CAPÍTULO 4
Regreso a casa casi de madrugada, con el rímel corrido de tanto llorar y el estómago pesado del festín de grasas saturadas y bebidas azucaradas con el que mis amigos han intentado consolarme.
Es tan tarde que ni el viejo portero está en su puesto; en su lugar hay un joven con gafas de moldura gruesa y un chaleco de punto a cuadros que podría ser su versión veinteañera si hubiera viajado en el tiempo.
«¿Te imaginas? ¿A dónde irías si tuvieras ese don?».
—¿Es usted Cecelia Ross? —pregunta el nuevo portero, mirándome con una mezcla de curiosidad y ¿lástima? Me apresuro a limpiarme los ojos con la manga del vestido, aunque quizá solo haya conseguido aumentar mi parecido con un mapache.
—Sí, ¿por? ¿Quién lo pregunta? —Alzo el mentón, muy digna.
—Soy Junior, el hijo del señor Smith. Tiene una visita.
—¡Eso era! El señor Smith. ¡Lo tenía en la punta de la lengua!
—¿Perdón?
—Nada, nada, ¿decías?
El pobre debe pensar que me falta un tornillo.
—Hay un hombre esperándola arriba, ha preguntado por usted, parecía importante.
Sin detenerme, me lanzo hacia el ascensor con el corazón desbocado.
¿Quién me busca con tanta urgencia? Me sorprendería mucho que fuera mi padre, ya que no ha puesto un pie en el edificio desde que Maddox se marchó, y estoy segura de que tampoco es Micah, pues me ha acompañado en el taxi de vuelta.
Un momento, ¿podría tratarse de mi ex? ¿Vendrá a pedirme perdón de rodillas?
¡Ay, Dios! ¿Qué hago? ¿Lo perdono? Eso sería rebajarme, y me ha hecho mucho daño…
Pero ¿y si lo del backstage no ha sido casualidad?
¿Y si el destino me está diciendo que dé un paso atrás?
¿Que vuelva con quién me corresponde? Después de todo, Maddox siempre estuvo ahí.
«Sí, ahí, en tu mismo colchón, pero tirándose a otra», apunta mi voz interior. Ignorándola, abro la puerta del ascensor y me encuentro con…
—¡Tú otra vez! ¿Qué cojones haces en la puerta de mi casa? ¡Esto ya es acoso!
No me puedo creer que el recaudador de impuestos haya averiguado dónde vivo y que ahora esté sentado en mi inmaculado felpudo comiéndose con parsimonia un…
¿perrito caliente? Me dan arcadas solo de verlo.
El joven engulle el último bocado, se limpia en el pantalón y se levanta tendiéndome la mano. La rechazo, asqueada.
—Me pagaste con un cheque sin fondos. Conozco a las listillas como tú, pero no imaginé que además de intentar engañarme estarías en la lista de morosos.
Así que he venido a saldar tus cuentas y, de paso, a que me pagues lo de la señorita Hughes, pero sin trucos —dice.
Mira a su alrededor con cara de asco y su tono deja de ser cordial—.
Estás montada en el puto dólar, solo hay que ver este edificio.
—¡Para el carro, imbécil! —protesto, intentando entender por qué ese tío ha pasado de ser un idiota calladito a un idiota maleducado—. ¡No soy una morosa! Llevo mis cuentas al día.
—¿Estás segura? Porque estos papeles dicen lo contrario. —El tipo abre el maletín que carga consigo y me tiende un sobre. Se lo arranco de las manos, lo destrozo y leo su contenido con una mezcla de rabia e inquietud.
—¡Joder! —exclamo al ver las cifras. Según pone ahí, debo tres meses de alquiler del local—. Debe tratarse de un error, quiero hablar con un superior.
—No hay ningún error. Tu cuenta está en mínimos.
He intentado contactar con el otro nombre que figuraba como titular, pero el banco me ha indicado que él liquidó su parte hace tiempo: tú eres la única responsable ahora.
