Lo que pasa en Santorini Capítulo Veintiocho #3
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Capítulo Veintiocho #3

—Es un brindis, mija, déjame. —Volvió a Mateo—. Mira, yerno. Yo a ti, cuando te conocí, lo primero que te pregunté fue si jugabas pelota. Y me dijiste que no. Y yo pensé: carajo, este hombre no juega pelota, no entiende de pesca, y le dice "vale" a todo. ¿Qué hago yo con un yerno así?

Más risas. Mateo levantó la copa, asintiendo, asumiendo la sentencia.

—Y aun así aquí estoy, dándole a mi hija. Así que échenle números a cuánto la quiero a ella, para entregársela a uno que no juega pelota.

Esperó a que bajaran las risas. Y entonces, despacio, se le fue cambiando la cara, porque ya estaba llegando a la parte que de verdad había venido a decir, la que se le había borrado del avión y le volvía ahora entera.

—La nena se fue de casa con una maleta —dijo, y la voz le salió distinta—.

Yo me acuerdo del día. Se fue buscando algo allá afuera, lejos, y yo me quedé en Bayamón rezando todas las noches, porque uno cría a una hija, la enseña a caminar, le da la mano para cruzar la calle...

y un día le suelta la mano y no sabe si va a estar bien.

El jardín se había quedado de verdad en silencio. Hasta Carmen ahora se limpiaba las lágrimas.

—Y pasaron cosas. Y vinieron unos cuantos que no eran buenos, que le mintieron, que la trataron como no se trata a una hija mía. —Apretó la copa—. Y yo desde allá no podía hacer nah. Esa es la cosa más cabrona de ser padre, que un día ya no puedes hacer nada, solo esperar a que la nena escoja bien.

Miró a Mateo. Después a Vicky. Le temblaba la barbilla y esta vez no buscó ninguna flor a la cual echarle la culpa.

—Y por fin escogió bien. Por fin la nena se casa con un tipo bueno. Y esta vez —se rio mientras se le caían las lágrimas— no le voy a echar la culpa al polen. Esta vez lloro porque me da la gana.

Levantó la copa bien alto.

—Por mi nena. Y por el español que no juega pelota, pero que la mira cómo hay que mirarla. —Tragó—. Y cuando vengas a Bayamón, yerno, desenterramos el cañita de guayaba y nos lo bebemos los dos. ¡Salud!

—¡Salud! —contestó el jardín entero.

Y Vicky, del otro lado de las mesas, le mandó a su padre un beso con la mano, igualito que cuando era chiquita y lo despedía desde la ventana, y Julio lo cazó en el aire y se lo guardó en el bolsillo de la camisa, encima del corazón, donde guardaba siempre las cosas que no se le podían perder.

J unior y Carlitos, los hermanos de Vicky, no habían podido viajar: un pasaje de Puerto Rico a España no es cosa de gente que trabaja por turnos y cría familia. Así que Zulma había organizado la conexión por teléfono con la solemnidad de quien dirige una transmisión en vivo.

—Acércate, que no se ve —le ordenaba a Julio, que sostenía el aparato torcido—. Ay, Julio, no grabes el techo. La cara, nene, la cara. Para que los nenes vean bien a su hermana.

En la pantalla aparecieron los dos hermanos de Vicky, apretados en un sofá en Bayamón, con una bandera de Puerto Rico de fondo que alguien había colgado para la ocasión. Junior, el grande, el de los brazos como jamones, ya estaba llorando antes de que nadie dijera nada.

—Nena... —empezó, y se le quebró—. Nena, te ves... te ves como una reina.

—Junior, no empieces —dijo Carlitos a su lado, sin inmutarse.

—¡Es que se ve linda, carajo!

—Que se ve linda, sí. No tienes que llorar como si se hubiera muerto alguien. No seas tan pendejo.

—¡Cállate, Carlitos, déjame sentir!

Vicky se reía con la pantalla pegada a la cara y los ojos aguados, y detrás de ella se asomó Mateo, que saludó a la cámara sin saber muy bien el protocolo.

—Él es… —anunció Vicky—. Él es Mateo.

Junior se secó la cara con el antebrazo, se puso serio de golpe, y señaló a la pantalla con un dedo enorme:

—Óyeme bien, español. Yo no sé pelear porque soy bien sentimental, pero Carlitos sí sabe. ¿Verdad, Carlitos?

—Yo sé —confirmó Carlitos.

—Y no es solo eso. Carlitos tiene una gente en Cataño.

Y esa gente se conecta con una gente allá en Entrevías, ahí mismito en Madrid, a media hora de ti.

—Junior bajó la voz, confidencial, como quien revela un secreto de Estado—.

Así que tú te portas mal y, en lo que dices “ay”, ya te resolvieron.

Esa gente resuelve lo que sea, papi. ¿Verdad, Carlitos?

—En menos na’, que pa’ luego es tarde —dijo Carlitos, tranquilo.

—Así que tú me la cuidas.

—Te la cuido —prometió Mateo, en serio, a dos hermanos que lo miraban desde un sofá a seis mil kilómetros.

—Bueno. —Junior volvió a llorar—. Bienvenido a la familia, cabrón.

Después vino el baile. La gente hizo coro, y Mateo sacó a Vicky hasta el centro de la pista y la tomó como toma un hombre lo que llevaba meses sin atreverse a creer que era suyo.

Bailaban despacio, sin lucirse, ella con la cara contra su pecho, él con la cara escondida en sus rizos, igual que aquella noche en el bar de Santorini donde con esa voz ronca y medio borracho la había dicho: “Hueles a peligro”.

—¿Sabes una cosa? —le murmuró él—. Me pasé la vida haciendo gestos enormes para que la gente me quisiera.

Estrellas, restaurantes, áticos, viajes, un Porsche absurdo.

Todo grande, todo para fuera. —La apretó un poco más—.

Y resulta que lo único que tenía que hacer era quedarme quieto y dejar que llegaras tú.

Vicky no levantó la cara. No hacía falta.