CAPÍTULO 5
Llevo un par de semanas en Beakend y aunque la cobertura aquí es pésima, hay ciertos puntos donde llega bastante decente.
Y gracias a Dios, existe el wifi, así que he podido arreglar algunas cosas desde la distancia.
He informado a mis amigos de que me iba a tomar unas vacaciones y mientras tanto he echado mano de unos ahorrillos que tenía en una vieja cuenta que mis padres me abrieron en mi época universitaria y con ellos he conseguido pagar algunos recibos.
¡Maddox no va a salirse con la suya! Parte del dinero de la cuenta principal era mío también, así que he contratado a un abogado para que me ayude a reclamarlo.
No tiene tanto caché como el de mis padres, pero es muy bueno en lo suyo, así que cruzaré los dedos y dejaré que la cosa siga su curso.
Si algo he aprendido en estos días aquí es que hay que dejar que la vida fluya y permitirte saborear cada momento; sin prisas, sin agobios.
Renata ha sido la que, contra todo pronóstico, me ha enseñado lo que es el slow life y le estoy muy agradecida.
En estas escasas semanas, aparte de conseguirme una casita de lo más cuqui con un alquiler más que razonable, hemos estrechado lazos y ahora no hay parte de mi vida que ella no conozca y yo de la suya, aunque me da la impresión de que se ha guardado bastante para sí misma, pues es muy reservada.
Y para mi sorpresa, al final resulta que Kennedy tenía razón y el anuncio no mentía: Renata es una bruja, pero no de las que montan en escoba, sino que es una wiccan .
Según me explicó, la Wicca es como una especie de religión pagana que rinde tributo a la naturaleza y, aunque sí pueden tener capas y varitas, son más bien objetos simbólicos que utilizan en sus rituales, que por cierto no tienen nada de satánicos ni pretenden invocar al diablo.
—Entonces, ¿puedes hacer magia? —le pregunté un día cuando conseguí reunir el valor para confesarle qué me había llevado a Beakend.
—Depende de lo que tú estimes por magia. Nosotras creemos en la capacidad energética para cambiar las cosas y bueno, conozco algunos rituales y tengo algunos grimorios de herencia familiar, pero solo he probado a hacer pequeñas cosas, como atraer la suerte por un día.
Así que aquí nos encontramos ahora, paseando por las inmediaciones de las instalaciones del Campamento White Yarrow, que aún hoy sigue existiendo, aunque está vacío porque la temporada acabó hace meses.
—¿Estás segura de que no habrá un efecto mariposa o algo así? A ver si muere alguien porque trastoco algo del pasado, ¡qué sé yo! —pregunto, influenciada por las películas que he visto sobre el tema.
El plan es el siguiente: usar un hechizo tan antiguo como el mundo para volver atrás en el tiempo. Para conseguir una segunda oportunidad. Para no tropezar con la misma piedra o quizá… cometer errores nuevos.
—Según pone aquí, no se puede alterar jamás la evolución natural del ser humano. Es decir, quien tiene que nacer, seguirá naciendo y quien esté destinado a morir, lo mismo. La cuestión es, ¿estás segura de que quieres que lo hagamos? Jamás me he enfrentado a algo tan complejo.
—Estoy segura —afirmo, intentando transmitir más confianza de la que en realidad poseo.
Vale, admito que todo esto suena absurdo y ridículo.
Pero es que todo lo que ha sucedido últimamente me ha hecho pensar que el universo me está mandando señales: el programa del verano del 2002, el concierto de Devon, el anuncio de Internet que me llevó a Beakend, Renata recibiéndome y el hechizo que leí unos días después mientras cotilleaba sus libros viejos.
¡No existen tantas casualidades! Y aunque Renata cree que es poco probable que algo así funcione y que los «rituales» no siempre son lo que parecen, yo no he podido quitármelo de la cabeza.
Creo que es la única solución a mis problemas.
Si regreso atrás en el tiempo, puedo cambiar mis malas decisiones pasadas: si me quedo en el campamento, jamás intimaré con Maddox y quizá hasta consiga conquistar a Devon y que él no acabe en las manos de esa arpía traidora de Violet Sanders.
—Recuerda —recalca Renata—, si lo que pone aquí es cierto, solo puedes volver atrás una vez en tu vida y permanecerás en el pasado únicamente por un mes. Si todo marcha según lo previsto, te despertarás en este futuro, o sea tu nuevo presente.
—Eso con el permiso de los mayas, ya sabes que supuestamente se acabará el mundo el 21 de diciembre de este mismo año, 2012. O sea, que como regrese por aquí unos días después de esa fecha, kaput.
No entiendo por qué Renata me mira mal, solo intentaba quitarle un poco de hierro al asunto.
—Como estaba intentando explicar, volverás al presente actual, en una fecha cercana al inicio del ritual.
Eso debería librarte de los mayas —dice con retintín.
Vale. Está claro que no cree en profecías, o al menos no en las de alguien que no sea de los suyos—, aunque puede que regreses a un lugar diferente a este.
