Lo que pudimos ser y otros dramas CAPÍTULO 1
3%

CAPÍTULO 1

Un pitido estridente me despierta en mitad de la noche.

—¡Zoey! ¿Qué narices es eso? ¡Ve a mirar!

Me responde el silencio, solo roto por el sonido cada vez más insistente.

—¡Maddox! ¿Dónde narices se ha metido Zoey? Ese ruido me está dando dolor de cabeza.

Alargo el brazo para zarandear a mi novio, que tiene un sueño de lo más profundo, pero en lugar de encontrarse con su espalda musculosa, este cae lacio sobre el colchón, vacío a mi lado.

«¡Mierda!».

La realidad me golpea con brusquedad y, ya despejada, recuerdo que estoy sola. Completamente sola. Más sola que nunca en toda mi vida.

«Eso no es cierto, Cece. Tienes amigos», replica una vocecita en mi cabeza.

Bufo.

—¿Amigos? Más bien compañeros de trabajo. Y seguro que solo siguen a mi lado porque les doy pena.

«Hasta tú sabes que eso no es cierto».

Estoy discutiendo conmigo misma de nuevo. Patético. No se puede caer más bajo.

Me calzo con rabia y bajo al piso inferior de mi dúplex de lujo, persiguiendo el ruido infernal que parece haberse propuesto taladrarme los oídos. Me lleva hasta la cocina, donde me espera el desastre.

Al ver el charco enorme de agua enjabonada en el suelo, lo recuerdo: se supone que había programado la lavadora para tender antes de irme al trabajo, pero está claro que no lo he hecho bien.

Me precipito sobre la máquina, tocando todos los botones a la desesperada para apagarla, con tal mala suerte que resbalo y me caigo de culo.

—¡Su puta madre! —exclamo.

Si mis padres me oyeran hablar así, se llevarían las manos a la cabeza. Aunque pensándolo mejor… ¡Q ue les den! ¡Que les jodan a todos!

Mi vida entera ha girado en torno a sus decisiones; siempre he sido la niña modelo que agachaba la cabeza e intentaba complacerlos en todo.

Estudié la carrera que querían, me comprometí con mi novio de toda la vida, hijo de una familia de su entorno social, y antes de cumplir veinti séis años ya tenía casa y negocio propio y estaba planeando una boda de ensueño.

Al menos hasta que Maddox decidió ponerme los cuernos con Zoey, nuestra asistenta.

Lo eché de casa de inmediato, pero mi madre, lejos de consolarme, me echó la culpa de todo. Y todavía lo hace.

—Si hubieras pasado más tiempo en casa, él no habría tenido la necesidad de buscarse a otra —me recriminó un día .

—Tengo un negocio que atender, y lo sabes —repliqué.

—¿Dirigir una academia de baile? Por favor, ¡es un hobby ridículo!

Te lo he dicho mil veces. Deberías haber aprovechado tu graduado para convertirte en diseñadora de interiores.

Hubieras podido trabajar desde casa y, quién sabe, igual te habrías hecho hasta famosa.

Últimamente están muy de moda esos programas de reformas…

De hecho, todavía podrías hacerlo, papá tiene contactos en la televisión, puede hacer unas llamadas y…

—¿Te has planteado alguna vez que quizá me guste bailar? —la interrumpí.

—Te apuntamos a ballet de niña porque nos pareció lo más adecuado, pero reconoce que, si hubieras sido buena de verdad, ahora estarías actuando en una compañía internacional, no dando clases en una academia de segunda.

La hija de Astrid, por ejemplo, es tan buena violinista que la han llamado para formar parte de la Filarmónica de Nueva York. ¿Lo sabías?

—¡Eso no es justo! No puedes compararme con otras todo el tiempo, cada uno tiene sus circunstancias y, además, aunque te parezca imposible, disfruto dando clases.

—Y mira a d ó nde te ha llevado.

—¡Mamá! ¡Vete! No quiero seguir hablando contigo.

—De acuerdo, como quieras. De todas maneras, solo he venido a traerte esas cajas que estaban en el armario de tu antiguo cuarto, ya sabes que quiero transformarlo en mi nueva sala de pilates y necesito espacio.

Podría haberlas tirado a la basura, pero, con toda la bondad de mi corazón, he pensado que quizá querrías hacer una selección.

Y resulta que llego aquí y me encuentro con tus reproches, en lugar de con un agradecimiento.

Me cuesta reconocer en ti a la hija que crie, ella nunca habría dejado que Maddox…

—¡Suficiente! ¡Fuera de mi casa! Y es mi última palabra.

Mi madre se enderez ó , muy digna, dio una vuelta al chal de seda que le rodeaba el cuello y desapareció de mi vista.

