Lo que pudimos ser y otros dramas
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PRÓLOGO
A los que piensan que el pasado siempre fue mejor: no es el tiempo, son las personas.
El espacio entre bambalinas está cargado de una electricidad contagiosa que llena el ambiente, una especie de caos organizado donde cada ficha encaja en su lugar correcto, como una máquina perfectamente engrasada.
Apenas faltan unos minutos para que dé comienzo el concierto y decenas de personas corren de arriba para abajo ultimando cada detalle.
Todas parecen tener cosas que hacer: pasar algún cable, recolocar aquel foco, comprobar ese micrófono…
Todas menos yo. Según mi mánager, mi única función en este momento es conectar conmigo mismo, encontrar la calma y fluir.
En sus propias palabras: «Tu talento hará el resto».
Talento, ¿qué es eso exactamente? La gente dice que es un don innato, pero en mi experiencia, de nada sirve si esa semilla no se cultiva con dedicación y esfuerzo.
Y no hablo de ponerle ganas, no, sino de arañar minutos al reloj, de renunciar a horas de sueño y a tantas otras cosas de las que disfrutaba en mi vida anterior y que ahora sería imposible retomar.
Y, sin embargo, no puedo quejarme, ¿verdad?
Muchos matarían por estar donde estoy yo ahora: en la cumbre de la pirámide social.
Tengo todo lo que quiero: me dedico a lo que me apasiona, gano tanto dinero que no podría gastarlo en toda una vida, poseo reconocimiento, fama e incluso amor. Entonces, ¿por qué me siento tan solo?
Un chico, cargado hasta los topes de maletas, aparece por el pasillo.
—¿Sabes por dónde se va al camerino de Devon Carter? —me pregunta. Oculto una sonrisa, no sabe que aquel por el que pregunta soy yo. Sin embargo, no me da tiempo a contestar porque una de las asistentes de vestuario sale al paso apresuradamente.
—¿Necesitas ayuda? Te echaré una mano e iremos más rápido.
Lucy está que echa chispas, ya pensaba que no llegarían los cambios de vestuario a tiempo.
—Jen, que así se llama la chica, clava sus ojos castaños en los míos, reparando en mi presencia—.
¡Ah, hola, Devon! ¡Rómpete una pierna! Nos vemos en el primer cambio.
Y desaparece con el chico a la zaga, que no deja de mirarme, sumando dos más dos, hasta que gira la esquina y me pierde de vista. No me muevo de mi posición inicial. De repente, me he quedado paralizado.
Verano del 2002
—¿Necesitas ayuda?
Una cabeza rubia aparece detrás de una pila de maletas. Sus ojos castaños, casi negros, me miran como los de un cervatillo asustado durante un segundo, antes de que su nariz respingona se arrugue en un gesto de hastío, destacando el bonito lunar en la mejilla derecha.
—Ya era hora de que acudiera un botones. ¿Por qué no estáis a pie de parking ? Mi chófer tenía demasiada prisa por marcharse y es imposible transportar todo esto por este estúpido terreno —me recrimina indignada, señalando el camino de tierra.
—No soy ningún botones, solo una persona a la que no le importa ayudar cuando ve a alguien que lo necesita. Y tú parecías necesitarlo —no puedo evitar añadir.
Intento ser educado, aunque esta pija rubia me lo está poniendo muy difícil.
¿Qué esperaba? ¿Un hotel de cinco estrellas y una alfombra roja bajo sus pies para darle la bienvenida?
Sin embargo, me muerdo la lengua y no digo nada.
La jefa lo dejó muy claro en la reunión que tuvimos ayer con todo el staff : debemos llevar a nuestros clientes entre algodones.
No estamos tratando con cualquiera, en el Campamento White Yarrow solo se acepta a la crème de la crème .
—Pero trabajas aquí, ¿no? —insiste la chica, señalando la camiseta de mi uniforme.
—Pues sí, pero…
—Entonces no me hagas perder más el tiempo y lleva todo esto a mi cabaña —me ordena a la vez que la veo alejarse y sacudir su móvil en el aire , desesperada.
Aunque me apetece patearle ese trasero de niña consentida, me dan aún más ganas de reírme en su cara y gritarle: «¡Buena suerte si esperas que aquí te funcione ese cacharro!».
Estamos en plena naturaleza y en el pueblo más cercano, donde vivo, casi nadie tiene teléfono móvil. Ha pasado de ser un artilugio exclusivo de empresarios a extenderse prácticamente a toda la población, pero, por suerte, las modas tardan en llegar a Beakend, y la cobertura también.
—Devon, sales en cinco minutos —me indica un operador, rompiendo mi ensoñación.
Vuelvo a la realidad. ¿Por qué me he acordado justo ahora de algo que ocurrió hace más de diez años? Sacudo la cabeza. Escribir esa canción me ha hecho remover el pasado. ¿Quién iba a pensar que se convertiría en un éxito instantáneo?
Tomo una gran bocanada de aire y la expulso despacio. Mi público me espera y no pienso defraudarlo.