Eso ya no lo puedo prever. Si alguien se ha atrevido a hacerlo…
no ha venido a contarnos qué tal le fue.
Da demasiado miedo, incluso para mí. Además, viene con una advertencia: «Aunque todo salga bien, nunca debes ignorar las señales» —recita.
Me cruzo de brazos, inquieta. No sé a qué se refiere con eso de las señales, pero sí tengo una cosa clara, y son las palabras que me dijo mi psicóloga: «El miedo es solo un muro que te impide avanzar, que te separa de lo que eres capaz de hacer.
Hay muchas maneras de evitar ese muro: puedes saltarlo, rodearlo…
incluso si te esfuerzas lo suficiente, puedes hacerlo desaparecer».
—¡Vamos a ello! —exclamo.
«¡Claro que sí, valiente! Total, estamos condenadas a morir igualmente en menos de dos meses según tus queridos mayas», me recuerda mi voz interior.
Renata y yo franqueamos el portalón de madera que da acceso al campamento sin problemas.
Mientras no intentemos colarnos en ninguno de los edificios, no creo que salte ninguna alarma, y tampoco veo al personal de seguridad por aquí.
Se me pone la carne de gallina al divisar el caminito de tierra que conduce al recinto y en el que, en su día, vi a Devon por primera vez.
—Debemos escoger un lugar que te dé buenas vibraciones, que pueda atraer aquello que anhelas —me explica Renata.
—Aquí mismo —le contesto sin dudar ni por un segundo.
—¿Aquí? ¿En este camino de tierra? —pregunta. Yo asiento, entusiasmada de repente. Renata se encoge de hombros—. Como quieras.
A continuación, se agacha en el suelo y, con una ramita de un árbol que ha escogido a propósito, dibuja una estrella de cinco puntas en el suelo.
En cada una de ellas traza el símbolo de un elemento.
A estas alturas (Renata me ha repetido unas cien veces en qué consiste el ritual y los peligros que puede acarrear) ya me los he aprendido de memoria.
Empezando por arriba y siguiendo el orden de las agujas del reloj tenemos: Espíritu (también conocido como Éter), Agua, Fuego, Tierra y Aire.
—Estamos muy cerca de Samhain, así que las energías deberían ser fuertes —afirma Renata mientras distribuye una serie de minerales por el terreno y prende una especie de incienso hecho de hierbas naturales que, según me ha explicado, ella misma recolecta—.
Ahora, siéntate enfrente de mí y dame las manos, como si cerráramos un círculo.
«No irá a sacar una güija ahora, ¿verdad?», pregunta mi voz interior.
Vale, esto ya me está dando un poco de yuyu, pero cierro la boca y hago lo que me pide.
A continuación, me obliga a cerrar los ojos y a respirar hondo mientras recita una serie de versos por lo bajini que no alcanzo a escuchar, pero que no suenan a inglés.
Luego, se calla y espera. Al cabo de unos eternos minutos en los que solo el ritmo de mi corazón desacompasa do rompe el silencio, Renata recupera la voz por fin.
—Es el momento, visualiza ese lugar al que quieres volver, en el instante exacto en el que quieres que empiece tu mes hacia el cambio.
Me veo en este mismo camino de tierra, pero más de diez años atrás, empujando mis maletas con dificultad mientras un joven atractivo de larga melena castaña y ojos verdes me espera al final del sendero.
Aprieto los párpados aún con más fuerza y espero.
Y espero… y espero… pero no sucede nada.
No veo fuegos artificiales, no pierdo el conocimiento ni siento como si la realidad se desdibujara.
Al final, me canso y abro los ojos. Renata sigue frente a mí y una expresión vigilante domina su rostro.
—¿Cómo ha ido el viaje, Cece? —pregunta entusiasmada. Yo no contesto porque me cuesta asimilar sus palabras—. ¿Hola? Soy Renata, ¿me recuerdas? Hoy es 27 de octubre de 2012 y viniste a este pueblo hace un par de semanas porque…
—¡Ya sé qué día es hoy y por qué vine a este lugar, Renata! No he olvidado nada porque no he viajado a ningún sitio. No ha funcionado —contesto, frustrada.
—¿Estás segura? Piensa en todo lo que ha pasado antes de venir aquí. ¿Es tal y como lo recuerdas? —insiste.
«Sí, algo ha cambiado. Hemos hecho el ridículo y todo esto da vergüenza ajena».
Ignorando a mi voz interior, me permito unos minutos de reflexión, pero, hasta donde me alcanza la memoria, nada ha cambiado: rememoro mi llegada al campamento, mis encuentros con Devon y cómo lo ignoré después de aquella conversación en la cabaña con mis compañeras.
También recuerdo a Violet muy cerquita de Devon, la caída del caballo, mi verano en Los Hamptons con Maddox, la universidad, la boda frustrada, la infidelidad…
incluso el fatídico reencuentro en el backstage .
—Todo sigue igual. Estoy segura.
Renata asiente, compungida.
—Siento mucho haberte dado falsas esperanzas, solo quería ayudarte.