Para cuando termino de limpiar todo el desastre de la lavadora, estoy convencida de que no podré volver a dormirme, así que, en lugar de regresar a la cama, poso la mirada en las cajas que siguen amontonadas junto a la puerta.

No tengo ganas de bucear en los recuerdos ahora mismo, de enfrentarme a aquella niña soñadora que quería comerse el mundo.

Así que, en su lugar, las aparto una a una y las traslado a la alacena de debajo de la escalera.

Me encaramo sobre una silla para alcanzar los estantes más altos, pero la caja que sujeto por encima de la cabeza se tuerce en un ángulo imposible, cae de sopetón y no me golpea por un pelo.

A ella le acompañan unas cuantas más, como en un efecto dominó, y tengo que hacer grandes esfuerzos por no perder el equilibrio y caerme tras ellas.

Todavía con el corazón acelerado, bajo la vista hacia el estropicio que he causado: papeles y otros enseres están desperdigados por todas partes.

Frustrada por la terrible noche que me ha tocado vivir, respiro hondo buscando una calma que estoy lejos de sentir.

Me dispongo a guardar todo de nuevo cuando un papel me llama la atención.

Lo observo con detalle y retrocedo diez años en el tiempo, a mis tiernos dieciséis.

Verano del 2002

—¡Madre mía! ¿Es que no van a dejarnos respirar ni un segundo? ¡S e supone que estamos de vacaciones! —exclamo indignada al ver el papel con el programa de actividades para las próximas cuatro semanas.

—¿Primer año? —me pregunta una morena de larguísimo cabello sedoso con la que voy a compartir litera.

«¡Litera! ¿Va en serio?».

La chica alza una de sus finas cejas perfectamente depiladas a la vez que frunce los labios, cubiertos de un gloss pegajoso. Después se presenta.

—Soy Violet Sanders y este es mi tercer año aquí, y Kennedy lleva viniendo incluso más años que yo —me indica, señalando a la adolescente de bucles dorados que tenemos delante y que anda ocupada en deshacer su equipaje con soltura.

La chica, que masca chicle con la boca abierta, se gira y me tiende la mano.

Tiene una curiosa hendidura entre las dos palas.

—¡Bienvenida al Campamento White Yarrow! No te preocupes, seguro que lo vas a pasar genial. Respecto al programa, no es para tanto, también tenemos nuestros ratos libres, pero te prometo que todas las actividades molan mogollón —asegura.

—Claro, solo tienes que elegir lo que más te guste y marcarlo donde te dan opciones. ¿Ves? Es sencillo.

Violet señala el papel que tengo entre las manos, pero a mí me sigue abrumando.

Se supone que tendría que estar pasando un verano maravilloso en Los Hamptons, como hacemos siempre por vacaciones.

Pero no, este año mis padres han decidido irse de viaje por Europa sin mí y mi abuela afirma que no piensa asumir la custodia, por temporal que sea, de una «adolescente hormonada».

Así que ella está sola en nuestra magnífica mansión a pie de playa mientras a mí me han mandado a este campamento de chicas perdido en medio de la nada.

—¿Te apuntas a Tiro con arco conmigo? Dicen que es un pasote —dice la cuarta integrante de nuestra cabaña.

La purpurina de las decenas de pincitas de colores que le adornan el corto pelo castaño brilla, reflejándose en sus gafas de montura metálica, que apenas le ocultan los enormes ojos azules—.

Soy Wilhelmina Hoover, por cierto, pero podéis llamarme Minnie. Primer año también, ¿y tú eres?

—Cecelia, pero podéis llamarme Cece —contesto.

Minnie. ¡Cómo la recuerdo! Fue mi mejor amiga en el escaso tiempo que pasé en ese campamento. Por suerte o por desgracia, nunca llegué a completar mi estancia de cuatro semanas.

Me quedo mirando la hoja, incapaz de devolverla a la caja junto al resto de recuerdos de aquel extraño verano.

La mano me tiembla mientras observo cómo señalé en rosa las actividades que finalmente escogí.

Sonrío. La Cece del pasado tenía toda la razón: ¡Qué manera de explotar a una chavala en su tiempo libre!

Campamento White Yarrow (verano 2002)

Me sorprende la nostalgia que me invade el corazón al terminar de leer el programa.

Fue una experiencia que siempre he intentado desterrar de mi cabeza y se podría decir que lo había logrado…

hasta ahora. De repente, una llama que creía extinguida se prende en mi interior, pero trago saliva y la apago mentalmente.

El pasado no se puede cambiar, sería más provechoso para mi futuro que me centrara en reconducir mi presente.

«¿Tú crees?», insinúa mi voz interior.

—¡Uf, cállate! —me digo a mí misma, y devuelvo el papel a su caja.