
Halloween en Beakend resulta ser muy diferente del de la ciudad, donde en los últimos años nos hemos dedicado a ir a cenar a algún restaurante temático. Aquí todo es más auténtico, aunque los niños siguen pidiendo caramelos de puerta en puerta.
Renata prefiere ignorarlos, así que acabamos el día haciendo un maratón de pelis y palomitas.
Ya de madrugada, me despierto sudorosa e intranquila.
Me levanto del sofá donde me he quedado dormida con la intención de ir a la cocina a por un vaso de agua y tengo mucho cuidado de no despertar a Renata, que también duerme allí.
Es increíble c ó mo una auténtica desconocida puede convertirse en casi familia en un corto espacio de tiempo si mantenemos abierto el túnel hacia nuestro corazón.
De repente, me asalta un pensamiento: ¿Habría ocurrido lo mismo con mis compañeras del White Yarrow si hubiera llegado a conocerlas mejor?
¿Qué hubiera pasado si hubiera disfrutado el campamento al máximo en lugar de obsesionarme con Devon?
En la semioscuridad, y distraída por este lo que pudo ser , tropiezo con algo duro y ahogo un gemido de dolor a pesar de que el dedo gordo del pie izquierdo me ha empezado a latir.
El causante es el dichoso Zoltar, que me mira impertérrito desde su jaula de vidrio.
Guiada por un instinto repentino, no puedo evitar presionar el botón que se supone que tendría que activar el mecanismo sin necesidad de moneda.
Mantengo la respiración, pero no ocurre nada.
«¿Qué esperabas? ¿Que el viejo Zoltar se pusiera a hablar de repente?».
Está claro que este cacharro no funciona, ya me lo advirtió Renata.
Sin embargo, cuando estoy a punto de reemprender el camino a la pata coja hacia la cocina, oigo una especie de ruido oxidado y la máquina escupe un tique por su ranura.
Miro a izquierda y derecha temiendo encontrarme alguna cámara oculta, como en uno de esos programas de la televisión, pero de nuevo, no ocurre nada.
Renata sigue durmiendo y no ha aparecido nadie con un ramo de flores en la mano gritando: «¡Has picado!
». Con las manos temblorosas, tomo el papelito y lo leo: «Error.
Su futuro no puede leerse». Dejo escapar todo el aire de golpe.
Claramente, está roto. ¡Qué tonta he sido!
Tiro el mensaje a la papelera en cuanto llego a la cocina y me sirvo por fin mi vaso de agua.
Pero, cuando me giro para tomármelo después de devolver la jarra a la nevera, algo llama mi atención: el agua dentro del vaso se mueve en espirales hipnóticas.
Me pellizco una mano para comprobar que no estoy soñando.
«¡Auch! Eso duele».
Vale, estoy despierta. ¿Será un terremoto?
¡Dios mío! He leído sobre ellos en la prensa y he visto las suficientes películas como para alertarme.
Salgo disparada hacia el salón, dispuesta a advertir a Renata y salir pitando de aquí, pero, con las prisas, me tropiezo con el puto Zoltar de nuevo.
Sin poder remediarlo, caigo estrepitosamente sobre la máquina con tal mala suerte que me golpeo la frente con una de sus afiladas esquinas.
—¡Cece! ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? —grita Renata, despert á ndose de golpe.
—Creo que sí —contesto, no muy segura.
Me duele muchísimo la cabeza y me llevo una mano a la frente en un gesto automático.
Cuando la aparto, no puedo evitar estremecerme: ¡está cubierta de sangre!
Para más inri, unas carcajadas tétricas se abren paso en mi cabeza, como sacadas de una de esas horripilantes películas de terror que acabamos de ver.
Solo que no son cosa de ficción. Vienen del interior de la máquina del demonio, o eso creo. ¿Estaré delirando?
—¿Cece? —insiste Renata, corriendo hacia mí.
Pero no llego a ver cómo me alcanza, porque de repente todo se emborrona a mi alrededor y pierdo el conocimiento.