CAPÍTULO 2
Pese a no haber dormido nada, me encuentro de un humor excelente y hasta doy los buenos días al conserje de mi edificio cuando bajo a la calle para afrontar un nuevo día.
El hombre, un anciano de pobladas cejas cuyo nombre no consigo recordar a pesar de llevar toda la vida aquí, me mira desconcertado, pero me devuelve el gesto y le sonrío.
¡Ni yo misma me creo que todavía sea capaz de hacerlo!
¿Habrá tenido algo que ver el papel que encontré anoche?
—¡Cuidado que quemo! —aviso, empujando con el cuerpo la puerta del estudio de danza veinte minutos más tarde.
—¿Has traído café para todos? —pregunta Cora al tiempo que despega los ojos, delineados con una gruesa capa de lápiz negro, de los papeles que está leyendo.
Como si no creyera lo que estos ven, se aparta de un manotazo los espesos rizos castaños que enmarcan su rostro en forma de corazón—.
¿Quién eres tú y qué has hecho con mi amiga?
—Para todos no, solo para Micah, para ti y para mí. Tiene clase de claqué ahora, ¿no?
Cora y Micah son algo más que mis trabajadores favoritos, son mis únicos amigos en la ciudad.
«Ahora sí los llamas “amigos”, ¿eh?».
Pongo los ojos en blanco, ignorando a mi voz interior.
—Sí, Micah anda por ahí adentro y, por cierto, ya era hora de que cambiaras la cara —señala—. Aunque ya sabes que lo siento por ti, me alegro de que te hayas deshecho de ese cabrón por fin.
—Cora…
—¿Qué? Es la verdad, no dejes que la educación sexista que recibiste en casa te nuble el juicio.
Pensaba que ya habíamos superado esa fase.
Está bien culpar a Zoey, pero no es la única villana, en realidad, tu exnovio es peor.
¡Estaba a punto de casarse contigo, joder! Qué mínimo que mostrar respeto.
—Como haría cualquier persona decente que no sea considerada escoria —apunta Micah.
Asoma la cabeza por una de las puertas del estudio y se acerca haciendo mucho ruido con sus zapatos de claqué—.
Aunque bueno, todos los de vuestra clase suelen serlo.
No te ofendas, linda, tú eres la excepción —añade, apartándose un sudado mechón de ensortijado pelo negro que le cubre uno de sus ojos azul clarito.
Siempre pienso que parecen agua en estado sólido, pues es un experto en miradas glaciales.
Espóiler: es todo fachada. Detrás de ellos se esconde un tierno cachorrito que no duda en defender a su manada cuando hace falta.
—Uy, si la hubieras conocido hace un par de años no sé yo si dirías lo mismo: era tan estirada que cualquiera hubiera dicho que se había tragado un palo de escoba. Por suerte, su cerebro cortocircuitó en algún momento —replica Cora.
—¿Hola? Sigo aquí. ¿Queréis un café o se lo doy a cualquier otro trabajador que respete más a la persona que le paga?
—Lo siento, guapa. Ya sabes que te queremos —se disculpa Cora, levantándose y dándome tal abrazo que hace que los cafés se balanceen peligrosamente. Por suerte, Micah acude al rescate.
Mis amigos pueden resultar demasiado sinceros a veces, pero he aprendido a quererlos y creo que es recíproco, a juzgar por las veces que me lo dicen.
Aunque Cora tiene razón: al principio no manteníamos una relación de igual a igual.
Cuando has recibido la educación clasista que yo bebí en mi casa, cuesta enfrentarse a la realidad de a pie.
Y, aunque he cambiado mucho desde entonces, aún hoy me cuesta a veces.
Yo solía ser una persona bastante difícil de tratar, pero, cuanto más se hundía mi vida, mejor iba mi relación con Cora.
Sus padres son psicólogos y me ayudaron muchísimo a superar la traumática ruptura.
También me dieron una dosis de realidad, haciéndome ver que el mundo en el que me había criado era un espejismo.
Fue entonces cuando las cosas empezaron a cambiar de verdad y, aunque todavía no me he recuperado del todo, ¡por mis muertos que voy a hacerlo!
«¿En serio has dicho eso? ¿Tú? —pregunta mi voz interior—. Definitivamente, todo se pega, hasta la forma de hablar».
—Hablando de pasar página, ¿tienes algo que hacer este finde? —pregunta Cora.
—Sí, se supone que sí, ¿por?
—Porque Micah y yo hemos hecho planes para el sábado: ¡Nos vamos de concierto! Hemos encontrado un chollazo en la reventa, ¿te apuntas?
—Mmm, no sé yo. Esa música que escucháis vosotros me da dolor de cabeza.
—¡Será divertido! —asegura Micah—. Y te vendrá bien. Además, ¿qué otra cosa tienes que hacer?
—Había pensado en pasar la tarde en el spa , necesito relajarme.
—Pero es un concierto de…
Un mensajero que acaba de entrar en el edificio interrumpe a Micah.
—Buenos días, estoy buscando al señor Hughes.
—¡Señorita! —lo corrige mi amiga, indignada.
—¿En qué puedo ayudarle? —intervengo al mismo tiempo, intentando imprimir autoridad a mi tono de voz.
—Soy funcionario de cobro de impuestos del IRS y vengo a reclamar la deuda que…
¡Lo que me faltaba! Un recaudador hostigando a MIS trabajadores en MI local. He oído hablar de la gente de su calaña : acosadores que persiguen a sus deudores cual buitre a la carroña. ¡No pienso consentir que ese mentecato siembre su semilla del mal en mi negocio!