Por tanto, eres tú quien debe hacerse cargo de los pagos y, créeme, no son pocos —suspira–.
Pero ¿sabes? Me siento generoso hoy y como puedo intuir que no has pasado una buena noche —el tío tiene la desfachatez de señalarme la cara llena de chorretones negros a estas alturas—, regresaré en otro momento. Hasta entonces, ¡buenas noches!
Me rodea para alcanzar el ascensor, desde donde se despide con una gran sonrisa y un gesto de mano mientras las puertas automáticas se me cierran en los morros.
—Hola, preciosa, ¿cómo va todo? —contesta la voz de mi exnovio al otro lado del teléfono cuando lo llamo nada más entrar al dúplex.
—¿Preciosa? ¿En serio, pedazo de estiércol?
—Vaya, ya veo. A juzgar por tu ordinariez debes de haber recibido noticias del banco.
Dos pensamientos me pasan por la cabeza: primero, lo he insultado en voz alta cuando creía que lo estaba haciendo en silencio y segundo, «¡Qué le jodan! ¡Qué le jodan… muy mucho!».
«¡Eso!».
—¡Eres un puto ladrón! ¿Dónde está mi dinero?
—¿Tu dinero? Tan solo he retirado mi parte. No esperarías que siguiera haciéndome cargo de tus gastos, ¿no? Y, por cierto, tu forma de hablar solo demuestra que tomé la decisión correcta al dejarte. No te reconozco, Cecelia.
—¿Cómo te atreves? ¡Y fui yo quien te dejó, id...! —Estoy a punto de añadir otro insulto, pero me muerdo el labio inferior tan fuerte que lo hago sangrar. ¡Y qué más da! Ni siquiera siento dolor. Necesito solventar esto cuanto antes, y algo me dice que o me controlo o no voy a conseguir nada.
—Reconócelo, Cecelia, esto iba a pasar en algún momento. No se puede vivir de un hobby cutre. Esto es la vida real y tú ya eres mayorcita para buscarte un trabajo digno y de paso tomar las riendas de tu vida. No puedes seguir viviendo de tus padres. ¡Madura!
¿Madurar? ¿En serio? Lo dice alguien que no ha dudado en ponerme los cuernos al pie del altar.
Más maneras de mandarle a la mierda de las que era capaz de imaginar cruzan por mi mente, pero me lo trago todo porque siento que no le falta razón.
Me he pasado toda la vida viviendo de mis padres, y luego de él.
«¡Eso no es verdad! ¡Diriges tu propio negocio!», apunta mi voz interior.
«Y al parecer ni eso sé hacer. ¿Nos van a embargar? ¿Qué le voy a decir a mis trabajadores, a mis amigos? ¿De dónde voy a sacar el dinero para pagarles? Y la pobre Cora ni siquiera llega a fin de mes, y acabo de prometerles que les subiría el sueldo y…».
—Tomaré tu silencio como que me das la razón. ¡Adiós, Cecelia! Espero que te vaya bien, y te lo digo de corazón.
—¡Serás falso!
El pitido discontinuo al otro lado del teléfono me indica que Maddox ha colgado.
En un arrebato de frustración pataleo y hasta muerdo uno de los cojines del sofá.
Después del planchazo con Devon y esa estúpida mentirosa de Violet, esto es la gota que colma el vaso.
¡Qué digo la gota! Es la ola que precede a un tsunami, cargada con todo su poder destructor y la promesa de hacer tanto daño como sea capaz.
—¡Vamos, voz interior, piensa algo! ¿Cómo salgo de este atolladero?
«Siempre puedes recurrir a tus padres».
—¡Ja! Apenas me hablan.
«Pero eres su única hija. Seguro que te echan una mano. Además, ellos tienen dinero, mucho dinero».
La voz interior tiene razón por una vez, y vale la pena intentarlo. No querrán verme en la calle, ¿verdad?
