CAPÍTULO 2 #2
—¿Siempre eres tan… ordinario? —Quizá no haya escogido la palabra adecuada, porque el chico se descojona en mi cara—. ¿Acaso te hace gracia cómo hablo? Estoy segura de que a tus superiores les encantará saberlo cuando les informe de tu…, de tu…
¿Por qué no me salen las palabras en presencia de este…?
«¿Pazguato?», apunta mi voz interior.
«Muy buena, pero seguro que el melenas no sabe ni lo que significa la palabra», le contesto.
—Vale, tú ganas —cede él—. Lo siento. Empecemos de nuevo. Soy Devon Carter, vivo en el pueblo, acabo de cumplir dieciocho años y este es mi primer trabajo. Me verás en Arco, Guitarra y Supervivencia y por las tardes cuido de los caballos del establo.
—Cece Ross —añado, siguiéndole el juego—, dieciséis años, esta es mi primera vez en el campamento y gracias a Dios será la última.
—¿Lo dices porque el límite de edad es dieciséis?
—Lo digo porque este lugar es una mierda.
—Vaya, sabes hablar sucio y todo —se ríe, y yo lo miro mal—. Okey , lo pillo. Lo siento otra vez, pero es que me lo has puesto a huevo.
Me quedo embobada viendo el final del videoclip, como si el recuerdo se mezclara con el primer plano del cantante.
Después de ese encuentro inicial, y durante el poco tiempo que estuve en el campamento, Devon empezó a gustarme.
Y si no recuerdo mal, solo pasé de él porque las chicas me dijeron que no merecía la pena.
Desde entonces intenté mantener las distancias, luego me marché y ya nunca más volví a saber de él. Mientras, el destino se ocupó de seguir su curso y me acercó a Maddox. De haber sabido lo que vendría a continuación, quizá no hubiera hecho caso a mis «amigas».
Bueno, pues resulta que ahora ese chico con pintas de skater boy es una superestrella del rock cuya voz encandila a las masas mientras se dedica a aporrear su guitarra y, según me chiva Google, actúa en mi ciudad el próximo sábado.
«Quizá podrías asistir e intentar hablar con él. Por los viejos tiempos», sugiere mi voz interior.
«¿Qué viejos tiempos? Tan solo tuvimos un par de encuentros, más bien encontronazos . Seguro que ni siquiera se acuerda de mí».
Sin embargo, la maldita canción sigue sonando. ¡Y habla de una chica que conoció en un campamento! ¿Y si…?
Sin mirar la hora que es, apago la televisión y me dispongo a llamar a la única persona que puede arrojar luz sobre el asunto.
—Espero que tengas un motivo de peso para despertarme a la una de la madrugada —me advierte Cora descolgando al tercer tono—. Luego no te quejes si no rindo mis horas.
—¡Ay, lo siento! Últimamente mis horarios son un desastre. Te dejo descansar, mañana hablamos, no es nada urgente.
—¡Eso sí que no! No puedes dejarme con la miel en los labios. ¿Ha pasado algo? ¿Es tu ex? Porque si ha vuelto a molestarte…
—No —la corto—. Esta vez Maddox no ha tenido nada que ver, aunque quizá por culpa de aquello acabé cayendo en sus brazos y…
—¿Podrías ser un poco menos críptica, si no te importa? —me interrumpe mi amiga.
—Sí, lo siento, es una tontería, pero es que yo… no sabía que… él…
—¡Cecelia Ross! ¡Al grano, por favor!
Me esfuerzo en resumirle a Cora lo mejor que puedo todo lo que pasó aquel verano de campamento de hace poco más de diez años y lo que acabo de averiguar sobre el skater boy .
—¿Me estás diciendo que conociste a Devon Carter y lo dejaste marchar, así como así? —pregunta, elevando la voz una octava.
—Entonces no era famoso. En realidad, acabo de enterarme de que lo es justo ahora. Devon era un simple pueblerino y…
—¡Cece! ¡Lávate esa boquita! Estás hablando de la estrella del momento.
—Perdón, lo que quiero decir es que entonces era solo un trabajador del campamento, un punk además y yo era…
—Y tú hacías ballet, ¿verdad? —se ríe—. ¿Cuándo te has tragado a Avril Lavigne?
Suspiro amargamente.
—En fin. He visto que actúa en la ciudad este sábado y había pensado que quizá podríamos ir. Aunque en realidad, ahora que lo pienso, vosotros ya tenéis entrada para otro concierto, ¿no?
—Sí, para SU concierto, de hecho. El de Devon Carter.
—¡No fastidies! ¡Me apunto!
—La cosa es que como no parecías muy interesada, solo pillé dos entradas. Ya te dije que me había topado con un chollo en la reventa. Dudo mucho que a estas alturas puedas encontrar algo. Pero si por un milagro consigues una entrada de pista, podríamos estar juntos.
—¡No me subestimes! Puedo hacerlo y lo haré —aseguro.
—Cece, ¿eres consciente de que, aunque lo consigas, las probabilidades de que tengas la mínima oportunidad de hablar con él son remotas? Y no quiero ser cruel, pero es altamente probable que, por lo que cuentas, no se acuerde de ti.
—Pero soy la chica del campamento, ¡la de la canción! Lo sé. Quizá él sí se fijó en mí después de todo, a lo mejor incluso antes que yo.
—De nuevo siento mucho ser portadora de malas noticias, pero Devon Carter en persona afirmó en una entrevista que la chica en la que estaba inspirada esa canción era su mujer, Lottie.
Piénsalo con cabeza, Cece. Él solo tenía dieciocho años cuando lo conociste, era su primer año trabajando allí, seguro que repitió muchos más.
¿Sabes la de chicas que pudieron pasar por las instalaciones después de ti?
Por no decir que igual ni siquiera fue una alumna, en realidad es más probable que fuera una compañera de trabajo.
—Eres una auténtica aguafiestas, ¿te lo han dicho alguna vez?
—Solo intento protegerte, ya te han hecho demasiado daño.
—Y te lo agradezco, de veras, pero tengo que ir a ese concierto. Es como si necesitara cerrar cada paréntesis de mi pasado para poder centrarme en mi futuro de una vez.
—¡Muy bien! Pues suerte en la búsqueda entonces, pero que esto no te quite el sueño, ¿vale? No hay cremas antiojeras milagrosas, doña perfecta.
—Ja, ja, muy graciosa. ¡Buenas noches, petarda!
—Cuidado con esa lengua, Cecelia Ross. Cada día te pareces más a una chica de barrio —bromea.
Sonrío y cuelgo, aunque inmediatamente después, mi excitación cae diez escalones. ¿Ha dicho que está casado con una tal Lottie?
«¿Y qué esperabas? No eres el ombligo del mundo, guapa».
Nunca lo he sido para nadie, pero admitirlo no hace que duela menos. Al contrario. Aun así, estoy decidida a ir a ese concierto a toda costa.