CAPÍTULO 3
—¡Madre mía, esto está a reventar!
Unos días más tarde, Cora, Micah y yo nos abrimos paso como podemos entre la multitud que rodea el escenario del concierto de Devon Carter.
—Todavía no puedo creerme que consiguieras una entrada —me acusa Cora—. Has nacido con una flor en el culo.
—Y con pase VIP al backstage después del concierto, nada menos. ¡Yo tampoco me lo creo!
—Ahora mismo te odio un poquito, lo siento. Vas a ver en directo ese culito prieto y…
—Por favor, Micah, no babees mi camiseta, gracias —lo interrumpe Cora—. En serio, ¿cómo lo has conseguido, tía?
—Tengo mis contactos—contesto, misteriosa.
—Claro, porque un fajo de billetes siempre ayuda y…
—¡Micah! No le hagas ni caso, cariño. Es un envidioso. Devon Carter es algo así como su amor platónico.
—¿Y el tuyo no, Cora? Te he visto tararear por lo bajini sus canciones mientras tecleas en el ordenador. No me lo puedes negar.
—Que me guste su música no significa que me mole él. No me confundas contigo.
—¡Alto el fuego! —exclamo cortando su discusión—. Estamos aquí para disfrutar, ¿no? —Mis amigos asienten a la vez—. Bien, pues vamos a ello.
Justo entonces, el pabellón se queda a oscuras de repente. Los escasos focos que permanecen encendidos en el escenario apuntan a una nube de humo a través de la cual se abre paso el chico al que un día dejé escapar.
El concierto resulta ser mucho mejor de lo que me había imaginado; el despliegue de luces, sonido y efectos especiales ha sido espectacular y De von ha estado increíble.
Ahora es un hombre de veintiocho años y hombros anchos que no ha perdido ni una pizca de su característico sex appeal , y con ello me refiero a su eterna melena, que incluso lleva un poco más larga ahora.
Eso sí, ha cambiado su ropa ancha por una chupa de cuero y un par de pantalones ajustados.
Me pregunto si ese look moderno será decisión propia o impuesta, porque desde luego dista mucho del que llevaba en los 2000.
Bueno, no importa lo que se ponga, Devon es una de esas personas que estaría impecable incluso si se vistiera con una bolsa de basura: estoy segura de que se las apañaría para parecer desaliñado, pero en plan sexy.
De hecho, así vestido y bajo los focos, me ha recordado a uno de esos típicos chicos malos de las películas juveniles por los que nuestras hormonas adolescentes suspiraban: inaccesible, prohibido, ¡lo quiero!
«Y añade talentoso. ¿Has visto con qué facilidad se deslizaban sus manos por las cuerdas de la guitarra? Le bastaba una simple caricia para elevarte al séptimo cielo».
Mmm…
—Bueno, nos vamos a echar un vistazo al merchandising antes de que Micah me arranque el brazo si no lo acompaño —me avisa Cora.
—¡Oye! —replica él.
Cora le saca la lengua.
—Nos vemos más tarde en la hamburguesería de la esquina —añade mi amiga.
Casi me había olvidado. ¡Voy a ir al backstage !
—Sí, claro, os pego un toque al salir —digo tragando saliva con dificultad. ¿Por qué estoy tan nerviosa de repente?
—Y, Cece, recuerda lo que hablamos la otra noche: estás aquí para cerrar un capítulo, o como quieras llamarlo. Mi abuela siempre me advertía de que no es bueno remover el pasado.
—Eso ha sonado muy profundo viniendo de ti.
Cora sonríe y Micah pone los ojos en blanco.
—Tú cíñete al plan para no salir malparada. Es todo lo que te pido.
—Vale, mamá pata. Venga, ve con Micah antes de que se agote todo el merchandising y le dé un patatús.
Cora me aprieta el hombro cariñosamente y, arrastrada por nuestro insistente amigo, desaparece entre la multitud de personas que empieza a abandonar el estadio en dirección contraria a la que tengo que tomar.