«No exageres, el piso sigue siendo tuyo, ni el imbécil de tu ex puede arrebatártelo».
No, Maddox no puede quitarme el piso, sin embargo, mi siguiente llamada resulta ser igual de desastre que la anterior: mi madre no solo no piensa ayudarme, sino que se ha puesto de su parte otra vez.
Está de acuerdo en que tengo que madurar e incluso ha amenazado con cortarme el grifo, pues hasta ahora, ellos habían pagado mis gastos.
Si hacen eso, estaré oficialmente con el agua al cuello (nunca mejor dicho).
«¡Qué les den a todos! Puedes hacerlo tú sola. Tan solo necesitas un plan. Demuéstrales de lo que eres capaz. Cállalos a todos», me anima mi voz interior.
Muy cierto, ¿acaso creen que voy a cruzarme de brazos y dejar que sigan tratándome así? ¡Se acabó! Soy una adulta funcional y se lo voy a demostrar.
Así que, un rato más tarde, hago las maletas.
—Me largo, muy lejos de aquí, donde nadie me encuentre jamás, donde pueda empezar de cero. Me lo merezco.
Si la vida no me da segundas oportunidades, ya me las buscaré yo solita. A partir de ahora, seré yo la que trace mi camino en lugar de dejarme arrastrar por la corriente, también conocida como « personas que supuestamente deberían haberse preocupado por mí y nunca lo hicieron » .
«Todo eso está muy bien y tal … Loable a tu manera incluso. Pero, Cece, yo no me refería a esto. ¿No estás actuando como lo haría un niño? ¿Huyendo de todo en lugar de afrontarlo?».
—¡Oh, cállate ya! No quiero escucharte, no quiero pensar más. Me voy, nos vamos, está decidido.
Después de conducir durante horas, por fin llego a mi nuevo destino.
No he podido dejar de pensar en lo que me sugirió la voz cuando Junior me dio el mensaje: «¿A dónde irías si tuvieras ese don?
». Viajar en el tiempo, ¡es de locos! Pero llevada por un impulso, me puse a buscar de inmediato en Internet.
Buceé por todo tipo de páginas raras sobre esoterismo y magia y por fin di con un anuncio que captó mi atención.
Cuando vi el nombre del lugar desde el cual la mujer ofrecía sus servicios de brujería, el corazón me dio un vuelco. Era una señal.
Me apeo del coche y me arrebujo en mi chaqueta.
Es otoño y el frescor matutino me cala hasta los huesos.
Por lo demás, Beakend está tal y como lo recuerdo; no ha perdido ni un ápice de su encanto, aunque no supiera verlo hace diez años.
Emplazado en plena naturaleza, rodeado de exuberantes bosques cuyas hojas van del naranja pálido al violeta oscuro, con sus calles empedradas y sus casitas de cuento de hadas, se ha quedado anclado en el siglo pasado, o quizá un par de siglos más atrás.
Sin tiempo para perderme entre sus rincones, me presento frente a la puerta del único alojamiento de la localidad.
Lo llamo «alojamiento» porque referirme a él como «hostal» le quedaría grande.
No pasa nada, seguro que su poco encanto lo compensan sus buenas gentes, aunque no parece que la mujer que me recibe al otro lado del mostrador esté muy contenta de verme. De hecho, me mira raro.
«¿Recuerdas las pintas que llevas? Por no añadir que te has pasado toda la noche conduciendo», señala mi voz.
«Soy consciente, pero no esperará que una superestrella aparezca de repente por su local ¿no?».
Me río amargamente por dentro al pensar en Devon, que en realidad es oriundo de este pueblucho al que he decidido volver.
Ironías de la vida. Me fijo de nuevo en la mujer.
El enmarañado pelo negro, como ala de cuervo, contrasta con la piel cetrina bajo la tenue luz de una lámpara antigua, que se refleja en unos penetrantes ojos morados que me devuelven la mirada con desconfianza e incluso con un atisbo de desafío.