«Buen adjetivo, muy fino», apunta mi voz interior. Salvo que ahora mismo me apetece ser de todo menos fina.
—¿Y cuál es tu problema, necio? —le espeto, olvidándome de formalismos y sintiéndome un poco dentro de una película de calidad cuestionable.
«Mejor adjetivo aún», se regocija la voz.
—Yo… —el mensajero intenta replicarme, pero no lo dejo continuar.
—Dinero. Eso es lo que quieres, ¿no? Pues indícame la cantidad y pírate de mi estudio.
—¡Cece, no! —Cora se acerca apurada a mí—. Puedo pagarlo, te lo juro. Estamos a fin de mes, vamos a cobrar pronto y…
Levanto la mano en dirección a Cora con un gesto que dice «silencio».
A continuación, saco mi billetera y solvento el problema a golpe de cheque, invitando al «vampiro» a largarse.
Cuando me giro, mi amiga me mira con los ojos llenos de lágrimas y esta vez me toca a mí envolverla en un tierno abrazo.
De hecho, tanto Micah como yo lo hacemos, modo sándwich, contagiándonos de sus lloros.
No soy la única que ha pasado por apuros últimamente.
—Bueno, basta de sentimentalismos. ¡A trabajar todo el mundo! Y, por cierto, recordadme que hablemos de un ajuste de sueldo al acabar la jornada, no me suena haber revisado el salario en demasiado tiempo y ya toca subirlo. Trabajáis demasiado.
—¿Y dices que es una estirada? —pregunta Micah, sonriendo.
Cora quiere reírse, pero solo consigue soltar un sonido estrangulado entre sollozos.
—¡Era! —rectifica con voz nasal—. ¿Te he dicho ya cuánto te quiero, Cece? Te juro que te devolveré cada centavo cuando…
—¡Shhh! ¡A trabajar se ha dicho!
A las dos de la mañana estoy en el sofá, llorando a moco tendido mientras me llevo una cuchara de helado tras otra a la boca, directamente del envase.
No sé qué mierdas les pasa a mis hormonas: un minuto tengo ganas de comerme el mundo y al siguiente que me coma la tierra.
Fijo que está a punto de bajarme la regla.
Agarro el mando de la televisión y hago zapping distraída.
De repente, me encuentro con la MTV, que a estas horas solo retransmite un videoclip tras otro en bucle.
Me recuerda a mis tiempos adolescentes, cuando pasarnos la tarde viendo eso era nuestra única forma de entretenernos.
Pero ya no soy esa chica. Estoy a punto de cambiar de canal otra vez cuando un nuevo videoclip aparece en pantalla y un chico con unos espectaculares ojos verdes capta mi atención.
«¿Será posible?».
Me incorporo, acelerada, y me acerco un poco más a la televisión para leer el subtítulo:
« Novedad 2012: Devon Carter: That girl ».
—¡Hostia puta! ¡Es él! —grito, anonadada.
Me quedo absorta, escuchando atentamente la letra, que habla sobre una chica a la que un joven conoció en un campamento de verano. Un sudor frío me empapa la espalda, y por segunda vez en dos días, los recuerdos de aquel verano regresan.
Verano del 2002
—Te agradezco mucho que te hayas apuntado conmigo, me daba cosa ir sola y no es que sea muy atlética, como pudiste comprobar ayer —me confiesa Minnie.
Es nuestro segundo día oficial de clases en el Campamento White Yarrow y, según el itinerario escogido, nos toca Tiro con arco.
La alternativa era escalada con cuerdas, pero como valoro la suavidad de mis manos, ni siquiera me parecía una opción.
Giramos la esquina hacia el campo de prácticas y nos encontramos frente a una serie de dianas perfectamente alineadas.
—Me hago pis, son los nervios. Siempre me pasa, pero por lo que veo somos las primeras en llegar, así que voy al baño y vuelvo enseguida, ¿vale? No te muevas de aquí —me pide mi amiga, desapareciendo por donde hemos venido.
¡Cómo si pudiera irme a otro sitio! De tener esa oportunidad a mi alcance, ya estaría en Los Hamptons. Casi puedo imaginarme tostándome bajo el sol o tomándome un refresco superfrío sobre la colchoneta gigante que tenemos en la piscina exterior y…
—¡Vaya, vaya! Nos volvemos a ver. No imaginaba que te encontraría en mi terreno esta vez, aunque ahora que lo pienso tampoco te veo mucho escalando…
La camiseta de monitor lo delata, pero lo reconozco sobre todo por esa mirada de superioridad moral que hace que le brillen los ojos verdes cuando levanta, orgulloso, el mentón, haciendo que la larga melena castaña se meza lacia y le acaricie el cuello.
Es el chico que me ayudó con el equipaje el día que llegué.
Es mono, pero ¿a santo de qué lleva esos pelos?
—¿Hoy no estás tan charlatana como el otro día? ¡Oh, déjame adivinar! Estás en pleno síndrome de abstinencia tras un par de días sin poder acceder a tu teléfono móvil.
Le contestaría algo mordaz, pero no me sale. Tiene razón. He intentado usar mi móvil para enviar algún SMS a mis amigos de la ciudad, pero aquí parece que la cobertura se la hayan tragado los árboles. Me muero por ponerme al día con los últimos cotilleos.