Me cuesta Dios y ayuda llegar hasta la entrada del backstage y, para cuando lo consigo, se me ha instalado un nudo en el estómago.
El grandullón que vigila la puerta me mira por encima de sus gafas de cristales opacos y yo, tragando saliva, me acerco con paso vacilante.
Me deja pasar tras comprobar mi pase VIP y pronto me reúno con un montón de chicas histéricas; la mayoría de ellas bastante más jóvenes que yo y probablemente con cero responsabilidades a sus espaldas.
«¡Qué solo tienes veintiséis años, drama queen !».
—¡Cállate, pesada!
—¿Me dices a mí?
La voz suena a mis espaldas. Y después de varias horas de concierto es imposible no reconocerla.
Solo que no puedo responder, porque la multitud de chicas emocionadas a mi alrededor chillan y corean el nombre de Devon.
Entre gritos, se lanzan hacia él en tropel, apartándome a empujones, pidiendo fotos y autógrafos.
Abrumada, me voy quedando cada vez más atrás.
No he venido aquí a que me firme una libretita rosa llena de purpurina.
En su lugar, observo a Devon. El exskater boy está más guapo de lo que yo recordaba; con su pelo mojado, su barbita de pocos días y sus increíbles ojos verdes que no dejan de mirar en mi dirección entre flash y flash , llenos de curiosidad.
¿O serán imaginaciones mías?
Cuando ha atendido a todo el grupito, se acerca a mí y siento que el corazón va a salírseme por la boca.
—¡Hola! ¿Tú no quieres un autógrafo? —pregunta, y yo niego con la cabeza, incapaz de soltar prenda.
«¡Genial, Cece! ¿No habías venido a hablar con él?».
—¿Tampoco quieres una foto? —añade—. Has pagado la entrada VIP y tienes todo el derecho, ¿sabes? Además, no muerdo. —Me guiña un ojo, pero yo sigo paralizada—. Venga, ¿cómo has dicho que te llamas?
—No te lo he dicho, me llamo…
—¡Cecelia Ross! ¿Eres tú de verdad? No puedo creerlo, ¡qué curiosa coincidencia!
La mandíbula se me desencaja, y no es porque Devon me haya reconocido.
La dueña de esa nueva voz es una despampanante mujer de largo y sedoso pelo negro que ha cambiado el brillo de labios que usaba cuando la conocí por una gruesa capa de maquillaje y que hace que la habitación a mi alrededor se emborrone conforme me hundo en un nuevo recuerdo.
Verano del 2002
Llevo apenas dos semanas de campamento, y una semana desde que mis compañeras me animaron a pasar de Devon.
«Es lo mejor», me digo a mí misma mientras monto en mi caballo.
Estamos en el último periodo de clases de la tarde y toca equitación.
Devon anda por aquí y, a pesar de mi empeño, me cuesta quitarle el ojo de encima.
¡Me sigue pareciendo muy mono! Ojalá me hubiera apuntado a natación con Violet, así no tendría que verlo rondar por los establos cada tarde ocupándose del cuidado de los caballos.
Sacudo la cabeza, jaleando a mi semental para dirigirlo lejos de los establos, hacia la zona de vallas.
Conseguimos superar los primeros obstáculos sin problemas.
A pesar de que mi madre insiste en que no soy buena en nada, es innegable que la equitación se me da bastante bien.
Alzo el rostro, arrogante, como si ella estuviera justo delante para verme, pero en lugar de encontrarme con su cara, me topo con una escenita que hace añicos mi estabilidad emocional.
Violet, que se supone que debería estar en la piscina, se encuentra de pie muy cerquita de Devon, tanto que se podría considerar que está invadiendo su espacio personal.
No veo la expresión de él, que está de espaldas a mí, pero sí la de ella: ¡Se lo está comiendo con los ojos!
Y no solo eso, acaba de acariciarle el cuello en un gesto que se me hace demasiado íntimo. Pero, eso no es posible, ¿no?
—¿Ese papanatas de Devon? Vamos, Cece, puedes aspirar a alguien mejor que ese pueblerino.