Bajo la vista hacia la placa que lleva adherida a su descolorido uniforme: «Renata», reza el cartelito, y vuelvo a sumirme en los recuerdos.
Verano del 2002
Es el primer viernes por la tarde de mi estancia en el Campamento White Yarrow y, aunque ahora nos toca tiempo libre, en realidad debemos aprovecharlo para trabajar en nuestras propuestas para la creación de posibles clubes estudiantiles.
Violet no ha tardado en juntarse con un par de chicas que conoce del año pasado: quieren formar un equipo de animadoras.
Mientras, Kennedy, Minnie y yo vagamos por el pueblo buscando inspiración.
Pasado un rato nos encontramos con un destartalado edificio que hace las veces de biblioteca y de locutorio.
—¡Genial! —exclama Kennedy—. Voy a aprovechar para llamar a mis amigas del instituto. Gracias a Dios que he traído algunas monedas conmigo. ¡Os veo en un rato!
Jo, ¿por qué no se me habrá ocurrido a mí traer dinero también? Me muero por hacer lo mismo. Sin embargo, Minnie tiene otros planes y me arrastra emocionada hacia la biblioteca.
Mientras ella habla con la mujer del mostrador de préstamos para ver cómo puede hacerse socia, deambulo distraída por los pasillos. No tardo en divisar un tablón de anuncios y me entretengo leyéndolo. Quizá encuentre inspiración en él para crear nuestro club.
—Veo que estás mirando nuestro cartel. ¿Te interesa unirte al club de lectura? Nos reunimos cada viernes y nos lo pasamos genial.
Me giro de golpe por el susto y lo que veo hace que me lata el corazón aún más rápido.
Delante de mí hay una chica de mi edad y, aunque su tono de voz es amigable, parece sacada de una película de terror.
Su piel, tan pálida como la de un fantasma, contrasta con el negro que predomina en todo lo demás: en su pelo grasiento recogido en una larga trenza, en su vestido a rayas...
De no ser por su amplia sonrisa de dientes torcidos la habría confundido con Miércoles Addams y, de hecho, sus extraños ojos morados desprenden la misma aura misteriosa.
¿Serán lentillas? La chica sigue mirándome expectante y no sé si rechazar su propuesta de forma educada (nunca he sido muy de libros) o directamente echar a correr.
Por suerte, Kennedy aparece en escena y salva la situación.
—Mi amiga y yo ya nos íbamos, ¿verdad, Cece? Seguro que Minnie nos está buscando.
La sonrisa de la desconocida desaparece de su rostro, reemplazada por unos finos labios en una severa línea recta. Echa una mirada a mi amiga, que inspira tanto odio como asco, como si esta fuera un bicho asqueroso que acabara de posársele sobre el hombro. Kennedy me aleja del edificio.
—¿Qué hacías hablando con la bruja? —me susurra cuando ya nos hemos alejado.
—¿Con quién? —pregunto confusa.
—Renata Martínez. Es la bruja del pueblo, todo el mundo la conoce. Mejor mantente alejada de ella, dicen que es peligrosa.
—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunta la Renata del presente. No ha cambiado nada y sus hipnóticos ojos morados me miran con suspicacia.
—Esto… sí, quería una habitación, gracias.
—¿Una noche? —pregunta ella, aporreando las teclas del ordenador de sobremesa con una furia repentina.
—Puede que para una temporada. En realidad, estoy buscando alojamiento en el pueblo, así que te agradecería cualquier recomendación que puedas darme. Ya sabes, alguna casa en alquiler o algo así. —Renata no puede ocultar su sorpresa, aunque se esfuerza en disimularlo.
—Veré qué puedo hacer —contesta en un tono glacial—. De momento, esta es tu llave. Habitación 66… digo, 16; primer piso.
Un escalofrío me recorre la columna vertebral.