No estoy loca, eso es lo que dijo Violet el día que me convencieron de ignorar a Devon. Lo situó muy por debajo de nuestro nivel en la escala social, casi como si fuera un insulto que alguien como nosotras pudiera relacionarse con una persona como él.
De repente, se me inundan los ojos de lágrimas y, sin pensar muy bien en lo que estoy haciendo, intento redirigir a mi caballo para alejarme, pero en su lugar hago un movimiento de riendas tan impreciso que el animal se encabrita y se alza sobre las dos patas traseras.
Intento agarrarme y mantener el equilibrio, pero a pesar de mis esfuerzos, no consigo controlarlo.
—¡Cece! —grita alguien al tiempo que caigo al suelo, me golpeo la cabeza y todo se funde en negro.
Por suerte, el casco amortiguó bastante la caída y, aunque solo perdí el conocimiento unos minutos, ese accidente fue el detonante: aquel día fue mi último de campamento.
Las consecuencias de la caída fueron una leve conmoción de la que me recuperé rápido y una muñeca rota, pero digamos que exageré un poco la cosa para conseguir que mi familia me sacara de allí.
El resto del verano lo pasé en Los Hamptons con mi abuela, como había sido mi deseo inicial.
¿Y quién resultó ser el nuevo vecino de vacaciones de la mansión de al lado de la nuestra?
¡Maddox! El chico que acababa de llegar nuevo a mi instituto y del cual no sabía ni su nombre. Y supongo que el resto es historia.
En el presente, asiento ante las palabras de la morena.
—¡Ah, hola, Lottie! ¿Os conocíais ya? —pregunta Devon pasando la mirada de una a otra.
—¡Por supuesto! Fue mi compi de cabaña en aquel campamento en el que nos conocimos tú y yo, tesoro —sentencia al tiempo que deposita un largo beso sobre los labios del artista, como si estuviera marcando su terreno.
Confirmo mis sospechas, de repente me siento muy muy chiquitita (y eso que hace un momento me veía como la mayor de la sala).
Violet Sanders en persona; mi compañera en el Campamento White Yarrow, la misma que me convenció de que me olvidara de Devon para, al parecer, hacerse con él.
Lottie, diminutivo de Violet, su mujer en la actualidad, aquella para la que evidentemente escribió esa canción.
—Lástima que tuvieras que abandonar el campamento tan repentinamente.
Te perdiste toda la diversión. En fin, las vueltas que da la vida, ¿no?
Yo ahora estoy aquí y tú estás ahí. —Me señala con lo que me parece inquina, mirándome por encima del hombro, como hacía antaño con cualquiera que estuviera por debajo de su estatus social.
En este instante me acuerdo de las palabras de Cora y maldigo a la dichosa Avril Lavigne y su Sk8er Boi .
Se lanzó justo ese mismo verano de 2002, cuando ya me encontraba lejos del campamento.
La cantante ya estaba de moda para entonces, pero recuerdo haber relacionado vagamente la letra con Devon en aquel momento.
No le di demasiadas vueltas porque estaba más ocupada morreándome con el que pensaba que era el ser más venerable en la faz de la Tierra.
Pero ahora, un trozo muy específico de su letra se incrusta en mi cerebro como un clavo ardiendo: cuando Avril le recuerda a la chica que perdió su oportunidad y que él es su chico ahora, que son más que mejores amigos. Que así es como acaba la historia.
Devon me mira raro, como si su cerebro estuviera haciendo las conexiones pertinentes, y en sus ojos puedo leer muchas cosas: desconcierto, comprensión y ¿arrepentimiento? No, definitivamente me lo he imaginado porque de repente carraspea y se pone muy serio.
—Gracias por venir —me dice, tendiéndome la mano con educación. Se la estrecho, nerviosa, pero el contacto apenas dura un suspiro—. Por cierto, gracias a todas por venir, espero veros en el próximo concierto —concluye con una sonrisa que no le alcanza los ojos.
Desaparece entre bambalinas segundos después con el brazo alrededor de la cintura de su mujer. De pronto, me escuecen mucho los ojos.